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CULTURAS

La torta de jamón o el objetivo histórico

Más allá de haber sido un creador de programas cómicos, Roberto Gómez Bolaños fue un hombre que entendió la lucha de clases. No hay mayor ejemplo que "El Chavo del 8".
Mauricio Mejía
29 noviembre 2014 4:4 Última actualización 29 noviembre 2014 16:34
'Él Chavo del 8' apareció por primera vez en 1971. (AP)

'Él Chavo del 8' apareció por primera vez en 1971. (AP)

La identidad Latinoamericana, que sabe del Materialismo Histórico por oídas, encontró su objetivo histórico en la torta de jamón, símbolo utópico de la abolición de la lucha de clases. Roberto Gómez Bolaños, como antes Ismael Rodríguez en la saga de Nosotros los Pobres (Ustedes los ricos y Pepe el Toro), entendió claramente la batalla social que producían el progreso y el urbanismo: la Vecindad del Chavo del Ocho era, antes que un escenario cómico, un debate de conciencia de clases.

El señor Barriga, de próspero estómago y sobrada salud (como la de Noño, su hijo) dirimía el patio con el noble niño de grandes sentimientos, el Chavo, ajeno a cualquier tipo de corrupción moral. Un “sin casa” portador de la ética y las más altas lecciones cristianas; “óyelo, que está buscando amigos”, cantó en una noche llena de hambre.


TODOS HUÉRFANOS, EL GUIÓN DE LA GUERRA FRÍA

Ése fue el gran éxito de la serie que dominó el imaginario de las grandes masas latinoamericanas por más de cuatro décadas. En ese sentido, nadie debe discutir la brillantez y atinada observación de Gómez Bolaños, acaso el más grande entendedor del perfil de sus televidentes en los años 70, de Guerra Fría y guerrillas.

En medio se escondían personajes que, también, representaban la orfandad de los gobiernos imperantes en la región. La imagen del profesor Jirafales es contundente. Alto, de traje, fumador de puro (tic de buen comportamiento y ascendencia social), era además el galán que enamoraba a la viuda del marinero de la Guerra. El Maistro Longaniza dejaba ver sin celofanes el rol que la educación manifestaba en un ecosistema social huérfano de libros y letras: los profesores, desde las campañas de Vasconcelos, gozaron de gran respeto y autoridad en muchas comunidades de América Latina. El proceso de alfabetización les otorgó una posición altiva, bien reflejada en el programa que se transmitía originalmente a las ocho de la noche de los lunes.

La Chilindrina, doña Florinda y La Bruja del 71 son seres solos: huérfana, viuda y soltera. No hay pues, en la Vecindad del Chavo, familias funcionales y ordinarias. Como lo dijo bien Tolstoi, las familias distintas son las apetecibles para los espectadores, por muy comunes que sean sus vidas. Gómez Bolaños atrapó a ambos bandos, los extraordinarios y los convencionales con cierta maestría. La televisión es una gran mentira que juega a ser verdad. Por lo tanto, la verdad estaba reflejada mentirosamente en cada capítulo de El Chavo.

EL ESTATUS DE LA BARRIGA

Dos personajes sobresalen en la anagnórisis del espectáculo. Más por la forma en la que fueron actuados que en los personajes mismos. Don Ramón y Quico dieron frescura a fabulosa trama. Uno, desempleado, pícaro, ejemplo mismo del nuevo proletariado sobrevive a los días con unos cuantos pesos, tan pocos que le impiden pagar la renta (la tasa impositiva más básica para los desprotegidos de la Escuela de Chicago y la oferta y la demanda). Ron Damón, tan bien actuado, se gana la comprensión y la ternura de los muchísimos fanáticos del show.

El Señor Barriga es el capitalista abundante que enseña su preponderancia con un portafolios y unos lentes; tiene, pues, pendientes y manera de “componer” sus defectos físicos. El otro, el obrero mano de obra barata, es de una delgadez asombrosa. Sus ropas son las más elementales, mezclilla, camiseta y tenis. Por si fuera poco, es hincha (como dicen en el Sur) del futbol, le va al Necaxa, equipo de electricistas. Pero, y ese es un gran gesto del director, ambos tienen buen corazón. En el Señor Barriga, la generosidad se convierte en un desplante de Ogro Filántrópico, del que habló Octavio Paz. Es el Consejo Coordinador Empresarial, El PRI, que ahorcaba pero no mataba. En Don Ramón, la debilidad demuestra (como en Nosotros los Pobres) que entre la miseria se encuentran los grandes sentimientos humanos. Las virtudes teologales, fe, esperanza y, sobre todo, caridad, se manifiestan con mayor énfasis en los que nada tienen. Esa fue la lectura religiosa y sociológica durante muchos años. Esa actitud franciscana matiza el debate de clases del reparto.

QUICO, ESE HIJO DE LA MACHA

Quico, es, antes que todo, el actor incómodo para el creador de los personajes. Su enorme forma de interpretar no combate, abate a El Chavo. En la ejecución, el marinerito echa a perder las enormes dotes de clown de Gómez Bolaños. Lo apabulla rotundamente, tanto que no hay quien supla a Villagrán cuando éste sale por la puerta de atrás, el traspatio. La serie se viene abajo con esa abrupta salida producida por líos sentimentales.

Pero Quico es, también, el niño burgués clásico y de una simple fotografía sociológica: torpe, consentido, con una remesa que le permite tener todos los juguetes (el juguete entendido como símbolo de acumulación de capital). Al mismo tiempo es huérfano. Una forma sutil de presentar a un país sin padre, como la sociedad mexicana misma. Martín, hijo de la Malinche. Una madre que quiere, anhela que su hijo crezca con una figura paterna de sólidos principios morales, un profesor que sabe utilizar perfectamente las palabras y los acentos.

Quico es los millones de huérfanos que dejaron las dictaduras latinoamericanas. “Un cafecito más y tengo papi nuevo”, repite en las mil repeticiones de escenarios del programa. La repetición, no sobra decirlo, es lo que queda, una forma barroca de imponer una costumbre en el televidente. “Cállate, cállate, cállate que me desesperas”, grita millones de veces el niño rico, el snob. Muchos años después, el ¡Cállate Chachalaca! (exclamado con el mismo ahínco) costaría una presidencia a Andrés Manuel López Obrador.

Hijo de su tiempo, brillante y devoto de los regímenes de derechas y autoritarios, Roberto Gómez Bolaños fue un narrador genuino de un tiempo turbulento de América Latina que encontró también en la Teoría de la Liberación una respuesta a las preguntas esenciales de la política del Estado de Bienestar: ¿Por qué el progreso económico produce tan pocos muy ricos y tantos muchos muy pobres?

Se le deben reprochar muchas cosas, muchas, sobre todo su servidumbre al poder. Pero no debe discutirse que se convirtió en un referente altísimo de una época de desigualdades.

Ha muerto un hombre creativo, y con él se han ido sus defectos y virtudes.