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DEPORTES

El genio naranja

Los iniciados en la ciencia futbolera saben que nadie erró tanto, que nadie construyó tanto y nadie cambió tanto el ritmo de la pelota como Johan Cruyff, el genio naranja, que este jueves perdió contra un cáncer de pulmón.
Mauricio Mejía 
24 marzo 2016 11:42 Última actualización 24 marzo 2016 13:34
johan cruyff

johan cruyff

Johan Cruyff fue un largo poema; una larga errata que deambuló por todos los terrenos del césped. Fue un poeta que dio sentido artístico al rodar prosaico de la pelota. Cruyff hizo posible que la poética se liara con la ciencia y lo absurdo en un juego cansado del lerdo romanticismo de Pelé y sus apóstoles.

Cuando Rinus Michels convocó a una generación de jipis para enarbolar el futbol holandés de comienzos de los 70, tuvo en Johan a la mariposa tecnicolor. Cada nuevo movimiento de los pies de astro trasmutaba el orden de las cosas dentro y fuera del terreno de juego. El genio naranja comandaba La Revolución de los Tulipanes, la contracultura más fascinante de la Guerra Fría. Alemania 74 es un sello de agua justamente por aquel despabilado conjunto que acabó para siempre con la gerencias de las filas. Hija de la Industrialización, la Naranja eliminó los oficios de los zagueros, los mediocampistas, los extremos y el delantero centro. Hizo posible el comunismo, pues. Todos iguales. Todos defendían. Todos atacaban. Poesía pura, pura poesía. Aquellos argonautas tuvieron, como buenos hacedores de la trascendencia del espíritu, un lado trágico. No fueron campeones del mundo, entre otras razones porque enfrente tuvieron a uno de los más altos conjuntos del Ser, el de Beckenbauer, Muller y Meier. Aún así, el 4-3-3 se convirtió en un logaritmo absurdo, soso y retrogrado. Nada volvió a ser igual. Cruyff, esa forma de Bobby Fisher del futbol, se dio cuenta antes que nadie: el balompié había sufrido un cambio tan profundo como la música con Beethoven. La generación beat daba una vuelta de tuerca al sistema: los alemanes pensaron la Revolución (Herberger, 1954); los holandeses la realizaron al grado máximo.

Si antes el Ajax fue un saludo al hipermodernismo, la Naranja Mecánica fue la consolidación de esa propuesta y el punto culminante en el que ya no había salida ni regreso. El largo poema, la larga errata Cruyff cambió después al Barcelona y le dio autoestima ante su más preciado enemigo, el Madrid. El holandés dio nacionalidad a la autonomía catalana dentro de la liga española. El ejército simbólico, como lo llamaba Vázquez Montalbán, tuvo, por fin, su propia manera de ver el arte. Y de ganar. Cosa imposible en el discurso trágico del club blaugrana durante los años de la dictadura. Justo en el final de ella y en el nacimiento de la democracia española, Cruyff convirtió al ejército en una ONG de la voluntad y el encanto.

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Johan Cruyff  (AP/Archivo)

Cuando la “movida” el genio naranja, desde el banquillo, hizo posible el sueño interrumpido desde Michels. Antes que los gigantes de la NBA utilizaran la etiqueta en los Juegos de Barcelona, Cuyff soñó al Dream Team. Y cuando el mundo despertó el Barsa fue campeón de Europa por fin.

Todo tiene una causa (la Alemania del 54, la maquinaria de Herberger) y un efecto (Guardiola, el más joven de los discípulos del Mesías). Otra generación de jipis llegó al plantel culé: Messi, Puyol, Xavi, Iniesta, Busquets… Josep Guardiola comandaba última, la portentosa trasmutación del alma del juego más lindo. Apegado más al barroquismo que a la tecnocracia, el nuevo estandarte cruyffiano hizo que la geometría de la cancha fuera otra: poligonal, trigonométrica y espacial. Tampoco hubo 4-3-3, ni 4-4-2. No. De nueva cuenta el comunismo casi religioso del todos. El hilo Cruyff-Guardiola-Messi es de una solidez tan contundente como el paso de las creencias del Libro. Profeta tras profeta.

El mundo seglar suele poner en práctica una dialéctica estéril y burda: Pelé o Maradona. Para los simples ahí se reduce el siglo XX. Los apegados al espíritu de Nicola Tesla, el genio desapercibido, no se limitan a ese abusivo resumen. Los iniciados en la logia de la ciencia futbolera saben que nadie erró tanto, que nadie construyó tanto y nadie cambió tanto el ritmo de la pelota como Johan Cruyff, el genio naranja que ha colgado las botas en esta mañana santa. “El partido más importante es el próximo”, le gustaba decir. Y sí. Cruyff ya juega en la eternidad. Cuando se juegue el último partido de futbol se utilizará el esquema fundado por este poeta inmortal la alfombra esmeralda.