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La utopía revolucionaria

La Revolución Rusa, de la cual se cumple un siglo este año, fue una promesa nunca cumplida que, en efecto, terminó por beneficiar a una fuerza política que había prometido un mundo de igualdad, justicia y progreso social, coinciden expertos.
Eduardo Bautista
06 marzo 2017 22:8 Última actualización 07 marzo 2017 5:0
Cuando Rusia anheló liberarse del yugo del zarismo, despertó ante otro yugo, el de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. (AP)

Cuando Rusia anheló liberarse del yugo del zarismo, despertó ante otro yugo, el de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. (AP)

Dijo Lenin que detrás de cada promesa moral, religiosa, política o social yacen los intereses de una u otra clase. La Revolución Rusa, de la cual se cumple un siglo este año, fue una promesa nunca cumplida que, en efecto, terminó por beneficiar a una fuerza política que había prometido un mundo de igualdad, justicia y progreso social, coinciden expertos consultados por El Financiero.

La Revolución Rusa fue una Revolución Francesa que llegó tarde por culpa del frío, decía Dalí. Cuando la mayoría de los imperios europeos había caído, el reinado de los Romanov seguía aferrado al poder en Moscú. En los primeros días de marzo dieron inicio los levantamientos contra el zar Nicolás II; la Revolución de Febrero había comenzado. Campesinos, obreros, comerciantes, soldados y las mujeres de éstos se unieron contra el zarismo.

“Fue una revolución burguesa, democrática y popular que abrió paso a la modernidad y demostró que el mundo imperial estaba lleno de contradicciones”, sostiene en entrevista el antropólogo Roger Bartra.

Pero no todo fue positivo. Hay dos lecciones qué aprender: que las revoluciones son indeseables en el mundo contemporáneo, pues sólo traen terror, muertes y desgracia, y que éstas, generalmente, son derrotadas por otras revoluciones o se devoran a sí mismas, acota Bartra. “Eso fue lo que sucedió en Rusia: la de Octubre –encabezada por los bolcheviques– aniquiló a la de Febrero”.

De la mano de Lenin, dice, los bolcheviques bloquearon la posibilidad de una alternativa democrática en Rusia y de una izquierda tolerante en todo el mundo. “Un siglo después deberíamos preguntarnos: ¿qué sería del mundo si la Revolución de Febrero hubiera triunfado? Seguramente 1989 se nos hubiera adelantado”.

LA SEMILLA TOTALITARIA 
La influencia de la Revolución Rusa en la construcción del mundo contemporáneo es inconmensurable, asegura el historiador e investigador emérito de la UNAM, Enrique Semo. En primera, dice, porque reveló la crisis profunda del capitalismo del siglo XIX. Y en segunda, porque formó parte de una serie de revoluciones que configuraron la historia de la civilización, como la Revolución Mexicana de 1910, la China de 1911, la Turca de 1908 y la Alemana de 1918.

Aunque en efecto fue una experiencia social que ofreció otra manera de ver y pensar el mundo a través del socialismo, también fue la semilla del totalitarismo soviético, considera el académico de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, Fernando Martínez Elorriaga.

“José Stalin continuó el leninismo, pero de forma brutal. La línea bolchevique que derrotó a los mencheviques se mantuvo hasta que cayó el Muro de Berlín. Todavía hay países en el mundo como Cuba o Corea del Norte que invocan la tradición leninista”, agrega Bartra.

Escribe Giovanni Sartori en La carrera hacia ningún lugar (2016) que el problema de las revoluciones es que, cuando acaban, sus triunfadores prolongan sus rutinas violentas contra el pueblo que gobiernan. En Cuba, Fidel Castro continuó con las persecuciones de los “enemigos de la revolución” durante décadas. Lo mismo sucedió con Stalin en la URSS o con Ceausescu en Rumania.

Según Martínez Elorriaga, la Revolución Rusa puede ser vista como “una promesa no cumplida”. Por una parte, dice, el mundo tuvo la oportunidad de celebrar y llevar a cabo un nuevo tipo de sistema de producción (el comunismo), pero por otra, también fue testigo de una serie de acontecimientos catastróficos.

“Cuando tenemos el fin, pero no los medios, lo único que se puede esperar es una tragedia; una lección que debería tomar en cuenta Donald Trump. A veces el hombre se lanza a un nuevo sistema sin reparar en las consecuencias que puede traer dicho cambio”, explica el académico.

Si la Revolución de Febrero hubiera ganado y los bolcheviques nunca se hubieran alzado con el poder, apunta Bartra, nunca hubiera existido un bloque socialista y los movimientos comunistas se habrían desarrollado como movimientos socialdemócratas. Europa jamás habría conocido a Stalin y, con ello, se habría evitado la muerte de 20 millones de personas entre fusilamientos, envenenamientos, hambrunas y gulags.

Con todo, la Revolución Rusa trajo consigo un cambio económico fundamental: se abolió la propiedad privada de los medios de producción y se instauró una propiedad estatal, mas no popular, como decían los comunistas soviéticos, señala Semo.

“El siglo XX es el siglo de la Revolución Rusa. El Estado de Bienestar no existiría sin ella. Influyó en los movimientos anticoloniales de los 50 y en el desarrollo de las izquierdas: la socialdemócrata, la comunista y la nueva izquierda que surgió del espíritu de 1968. Todas ellas se desvanecieron después de la caída de la URSS, y hasta hoy no conocemos un renacimiento de la izquierda”, explica el historiador.

Irene Némirovskyl, novelista ucraniana perseguida por los bolcheviques, escribió que “todos los deseos están malditos porque siempre conseguimos menos de lo que soñamos”. Cuando Rusia anheló liberarse del yugo del zarismo, despertó ante otro yugo, el de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.