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El mago digital

Alejandro González Iñárritu, guste o no, criticable y admirable, es el triunfo del empeño, la fuerza de la consistencia, la vocación por llevar a cabo una obra alterna a la lógica burocrática de lo ordinario. Es, indudablemente, la confirmación de que el sí vence siempre las testarudas negligencias del no. La magia digital llega al cielo del cine.
Mauricio Mejía
15 enero 2015 12:49 Última actualización 15 enero 2015 12:51
González Iñárritu propuso un mundo a la idea del mundo: la chistera del mago lo incluía todo, pero el todo es en sí infinito. (AP)

González Iñárritu propuso un mundo a la idea del mundo: la chistera del mago lo incluía todo, pero el todo es en sí infinito. (AP)

La generación que escuchaba la radio durante los años ochenta descubrió con desenfado que el aparato vivía, era una fábrica de inventos. Si por origen es el medio más fascinante de todos los que el hombre ha inventado por su carácter genuino de fantasía (imaginar la cara de los locutores fue de siempre un encanto para millones de seres humanos), durante aquella época Alejandro González Iñárritu, Martín Hernández y Charo Fernández dieron una facha distinta al FM. En confrontación con otra estación mítica, Rock 101 (otra casa de grandes creadores), el trío produjo cuanta locura se le ocurría. Exacto, de la ocurrencia nació una de las ideas más populares de aquel tiempo.

Al mediodía, El Negro (como lo llamaban en los ya mitológicos promocionales) establecía un puente a lo Orson Wells para generar un ambiente animado nunca visto en la radio. Sí, la radio vía: “Donde tus oídos ven lo que tus ojos escuchan”, decía. Además de una extraordinaria dicción, gran conocimiento musical y sobrado trato con el lenguaje, González Iñárritu propuso un mundo a la idea del mundo: la chistera del mago lo incluía todo, pero el todo es en sí infinito. Así infinitas eran posibilidades de abrir el inconsciente del radioescucha. Promocionales, falsos problemas de tránsito producidos por un hombre con turbante en San Jerónimo y Periférico y el terrible destino de un pavo en Navidad fueron los primeros avisos de una mente brillante que le daría una vuelta de tuerca a la última generación de la Guerra Fría.

Esa generación acompañó, como parvada, al futuro director de cine, cuyas primeras lecciones en el arte sucedieron en esos días que transitan entre los 80 y los 90. Iñárritu se encargó de cambiar la cara de Canal 5 y al discurso de la publicidad le dio un refresco inolvidable. Vinieron las primeras experiencias cinematográficas que contenían el sello de identidad del creador de escenarios. Y su maravilloso video para Nike sobre el Mundial de Futbol.

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Si por origen es el medio más fascinante de todos los que el hombre ha inventado por su carácter genuino de fantasía (imaginar la cara de los locutores fue de siempre un encanto para millones de seres humanos), durante aquella época Alejandro González Iñárritu, Martín Hernández y Charo Fernández dieron una facha distinta al FM.

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Ahora la Academia decide incluirlo en la nominación a mejor director. No es casual ni asombroso. González Iñárritu, guste o no, criticable y admirable, es el triunfo del empeño, la fuerza de la consistencia, la vocación por llevar a cabo una obra alterna a la lógica burocrática de lo ordinario. González Iñarritu es, indudablemente, la confirmación de que el sí vence siempre las testarudas negligencias del no. La magia digital llega al cielo del cine.