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El Nueve: el antro que sacó la cultura del clóset

Guillermo Osorno desentraña la escena 'under' de los 80 en la Ciudad de México. Al escritor le tomó 10 años culminar el relato de aquel antro de culto cuya vida se extendió durante 15 años, en un edificio de la calle de Londres, en la Zona Rosa.
María Eugenia Sevilla
23 junio 2014 23:6 Última actualización 24 junio 2014 5:0
El Nueve cifró el despertar de una generación en un México aún reprimido en la cultura juvenil y la orientación de sexualidad, afirma Osorno.

El Nueve cifró el despertar de una generación en un México aún reprimido en la cultura juvenil y la orientación de sexualidad, afirma Osorno.

Contar la historia del mítico bar El Nueve era un pendiente que, una vez saldado, se revela como una pieza clave para el entendimiento no sólo de la cultura underground sino de todo lo que pasó después en el DF: el establecimiento de una escena pública gay y el florecimiento de otras esferas de la cultura urbana cuyo linaje puede rastrearse hoy hasta expresiones masivas como el festival Vive Latino.

El Nueve cifró el despertar de una generación en un México aún reprimido en la cultura juvenil y la orientación de sexualidad; un país que se transformaba en el inicio de la decadencia del PRI, con una economía devaluada. A Guillermo Osorno le tomó 10 años culminar el relato de aquel antro de culto cuya vida se extendió durante 15 años, de 1974 a 1989, en un edificio de la calle de Londres, en la Zona Rosa.

En Tengo que morir todas la noches. Una crónica de los ochenta, el underground y la cultura gay (Debate) cuenta cómo le tocó salir del clóset a los 18 años, en una Ciudad de México donde ser gay obligaba a arrojarse a los bajos fondos, a ligar en la clandestinidad de los baños del segundo piso del Hotel María Isabel, algunos Sanborns o tugurios, entre militares, prostitutos, razias violentas y abusos de la policía.

“Antes de la aparición de El Nueve, los lugares para homosexuales eran sórdidos”, recuerda en entrevista. Tuvo que ser un francés quien viniera a revolucionar ese escenario con el proyecto de un bar decididamente cultural, y dirigido al público gay de un estrato alto.

Henri Donnadieu era un hombre educado en la Sorbona, cuya tesis había versado sobre la instauración de una casa de cultura en Grenoble, una ciudad alpina.

“Tenía la idea de que se podía animar culturalmente una zona a través de la vida nocturna y las copas. Cuando llega a México y se queda frente al proyecto del bar, empieza a dar algunos pasos, como la apertura de un cineclub donde pasaban películas de culto que no se podían ver en otra parte de la ciudad”, refiere.

El sitio atrajo a artistas de cine y de todas las disciplinas, desde Sasha Montenegro y La Tigresa hasta figuras como Alaska, Carlos Monsiváis o Emilio Carballido; todos fueron parroquianos junto con las más afamadas Drag Queens de la época. Con el tiempo, el lugar abrió escenario no sólo al performance, sino también a bandas de rock emergentes, como Café Tacvba.

En su libro, Osorno narra cómo Donnadieu logró que el espacio se convirtiera en un semillero cuya influencia trascendiera las drogas, la parranda y las golpizas, para detonar una parte importante de la creatividad capitalina. Su relato no se limita a compilar un anecdotario -por demás divertido- de lo que ahí sucedía, sino que ofrece un retrato más ampio del entorno mexicano.

“Quería que la crónica ofreciera un retrato generacional e hiciera entender a los demás qué fue lo que a mi generación le tocó hacer”. Osorno ya trabaja en un siguiente libro, en el que abordará la vida cultural del México contemporáneo. También prepara el lanzamiento de un proyecto transdisciplinario, que contará con un portal (horizontal.mx) cuya aparición prevé para septiembre de este año, junto a un centro cultural.