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Margules, el trágico

Una década sin el genio exiliado que hizo de Sófocles su patria. Un gramo de emoción en un centímetro de espacio. Eso exigía a sus actores el mítico Ludwik Margules (1933-2006). El director de origen polaco, por medio siglo afincado en México, era un hombre de espíritu trágico.
Eduardo Bautista
06 marzo 2016 21:37 Última actualización 07 marzo 2016 5:0
A 10 años de su muerte, su nombre suena cada vez menos entre las nuevas generaciones de actores mexicanos. (Especial)

A 10 años de su muerte, su nombre suena cada vez menos entre las nuevas generaciones de actores mexicanos. (Especial)

Un gramo de emoción en un centímetro de espacio. Eso exigía a sus actores el mítico Ludwik Margules (1933-2006). Hijo de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, el director de origen polaco, por medio siglo afincado en México, era un hombre de espíritu trágico.

“La patria de todo hombre de teatro es Sófocles”, sostenía.
Creía firmemente que la profundidad escénica sólo podía alcanzarse mediante la reflexión, la sensibilidad y la preparación intelectual del histrión.

Pero a 10 años de su muerte, su nombre - y con él su concepción teatral- suena cada vez menos entre las nuevas generaciones de actores mexicanos, pese a que su trabajo fue fundamental para la construcción del teatro nacional.

Lo dice Laura Almela, una de las máximas figuras del drama en México. Ella fue educada a la vieja escuela marguliana, como Julieta Egurrola, Luisa Huertas, Daniel Giménez Cacho, Álvaro Guerrero...

“Hoy a los estudiantes les hablo de exigencia y se trauman. Trato de invitarlos a estimular su curiosidad y su imaginación, y ellos sólo sacan su tablet o su celular”, refiere la actriz. ”Hay una tendencia por creer que el mundo cabe en esos aparatos. No hay un interés real por pensar el teatro”,

El método marguliano era de un rigor tan absoluto que incluso se crearon mitos alrededor de sus puestas en escena, recuerda Claudia Jasso, investigadora del Centro Nacional de Investigación Teatral Rodoflo Usigli (CITRU) y encargada del Fondo Documental de Ludwik Margules.

“Era un hombre que escarbaba en las vísceras del comportamiento humano a través de las vísceras del actor. En sus mejores momentos logró actuaciones extraordinarias. A veces hurgaba excesivamente sin lograr el resultado y quedaba sólo el gesto de la tortura, lo cual provocó que se construyera una leyenda negra sobre él como un verdugo de actores”, explica el director y dramaturgo David Olguín.

Él tuvo como mentor a Margules, “el gran director de actores de este país”, dice.

Pero cada generación tiende a romper los paradigmas del pasado, admite Almela, quien cifra la mayor enseñanza de Margules en tener una ambición artística absoluta por encima de la vanidad y la fama.

Ludwik me enseñó a perfeccionar el trabajo conmigo misma. Era un hombre que te llevaba al límite y te invitaba a involucrarte con la obra de una manera impresionante. A veces se habla de su exigencia como si fuera Hitler, y realmente no es así. Hoy, en cambio, sí conozco directores torturadores, que les exigen a sus actores cosas humillantes y espantosas”, comparte.

ENFANT TERRIBLE
En una entrevista con la Revista de la Universidad, Margules confesó haber vivido una “infancia torcida” a causa de la Segunda Guerra Mundial y la invasión soviética a Polonia. Padeció el exilio y la intolerancia en carne propia. El resultado: una desconfianza total hacia el género humano.

“A causa de mi escepticismo respecto a la bondad del hombre, me interesa una redoblada búsqueda de sus valores esenciales. He visto, durante la guerra, lo que nadie jamás debe ver. Esto fue lo que me convirtió en un ser maduro, con un mayor conocimiento del mundo y de la condición humana”, dijo el director, quien llegó a México en 1957, con 24 años y una carrera en periodismo.

Su hija, Lydia, también directora escénica, cuenta que él arribó al país en un momento único para el teatro mexicano, cuando las propuestas eran innovadoras, siempre cobijadas bajo una efervescencia que comenzó con el trabajo de gente como Salvador Novo, Fernando Wagner y Seki Sano.

“Mi papá era enemigo de la inmediatez y la superficialidad. Quería actores bien preparados e intuitivos, que se involucraran en los procesos creativos. Pero todo eso requiere tiempos más prolongados, que por desgracia ya no son posibles debido al acelerado ritmo de la industria teatral”, comenta Lydia.

Más que estética, la postura de Margules era completamente ética, dice Olguín. Porque su batalla siempre fue contra la banalización del lenguaje, al que concebía como la sustancia del teatro. “No creo que su escuela se haya perdido por completo. Pero más que nunca la necesitamos porque vivimos un proceso de antintelectualización del teatro. Nos encontramos con textos más inacabados y empobrecidos, justificados bajo una idea mal interpretada del teatro postdramático. Eso nos ha generado actores sin preparación, sin construcción vocal, que no logran esa necesaria conexión entre la razón y el corazón”.

El legado del director será analizado en una serie de mesas que forman parte del homenaje Ludwik Margules en el teatro contemporáneo mexicano, organizado por su hija, con apoyo del INBA, que tendrá lugar hoy y mañana en el Teatro Julio Castillo del Centro Cultural del Bosque.