AFTEROFFICE
CULTURAS

No creo en la fama: Javier Camarena

Su origen es humilde. Nació en Xalapa, Veracruz, donde creció para perseguir un sueño. Hoy es uno de los cantantes de ópera más importantes del mundo. Te presentamos a Javier Camarena, "El Tenor de las óperas imposibles". 
María Eugenia Sevilla
04 septiembre 2014 20:32 Última actualización 05 septiembre 2014 5:0
Javier Camarena canta en los centros operísticos más importantes del mundo. (Cortesía)

Javier Camarena canta en los centros operísticos más importantes del mundo. (Cortesía)

Desde chico, Javier Camarena se encantaba, solito, con su propia voz. Le gritaba a la barranca que se abría en las cercanías de su casa en Xalapa, en la colonia Electricistas –hoy tapizada de concreto-, para jugar con su propio eco. Un narcisismo inocente que apuntaba ya a su destino en el Olimpo operístico. Altura que no lo distrae de su objetivo musical, no lo marea. Por eso el público, al que suele dirigirse como si fuera un grupo de amigos en la sala de su casa, se le rinde doblemente.
“He tenido siempre los pies bien puestos sobre la tierra. Nunca se me van las cabras por alucinar algo que no esté dentro de mis posibilidades”, dice a 10 años de haber despegado, en trayectoria vertical, al estrellato.

Desde Salzburgo -donde hace unos días cantó su tan celebrada Cenerentola y un recital a piano dentro del prestigiado festival veraniego de esa ciudad- recuerda sus inicios, en Veracruz, cuando cantaba en el coro juvenil de una iglesia, del que después fue director.

“Yo sabía que tenía un buen instrumento, pero necesitaba aprender a usarlo”. Ignoraba que se dedicaría a la ópera. Un flechazo que ocurrió “tarde”, ya como estudiante de la carrera de música, cuando escuchó por primera vez Una furtiva lagrima, en voz de Pavarotti. “No vislumbraba ser una gran estrella o alcanzar la fama, que es algo en lo que no creo porque es tan fugaz como prender un cerillo y apagarlo. Creo en el reconocimiento a mi trabajo y en que la gente agradece eso que estoy dando, que es mi propia vida y mi propio sentir a la hora de cantar. Para mí eso es lo máximo: que se corra la voz de que hago algo bien”.

NOSTALGIA DE LA TIERRA

El cantante conversa desde su habitación de hotel. En Salzburgo son las 11 de la noche. A través de la webcam se le ve sobre la cama, entre almohadones. Los ojos cansados, que entorna cuando piensa alguna respuesta con cuidado. Y esa sonrisa perenne. El cuarto, silencioso. Marisol -su mujer- y sus hijos suelen quedarse en Zurich, la ciudad a la que llegó en 2006 con apenas dos mil francos suizos, una visa de estudiante y un sueño, dejándola entonces en México con su hija Diana Lizet, de dos años.

“Esa es la parte más complicada”, admite. Se conocieron en la escuela de música. Ella, guitarrista. Fueron novios durante tres o cuatro años hasta que formaron una familia. La niña tiene hoy 10 años y Braulio, nacido en Suiza, tiene 4.

“Nos casamos siendo estudiantes, yo en el último año de la carrera, y pues desde un principio no ha sido fácil. En todo este trayecto vamos enfrentando diferentes dificultades; hoy, el tiempo que estoy fuera”. Este año sólo ha estado un mes y medio, de corrido, en casa. Sus estancias hogareñas varían entre tres semanas y un día. Y su agenda no pinta para que sean más largas.

Habla con nostalgia de su tierra, donde si por él fuera, seguiría viviendo. “Estoy fuera de México porque es donde tengo chamba”, reconoce. “Si hubiera estas oportunidades de trabajo y de proyección internacional allá, ¿quién tendría que irse? Ojalá en un futuro los cantantes de México no tengamos que emigrar y podamos trabajar en nuestro propio país”.

Visita la capital veracruzana cada que puede, pero fue hasta el pasado julio que regresó como artista desde 2005. “Fue la primera vez que canté en Xalapa en toda mi carrera (internacional)”.

Cuando se fue no sabía que se iba para no regresar. “Mis papás no estaban del todo felices con la idea, pero me apoyaron cuanto pudieron”. Acostumbrado a la ciudad pequeña, prefirió estudiar en el Bajío que en el DF. “Guanajuato seguía siendo provincia, era más tranquilo”. Ahí se las arregló trabajando en un café internet y cantando en un grupo versátil llamado Rocolé. “Me pagaban bien por cada fiesta, entonces me alcanzaba para sostenerme”.

Ahora que vive entre hoteles y aviones para presentarse en los escenarios más importantes, recuerda casi con ternura aquellas dos funciones de La hija del regimiento que protagonizó con la soprano Rebeca Olvera en el Palacio de Bellas Artes, que Raúl Falcó, entonces director de la Ópera, programó con un recurso extra, al final de 2004, para dar a conocer a dos promesas que este domingo retornan como figuras internacionales, al mismo recinto. Hoy da las gracias por esa oportunidad, aunque pensándolo bien, dice,“¡les salió barato el elenco!”.