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¿Por qué Rulfo estuvo censurado en España?

La obra del jalisciense fue objeto de censura durante la dictadura en España; país que hoy rinde reconocimiento al escritor en el centenario de su nacimiento.
Eduardo Bautista
15 mayo 2017 21:34 Última actualización 16 mayo 2017 5:0
Rulfo tenía muy claro su desprecio hacia los regímenes totalitarios y demagogos. (Rogelio Cuéllar)

Rulfo tenía muy claro su desprecio hacia los regímenes totalitarios y demagogos. (Rogelio Cuéllar)

Ocultos de la luz pública, los libros de Juan Rulfo (1917-1986) se vendieron clandestinamente a lo largo y ancho de España durante el franquismo. Hasta 1969, Pedro Páramo estuvo prohibido por sus “descripciones crudas de hechos y situaciones inmorales”, según el Ministerio de Información y Turismo.

“El régimen de Francisco Franco veía al Diablo en todo”, asegura el editor español Enrique Murillo, quien vivió de cerca la censura que aplicó la dictadura a cientos de autores de todas las nacionalidades durante 36 años, de 1939 a 1975.

Pero nada fue impedimento para que el mundo rulfiano echara raíces en tierras ibéricas, donde, como en Comala, también se escuchaban los murmullos de un pueblo sofocado por la muerte y el conservadurismo católico.

El sistema de censura español no reconocía origen ni géneros literarios, aunque en el caso de Juan Rulfo la situación era particular, pues había un elemento político en juego: el gobierno mexicano nunca reconoció la dictadura de Franco, señala Aldo García, editor y director de la Librería Antonio Machado. Fue una de las más emblemáticas de España, fundada en 1971, en los últimos años del franquismo.

Los libros de Rulfo -y de muchos otros autores prohibidos- podían conseguirse en las secciones piratas de las librerías, adonde acudían clientes de confianza en horas previamente pactadas. “Muchos eran jóvenes”, recuerda.

Mientras los españoles compraban a escondidas El llano en llamas en Madrid, Barcelona o Sevilla, en la Ciudad de México, en la casa de Paco Ignacio Taibo I –uno de los 25 mil exiliados españoles que llegaron al país durante la primera mitad del siglo XX– el jalisciense más universal sostenía fortuitos encuentros con Joan Manuel Serrat, quien reconocía en el novelista -él mismo lo ha dicho- a un amigo sincero, a la personificación de la nación mexicana que lo cobijó durante las persecuciones del franquismo.

“Uno puede imaginarse las razones por las cuales Rulfo estaba prohibido. Cualquier novela que contuviera las mínimas narraciones sexuales pasaba por los controles de censura”, dice García. “Además, el régimen siempre tenía a los mexicanos bajo sospecha porque habían ayudado a la (Segunda) República”.

DESPRECIO AL TOTALITARISMO 
El 15 de septiembre de 1936, el presidente Lázaro Cárdenas incluyó en su Grito de Independencia una exclamación atípica: “¡Viva la República Española!”. Meses antes había enviado 20 mil fusiles y 20 millones de balas a las fuerzas republicanas que combatían a los insurrectos franquistas. En 1937 aprobó la acogida, en Morelia, de 456 niños españoles, todos hijos de republicanos.

Rulfo era entonces un joven de 20 años que cargaba con el fracaso de no haber ingresado a la Facultad de Derecho de la UNAM. En La persona de Juan Rulfo, Antonio Alatorre cuenta que trabajaba como oficial quinto de inmigración en la Secretaría de Gobernación, ganaba 128 pesos al mes y su labor era identificar extranjeros ilegales; en sus tiempos libres, escribía. Jamás atrapó a un español.

Aunque nunca se suscribió a una ideología política, Rulfo tenía muy claro su desprecio hacia los regímenes totalitarios y demagogos. Así lo dejó ver en El día del derrumbe (1953), cuento en el que satiriza la política de un Estado opresor e indiferente, según escribe Chandra Bhushan en Juan Rulfo: El llano sigue en llamas y las ánimas en pena. Otra razón que explica el desprecio de la dictadura franquista hacia su obra.

“Se le censuró por la gazmoñería intrínseca del poder religioso fundamentalista que mandó en España desde 1939”, asegura Murillo, quien ha trabajado para sellos como Anagrama y Alfaguara. “Rulfo es una demostración de las carencias literarias que sufrió España. Que son flagrantes, porque se ha leído mucho a los novelistas españoles, tan mediocres, y poco, incluso hoy día, a los grandes narradores latinoamericanos que, como Rulfo, bebieron de las fuentes anglosajonas y construyeron una nueva cultura narrativa que está muy por encima de la española”, considera.

Lo que más le sorprende al escritor mexicano Jordi Soler es que sea justamente España uno de los países donde más lo invitan a hablar sobre Rulfo. “No sólo me sorprende su vitalidad, sino su capacidad de renovación. Hay una manera de observar el mundo rural, no sólo mexicano, sino universal, que nunca va a pasar de moda. Nadie ha escrito sobre ese universo como Rulfo: esos paisajes, esa forma de contar lo que dicen y lo que callan sus personajes es única”.

Igual que muchas obras del boom latinoamericano, como La región más transparente, de Fuentes, o Rayuela, de Cortázar, Pedro Páramo fue rechazada en el año de su publicación, en 1955. El Ministerio de Información permitiría su distribución hasta 14 años después. El llano en llamas fue autorizado hasta 1960, con ocho años de retraso. “Todos estos libros llegaron tarde y desordenadamente”, comenta García.

AMIGOS DISTANTES
“En España, Rulfo es reconocido como uno de los grandes maestros de la literatura hispana. Su fuerza narrativa, su uso austero del idioma y su contundencia me parecen muy superiores a muchos de los más alabados autores del boom”, sostiene Murillo. Y a nivel de mercado, dice García, también es una garantía: sus libros nunca han dejado de venderse.

La relación entre Juan Rulfo y España fue distante. Se reunió algunas veces con su amigo Juan Carlos Onetti en Las Palmas. Visitó Madrid en 1977 para ofrecer una entrevista en TVE con el periodista Joaquín Soler Serrano, donde pronunció la hoy célebre frase de que “al escritor hay que dejarle el mundo de los sueños”. Y en 1983, tres años antes de morir, recibió, no sin polémica, el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en Oviedo, “en reconocimiento de su alta calidad estética, hondura inventiva y acierto y novedad expresiva”. Competía con el poeta asturiano Ángel González. El fallo fue determinado por un voto de calidad del presidente del jurado, Pedro Laín Entralgo. Nunca antes se había resuelto un desempate en la historia de los premios.

Ahora España se volcará en homenajes al autor que censuró tantas veces, justo cuando se abre la polémica en el Congreso español sobre si extraer o no los restos de Francisco Franco del Valle de los Caídos. El portavoz del Ejecutivo, Íñigo Méndez de Vigo, ha dicho que “no es bueno abrir viejas heridas”. Menos cuando se pretende revivir a un régimen que condenó, en la misma hoguera, a dos formas de la libertad: la democracia y la literatura.

__Con información de Rosario Reyes.