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En busca de una nueva poética en México

Los poetas mexicanos Omar Pimienta, Rocío Cerón y Amanda de la Garza, tres expresiones que se abren paso en estos años en los que el lenguaje sufre una profunda crisis entre lo que se dice, se siente y se quiere en verdad comunicar, afirman categóricamente que la poesía salva porque ayuda a imaginar otra realidad.
Eduardo Bautista
24 febrero 2015 22:36 Última actualización 25 febrero 2015 17:7
Los poetas participan en el Festival de Poesía Enclave, que inició ayer y concluye el viernes en el Centro Cultural de España. (Cortesía)

Los poetas participan en el Festival de Poesía Enclave, que inició ayer y concluye el viernes en el Centro Cultural de España. (Cortesía)

¿Sirven de algo los versos en medio de esta vorágine de violencia y devastación moral, económica y social? En un país que se ha acostumbrado a las formas más macabras del homicidio, ¿se puede generar una nueva poética, una nueva forma de la metáfora?

Sí. Responden categóricamente los poetas mexicanos Omar Pimienta, Rocío Cerón y Amanda de la Garza, tres expresiones que se abren paso en estos años en los que el lenguaje sufre una profunda crisis entre lo que se dice, se siente y se quiere en verdad comunicar. Ellos creen, desde ópticas distintas, que la poesía salva porque ayuda a imaginar otra realidad, a romper paradigmas, a reconocer al prójimo y, sin que suene fácil, a uno mismo.

“Una revolución no puede suceder sin antes existir una ruptura de pensamiento. Para ello, la imaginación es fundamental. Creo que ahí es donde puede funcionar la poesía”, considera Cerón, una de las organizadoras del Festival de Poesía Enclave, que inició ayer sus actividades en la edición XXXVI de la Feria Internacional del Palacio de Minería y concluye el viernes en el Centro Cultural de España.

“Mucha gente no entiende que la metáfora es poder. El problema del mexicano es que todo se lo toma muy literal. Una persona que tortura a otra sólo deja entrever lo ajena que le es la palabra. Si los mexicanos tuvieran más imaginación poética, este país sería otro. A México le hace falta más imaginación y menos Estado”, afirma la poeta.

En un país donde sus habitantes leen 2.94 libros al año (según el Inegi) es complicado creer que la poesía pueda tener más utilidad que la prosa en cualquiera de sus manifestaciones. Omar Pimienta lo sabe, pero reconoce que el verso tiene efectos sanadores, que no se hallan en la novela, el cuento o el ensayo. Lo dice con experiencia. Nació y creció en Tijuana, Baja California, a unas cuantas cuadras de la frontera con Estados Unidos. Su casa fue, por varios años, el refugio de decenas de migrantes que querían pasar al otro lado. Su madre les ofrecía un techo, un plato de comida y un recital de poesía.

“En ese periodo de mi vida me di cuenta de la enorme influencia que puede ejercer la poesía en una persona, sobre todo en alguien tan desamparado como un migrante. Pude ver cómo cada verso los hacía entenderse. Mi mamá es de Jalisco, y mucho de lo que escribía evocaba a su pueblo. Quizás por eso los afectaba tanto emocionalmente. Las personas en tránsito viven en medio de la incertidumbre y la poesía los ayudaba a reconocerse”, cuenta Pimienta, quien asegura que el lenguaje poético es una forma de digerir realidades tan atroces como la mexicana, en la que la violencia ha llegado a niveles exacerbados.

“Todos los artistas nos preguntamos lo mismo: ¿existe alguna función social en nuestro quehacer? Quiero creer que sí, que podemos dejar testimonio y aligerar cargas emocionales. La poesía es un filtro que retiene las cosas más sustanciales del hombre”, sostiene.

Para Pimienta, el hecho de que un ser humano descuartice a otro obedece a una falta de interés por las humanidades. “Vivimos un proceso de deshumanización. No queremos ver los problemas desde una perspectiva humanística, sino económica. Si no nos humanizamos ahora, seguiremos actuando como animales. Y eso que en muchas especies hay un nivel de compasión que a veces ni siquiera existe entre los propios hombres. Creo que la solución debe provenir del lenguaje. Ahí reside todo: la palabra es la que nos ha llevado a ser una civilización, pero también la que nos ha conducido a la barbarie. El lenguaje nos ha matado y nos ha salvado”, señala.

Cerón advierte que, más allá de la marcha o el grito, se ha perdido el sentido de comunidad. Haber quemado y desaparecido los cuerpos de los 43 estudiantes de Ayotzinapa habla de una pérdida de identidad con el prójimo: “No ver al otro como un sujeto, sino como un objeto es gravísimo. México vive un problema de invisibilización del otro. El prójimo nos resulta una entidad distante: no nos interesa su vida, su nombre ni su familia”.

Los narcomensajes en los cuerpos demuestran el desarrollo de otro tipo de lenguaje, uno muy primitivo y aterrador, afirma la poeta. Sayak Valencia –agrega– explora ese fenómeno en su ensayo Capitalismo Gore, donde realiza un análisis sobre cómo el actual sistema económico (que tiene al dinero como el fin único del hombre) conduce a niveles de salvajismo inimaginables.

“Más que ser una manera edulcorada de ver el mundo, la poesía es una forma de construir una mirada más compleja. El mundo está construido a través del lenguaje. La tarea de la poesía es, precisamente, la resignificación de éste, una tarea fundamental en un sistema capitalista que ha banalizado la palabra. Este entorno de violencia ha sido generado por esta clausura al diálogo, por esta idea de creer que no hay otros caminos más que la barbarie. Cuando se niega la palabra, se niegan también las posibilidades de vida y de futuro”, concluye De la Garza.