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Mural Diego Rivera, sobre las ruinas

"Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central" nació entre polvo y se rescató entre escombros, recuerda el restaurador Tomás Zurián, quien encabezó los trabajos de remoción de la obra que Diego Rivera pintó para el Hotel del Prado, uno de los edificios que colapsaron tras el sismo del 19 de septiembre de 1985.
El mural de Rivera quedó prácticamente intacto, gracias a que el vestíbulo donde estaba colocado no tenía construcción en la parte alta. (Cortesía)

El mural de Rivera quedó prácticamente intacto, gracias a que el vestíbulo donde estaba colocado no tenía construcción en la parte alta. (Cortesía)

Este mural nació entre polvo y se rescató entre escombros, recuerda el restaurador Tomás Zurián, quien encabezó los trabajos de remoción de la obra que Diego Rivera pintó por encargo del arquitecto Carlos Obregón Santacilia, Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, para el Hotel del Prado (inaugurado en 1948), uno de los edificios que colapsaron tras el sismo del 19 de septiembre de 1985.

“La fuerza de la naturaleza no tiene medida”, dice. Afortunadamente, el mural de Rivera quedó prácticamente intacto, gracias a que el vestíbulo donde estaba colocado no tenía construcción en la parte alta. Ya antes había resistido otro tipo de embate. “En 1960 lo removieron del salón Versalles. Su hija, Ruth Rivera, colaboró en ese proceso y aunque el mural se liberó visualmente de tres columnas que había enfrente, (por eso está concebido como cuatro grandes franjas), no era un lugar ideal para valorar su belleza”, recuerda quien entonces dirigía el Centro Nacional de Restauración de Obras Artísticas del INBA.

El sitio que lo albergó durante 25 años estaba tan a la vista que se aprovechó su atractivo turístico, sin considerar eventuales daños. “De alguna manera tenemos que agradecer, aunque parezca irónico, que el mural haya sido salvado en el Hotel del Prado, porque al estar en el vestíbulo, todos los visitantes querían retratarse frente a él, incluso había mesas para comer ahí, una cosa verdaderamente indebida, contra la cual estuve luchando siempre, confrontando a los administradores del hotel, porque había flashazos, salpicaduras, descuido”, agrega Obregón.

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Rescate

Un grupo de ingenieros, arquitectos y artistas, dirigido por Tomás Zurián, comenzó un proceso de creación único. Los trabajos de remoción de la obra comenzaron inmediatamente. Se trasladó a un predio que compró el gobierno capitalino frente al hotel, donde desde 1988 se encuentra el Museo Mural Diego Rivera.

Tomás Zurián

Mientras la ciudad padecía la catástrofe, un grupo de ingenieros, arquitectos y artistas, dirigido por Tomás Zurián, comenzó un proceso de creación único. Con la misma premura que otros expertos salvaban a las víctimas, una comisión interdisciplinaria inició el rescate artístico. Contabilizaron 100 murales en riesgo, en menos de una semana.

EL RESCATE DEL MURAL DE RIVERA
Los trabajos de remoción de la obra comenzaron inmediatamente. Se trasladó a un predio que compró el gobierno capitalino frente al hotel, donde desde 1988 se encuentra el Museo Mural Diego Rivera. Estaba en tan perfectas condiciones que decidieron no arriesgar nada y llevarlo con todo el soporte. Era un problema serio para el grupo interdisciplinario de la Facultad de Ingeniería de la UNAM, ingenieros y arquitectos el Departamento del Distrito Federal y restauradores del INBA.

Los involucrados decidieron fabricar una gran jaula para colocar el mural, pero antes, le dieron un tratamiento que consistió en cubrir todas las fisuras con un adhesivo reversible y papel japonés y cubrirlo en su totalidad con mantas de cielo, estructuras de triplay, colchones de hule espuma y espuma de poliuretano. Fue necesario derribar la entrada del hotel, que no había cedido a la fuerza del terremoto, para que entrara la pluma que lo iba a llevar hasta una sofisticada plataforma que lo trasladaría por casi una hora a lo largo de una distancia de 200 metros.

Deslizar el mural hacia el exterior fue una odisea. “Por algo el filósofo griego Arquímedes dijo ‘dadme una palanca y moveré el mundo’. Ese mural de 35 toneladas de peso se movía con un aparatito insignificante con una palanquita, que cada que el técnico la movía, avanzaba unos milímetros. Un solo hombre lo llevó hasta la intemperie”, cuenta el artista.

Lo siguiente era comprobar si las armellas soldadas a la estructura que protegía la obra aguantarían las maniobras de la pluma. “Me tiré sobre el piso derruido del Hotel del Prado, para ver qué sucedía en el momento en que la pluma hiciera el primer esfuerzo. Si en el primer levantamiento yo veía que la luz pasaba, todo había funcionado. Cuando vi que el mural estaba flotando dije: ‘lo logramos’. Entonces, no sé dónde salieron los mariachis y empezaron a tocar Las golondrinas y Caminos de Guanajuato, en honor a Diego Rivera. Unas 250, 300 personas estaban observando los trabajos y aplaudieron. Eso sólo pasa en México”.

El 14 de diciembre de 1986 se hizo la remoción. Casi doce horas duraron las maniobras para llevar el mural a su nueva sede, un edificio cuyos cimientos cuentan con la más avanzada tecnología antisísmica, capaz de soportar movimientos superiores a nueve grados Richter. El mural, perfectamente protegido, estuvo un tiempo a la intemperie: los 14 meses que llevó la construcción del Museo Mural Diego Rivera.
La relación de Tomás Zurián con la obra venía de mucho tiempo atrás, por eso su rescate tiene una carga emotiva importante para el restaurador que en sus tiempos de estudiante en La Esmeralda iba con sus compañeros a apreciarlo. Primero tenían que pedir permiso para entrar al salón y después simplemente visitaban el lobby del sitio, que juguetonamente llamaban “Museo del Prado”.

Rivera pintó el mural entre julio y septiembre de 1947, durante la construcción del inmueble, “absorbiendo día y noche polvo, humedad y frío”, según escribió el propio artista y, advierte Zurián, es curioso que en el momento de ser rescatado las condiciones climáticas eran casi las mismas. “Con la diferencia de que al realizarse el fresco el edificio estaba a medio construir y en el momento de su recuperación se hallaba destruido”.

La obra, de 4.17 por 15.67 metros y 35 toneladas de peso, se colocó originalmente en un salón y después en el vestíbulo, de donde fue rescatada meses después de la tragedia tras una meticulosa planeación, en la que estuvieron involucrados, además de los expertos del Centro Nacional de Restauración de Obras Artísticas del INBA, ingenieros egresados de la UNAM. La misma Facultad donde estudiaban los jóvenes que confrontaron a Rivera por la leyenda que plasmó en esta pieza, parafraseando al Nigromante: Dios no existe. Fue una forma de reivindicación, señala Zurián.

El discurso del mural abarca cuatro siglos, desde el Virreinato hasta la Revolución Mexicana. Sobrevivió al día más demoledor.

CIEN PIEZAS
Entre las piezas rescatadas tras el terremoto estaban los murales de Juan O´Gorman y José Chávez Morado en la Secretaría de Comunicaciones y Transportes. No pudieron salvar el mural de Javier Guerrero y los relieves cromáticos de Carlos Mérida del multifamiliar Benito Juárez de la colonia Roma.

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Expertos

Estaba en tan perfectas condiciones que decidieron no arriesgar nada y llevarlo con todo el soporte. Era un problema serio para el grupo interdisciplinario de la Facultad de Ingeniería de la UNAM, ingenieros y arquitectos el Departamento del Distrito Federal y restauradores del INBA.

Mural Diego Rivera
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Mural Diego Rivera