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culturas

Juan Carlos Colombo: Exilio sin fin

El actor tuvo que salir de su país de origen, por amenazas de las fuerzas políticas. Fue abogado de jóvenes detenidos al amparo de una Ley Nacional de Seguridad en Argentina. Lleva 10 años en el elenco de "La dama de negro", montaje que el 17 de febrero cumple 21 años en cartelera.
Rosario Reyes
08 febrero 2015 21:53 Última actualización 09 febrero 2015 17:12
Mientras ensaya "La mujer justa", Colombo acepta esta charla en la que parece cómodo a pesar de la dureza del tema. (Fabián García)

Mientras ensaya "La mujer justa", Colombo acepta esta charla en la que parece cómodo a pesar de la dureza del tema. (Fabián García)

El exilio es una forma de represión a la que cualquiera está expuesto, sostiene este reconocido actor de origen argentino. “Alcanza también a los artistas. Durante la Segunda Guerra Mundial, los actores siguieron haciendo teatro en medio de las bombas. La persecución nos convierte en ciudadanos comunes y corrientes”.

Juan Carlos Colombo tuvo que salir de su país por amenazas de las fuerzas políticas. Fue abogado de jóvenes detenidos al amparo de una Ley Nacional de Seguridad en Argentina. Llegó a México en 1975, gracias a una beca que no pudo ejercer. Sin embargo, a través de la embajada de su país, logró estudiar en el Centro Universitario de Teatro de la UNAM. En marzo de 1976, la junta militar se hizo del poder y comenzó uno de los periodos más aterradores de la Argentina moderna.

La partida se endurece por la soledad, asegura. “Es muy difícil estar en un lugar donde no se sabe si se quiere estar, o se queda porque no tiene manera de volver”, comparte este hombre que lleva 10 años en el elenco de La dama de negro, montaje que el 17 de febrero cumple 21 años en cartelera. “Como dice Rafael Perrín, nuestro director: ya somos parte de la cultura urbana, si tenemos 200 años de independencia, el 10 por ciento de ese bicentenario ha existido la obra”.

Mientras ensaya La mujer justa (en la que compartirá escenario con Verónica Langer y Marina de Tavira y que se estrenará en abril, bajo la dirección de Enrique Singer en la Sala Xavier Villaurrutia), Colombo acepta esta charla en la que parece cómodo a pesar de la dureza del tema.

___Parece que los 70 fueron ásperos para la juventud...
___Esos años vinieron del resabio del modelo represivo de Europa. El 68 en París. Los jóvenes empezaron a hacerse notar. Dejaron de ser un proyecto para convertirse en una incómoda realidad; se volvieron muy peligrosos.

___Algo de eso está resurgiendo, ¿no le parece?
___Sí, en todas partes: en Grecia, en España, son los jóvenes los que dicen “ya basta, este es un sistema demasiado corrupto, esto no funciona, no hay manera de creerles”. Y es esperanzador, los jóvenes tienen mayor capacidad de cambiar las cosas que los adultos.

___¿Cómo se vive el exilio?
___Pues difícil, sobre todo al principio. Afortunadamente me encaminé en el teatro, que es mi lugar, mi ámbito, mi terreno, mi familia; eso era lo que me daba piso. Me hice de un mundo afectivo que resultaba cálido y empecé a olvidar que era extranjero. Soy ciudadano del teatro. Pero, como me escribió en esa época una amiga: “entiendo que es más difícil estar seguro y solo, que estar en riesgo y acompañado”.

___Le tocó un ambiente cultural efervescente en México...
___Era fascinante, había un movimiento teatral muy fuerte, estaba el grupo de Poesía en Voz Alta con Octavio Paz, Arreola, Gurrola, Héctor Mendoza… En 1975 se creó el Centro de Capacitación Cinematográfica, yo empecé a estudiar en 1977 y los chavos que estaban estudiando iban a buscarnos para que hiciéramos sus ejercicios. Jordi García Bergua, -que murió, hijo de Emilio García Riera-, Carlos Carrera, Arturo Ripstein… toda una generación y las posteriores, y luego en el CUEC. Aprendí mucho con ellos.

___Parece un entusiasta aprendiz todavía hoy...
___Siempre. Como decía mi maestro Luis de Tavira: “Hay dos tipos de actores, los actores en formación y los actores en deformación”. Si uno deja de estudiar, de prepararse, de sorprenderse, se vuelve anquilosado, que ya no disfruta, incluso. Todo lo que hago en cine o en televisión es material de stock, yo ya lo descubrí en el teatro, que tiene todos estos procesos de repetición, de volver a intentar, como decía Eric Bentley: “Mucha gente intenta rehacer su vida; la vida no se rehace, se hace todos los días. Excepto en el teatro”.

___La televisión es más vertiginosa...
___Sí, yo entré a la televisión ya grande, antes vivía del teatro y del cine, mal, pero vivía de eso y entré a la tele por el teatro, porque Televisa produjo Orquesta de señoritas y me llamaron. La tele es muy útil porque puede financiar otros proyectos y también hay mucha gente muy valiosa. Las telenovelas tienen una serie de contradicciones de por sí, en términos de rigor académico no se sostienen, eso lo decía Raúl Araiza padre; hay que partir de que ninguna telenovela resiste el menor análisis. Partiendo de eso, se pueden hacer bien o mal, pero es un género popular y hay que hacerlo con entusiasmo, si uno degrada el género, se degrada uno mismo.

___¿A qué atribuye el éxito de una obra de terror, cuando se supone que es el único género que no funciona en teatro?
___Es como todas las situaciones en las que podemos experimentar algo peligroso, pero sin riesgo, como diría Neruda: “La ventaja de la cebolla es que nos hace llorar sin aflicción”. El teatro nos hace sentir muy vivos, sabemos que es una ficción, pero nos asustamos como si no lo fuera, es estimulante. Es como cuando vamos a los velorios, para confirmar que estamos vivos.