AFTEROFFICE
CULTURAS

El humor es una defensa contra la tiranía: Hiriart

Con un humor corrosivo, el escritor mexicano Hugo Hiriart lleva al lector a una reflexión sobre la lastimada realidad mexicana. Todo esto y más está en su última obra: "El Águila y el Gusano".
Mauricio Mejía
05 agosto 2014 21:58 Última actualización 09 agosto 2014 5:0
Hugo Hiriart juega con un humor ácido en su última obra, "El Águila y el Gusano". (Cortesía)

Hugo Hiriart juega con un humor ácido en su última obra, "El Águila y el Gusano". (Archivo)

Valdivieso, político experto en el autoengaño, asegura tajante: “Soy incapaz de una vida íntima debido principalmente a que nunca pude ver a mi padre desnudo”.

Su asesor, Capuzano, pregunta: y eso qué. Valdivieso, experto en Freud para principiantes, responde ufano: “Según mi doctrina siquiátrica, haber visto desnudo al padre de uno o no haberlo visto tiene la mayor importancia. Y a propósito, ¿crees que debería volver a la práctica de someter a consulta sicoanalítica forzosa conmigo a todos y cada uno de los miembros de mi gabinete? Los veo a todos nerviosos, angustiados, mal. Muy mal”. La coincidencia con la realidad depende de la conciencia histórica del lector.

Hugo Hiriart (Ciudad de México, 1942) convida, en El Águila y el Gusano (Random House), un espléndido festín de humor corrosivo, el único para enfrentar la realidad de un país al que se le agotaron las formas políticamente correctas. A este montón de piedras le ha llegado la hora del sarcasmo porque las explicaciones que norman criterios se agotaron en lo que el autor llama “el rencor silencioso”. Las crisis sociales producen gran literatura, pero esa explosión llega al esplendor cuando alcanza a la burla, el último reducto de la paciencia. Hiriart aporta al desaliento el aire del colmo, del “nomás esto nos faltaba”, que roza sin tocar el límite del descaro.

Hugo Hiriart es mucho autor para limitarlo a la presentación de una novela, por lo demás mucha novela. Se le pregunta sobre el valor inquebrantable de su nueva apuesta literaria: el humor. “Es lo último que se pierde”, dice casi en automático. Sabe lo que lleva entre las páginas, como los que se enorgullecen de lo que comparten. “Los grandes humoristas nacen de las clases más desamparadas, el humor es una defensa contra la orfandad, contra la tiranía. Uno no puede enfrentarse seriamente a un tirano porque lo mata, pero sí puede hacerle un chiste o ponerle un apodo, burlarse de él. Y eso es justamente a lo que le temen, a que les pongan en ridículo”.

Luego, entonces, la solemnidad es lo contrario. Apunta Hiriart, esa pluma imperdible de Letras Libres y La Revista de la Universidad:
“Es la estrategia del dominio. Es la práctica de los políticos para darse importancia y dominar a la gente. Me repugna la solemnidad. Esta obra nació de mi indignación de cómo se maneja el país; lleno de partidos repugnantes. Estoy seguro de que los políticos no se han dado cuenta del rencor que el pueblo les tiene”.

El autor de Galaor (1972), obra que le valió el Villaurrutia, ya no lee novelas. Prefiere la historia, el ensayo, acaso, muy acaso, ficción de espionaje y sus derivados. Está por terminar una biografía de Ortega y, como dará una cátedra sobre ella, se apasiona en La Celestina, de Fernando de Rojas, a la que encuentra inmensa. Terminó, apenas, un libro sobre el cártel de Nezahuacóyotl, el cual le interesó por dos cosas: el menudeo y una mujer terrible.

Desde hace 35 años vive con su pareja. Ella y él se han ido puliendo como piedras de río. Parece cómodo, digamos estable, y se nota en lo que escribe, pero sobre todo en cómo lo escribe. “Cuando uno pierde el impulso de los placeres enormemente atractivos –explica- gana muchísimo. Obtiene libertad. Los placeres ya no lo mueven a uno. Yo aspiro a una existencia, aunque me temo que no lo logro del todo aún, en la que el miedo no forme parte de mi vida, que no haya ninguna realidad que me asuste. Lo que consume más mi tiempo y mis lecturas es la religión. Soy muy religioso”.

Aquí un alto. Sin que esta charla ponga mueca.

-¿No le parece que, más allá de la crisis económica y de seguridad que vive México, más allá, en el fondo, sufre una profunda crisis espiritual?

-Por supuesto. Hay una catástrofe. Los mexicanos eran buena gente, educada. Ahora son abusivos, violentos, ya no confían en nadie. Usted va a decir que estoy loco, pero quiero decirle que cuando se pierden la cortesía y el buen trato para con los demás, ya puede suceder lo que sea. La situación delincuencial que sucede en México es causada por algo terrible: la marginación cultural. Las clases pobres no ven al Estado, no sienten pertenecer a él. No saben que deben obedecer la ley, a la que ven como un obstáculo.

Hiriart lleva el desamparo al templo y al aula. “Tampoco la Iglesia es maestra. Ya no enseña nada a nadie. ¿Cuántas veces se ha oído a un sacerdote exigir a los niños y jóvenes que no consuman drogas, que no maten, que no roben? Ese tipo de cosas ya no se escuchan en las misas. Ahora se hablan puras tonterías”.

De la escuela, dice: “Los maestros están marginados culturalmente. No creo que piensen mucho en el alma de los niños ni en su formación. Y los políticos no entienden nada de este descuido que no muy a la larga nos afectará dolorosamente, no hay duda de eso”.

Siga la plática por el carril en el que iba, el sarcasmo.

-¿Y eso tendrá que ver con la falta de humor de esta sociedad tan adusta hasta en la protesta?

-Tengo la impresión de que la gente no se da cuenta de la marginación cultural. No responde porque está muy lastimada de sus facultades emocionales. Hay un México tan pobre que ni siquiera se da cuenta que es muy pobre. No tiene capacidad de acción. No puede alzar la voz y decir a grito: “¡Yo ocupo este lugar!”. Mucha gente tiene un vocabulario reducidísimo, en el cual no entra la palabra sociedad”.

Y sin embargo, la obra de Hiriart es muy divertida, atrozmente divertida. Humor despiadado –diría él- en el que el Estado paralelo se parece tanto al real que uno se confunde con los planos, ¿cuál ha dejado de ser cierto: el que aparece cuando se abre el libro o el que se afirma cuando éste se cierra?

Dos culturas han logrado hacer del humor una identidad inquebrantable: la inglesa y la judía. “En el caso de la primera –sostiene Hiriart- es muy raro: porque es la más conservadora y también la más irrespetuosa”. En la segunda impera la ausencia: “se desarrolla entre estos cuates que no tienen poder, entre esos a los que se les negó la oportunidad de entrar en el círculo de la clase política y económica”.

No deja de ver con ironía cómica las notas del día:

“El hijo del desdichado Vallejo no va a pisar la cárcel. ¡Por favor! Estaba conversando tranquilo con La Tuta, con sosiego agradable. En cambio, está preso este hombre que ha sido el único que ha hecho algo en contra del crimen organizado. Me refiero por supuesto a las autodefensas”.

En la librería esperan 348 páginas de risa malsana, esa medicina que se rompe siempre en casos de emergencia. No se deje al alcance de los niños, eso sí.