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La violencia en México, sin rostro en documental

En 'La libertad del Diablo', Everardo González revela el desgarre humano de víctimas y victimarios de 10 años de violencia en México. En la película no hay números ni datos duros. Sólo palabras. Miradas. Tampoco nombres. Ni siquiera rostros.
Eduardo Bautista
13 marzo 2017 21:57 Última actualización 14 marzo 2017 5:0
(Especial)

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El director mexicano Everardo González (Colorado, 1971) está convencido de que el diablo anda suelto en México. No sabe con certeza desde cuándo ni dónde se halla, aunque augura varias posibilidades: en el amor al dinero, en la corrupción, en las torturas, en las fosas comunes, en los sicarios que matan por 200 pesos.

Su nuevo documental, La libertad del Diablo (2017), ganador del Premio Amnistía Internacional 2017 de la edición 67 del Festival Internacional de Cine de Berlín, es una serie de confesiones que hielan la sangre. Son testimonios que llevan la guerra contra el narcotráfico a un plano emocional, acaso más humano, donde no importa si se es militar, sicario, policía o civil. En la película no hay números ni datos duros. Sólo palabras. Miradas. Tampoco nombres. Ni siquiera rostros. Todos los personajes fueron enmascarados.

“La indolencia de la sociedad mexicana hacia la violencia fue una de las razones por las cuales decidí hacer este documental”, comparte a El Financiero este mexicano que hundió hace poco al jurado de la Berlinale en un silencio más frío que el invierno alemán.

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Desde 2006 han muerto en México alrededor de 150 mil personas y han desaparecido otras 30 mil, según estadísticas de la Secretaría de Defensa de Estados Unidos. Entre tantas cifras y noticias de asesinatos, dice González, es normal que la sociedad pierda sensibilidad ante la barbarie.

“Socialmente hemos llegado a cierto umbral en el que no se puede estar sufriendo permanentemente por lo que se ve en el periódico. Ya sea directa o indirectamente, hemos sido testigos de muchas atrocidades. Vivimos en una sociedad que se ha vuelto indolente, poco empática y poco compasiva”, asegura este egresado del Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC).

No es la primera vez que González explora los resquicios del crimen y la violencia. Ya lo hizo con otras figuras delincuenciales de la Ciudad de México (Los ladrones viejos, 2007) y con la guerra civil de El Salvador (El cielo abierto, 2010). Es un cineasta acostumbrado a los testimonios fuertes, las lágrimas y los protocolos de seguridad para cuidar a sus entrevistados.

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EL ROSTRO DE TODOS
Para elaborar su relato visual, González recurrió a un elemento teatral que oculta, pero también revela: la máscara. “Descubrí que con ella mis personajes podían hablar desde la entraña”.

Su intención, dice, nunca fue hacer una película de denuncia, sino una exploración para averiguar dónde se halla la semilla del odio y el miedo que ha echado raíces en la sociedad mexicana desde que el ex presidente Felipe Calderón le declaró la guerra al crimen organizado en 2006.

“El espectador se convierte en testigo de primera mano de lo que el otro ha guardado por muchos años. Mi objetivo es lograr que el público se formule sus propios cuestionamientos morale, que se pregunte si efectivamente todos son tan atroces como los juzgamos”, señala.

En La libertad del Diablo un sicario narra cómo fue su primer asesinato y cuánto recibió por él. Otro más cuenta qué se siente matar a un niño. Un militar detalla un proceso de tortura y otro más habla sobre la impunidad.

“Gay Talese trabajó muchos años con la mafia siciliana. Y él decía que uno de los grandes riesgos de acercarse a los grandes criminales, como me ha tocado a mí desde Los ladrones viejos, es que terminamos reconociendo cuáles fueron las razones que los llevaron a delinquir”, afirma.

LOS OJOS DEL MIEDO
Para Everardo González, la sociedad mexicana aún no ha comprendido a plenitud la ola de violencia y de barbarie que se vive desde hace varios años.

Uno de los retos de su documental, dice, fue el hecho de que ninguno de sus personajes mostrara el rostro. Por eso, explica, recurrió a tomas íntimas que retrataran las miradas de manera prolongada. Es así como el espectador puede ver los ojos de un torturado, de un militar desertor o de una madre que ha perdido a sus hijos.

“El miedo es el mismo entre todos ellos, aunque está amarrado a cosas distintas. En el caso de los victimarios, ese miedo está relacionado con una obediencia ciega. Todos sienten el mismo temor por ser lastimados, ya sea ellos o sus seres queridos. El terror es compartido”, observa.

Según él, el origen de este resquebrajamiento social –que no es exclusivo de México– es un sistema económico equivocado que pone al dinero por sobre todas las cosas y que ha transformado profundamente el orden moral del país.

“Nos hemos creado necesidades inventadas. La idea de ponerle valor económico a todo ha acabado por desvalorizar la vida misma. Y en eso estamos metidos todos. El diablo anda en el odio y el egoísmo, pero también en la indiferencia y en la impunidad. Y adquiere forma, finalmente, en un Estado criminal”.

Uno de sus entrevistados es un joven sicario que asesinó por primera vez a cambio de un Audi. “Ese auto es el ejemplo de lo equivocado que está el mundo”.Uno de los grandes riesgos de acercarse a los grandes criminales es que terminamos reconociendo cuáles fueron las razones
que los llevaron a delinquir”.