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El enigma Traven

La muestra alojada en el Museo de Arte Moderno retrata de forma inédita al escritor cuya identidad se desconoce. Discreto como pocos, tejió una serie de leyendas a su alrededor que no han podido ser desveladas.
Eduardo Bautista
19 junio 2016 20:46 Última actualización 20 junio 2016 5:0
B. Traven -como firmaba- es un crucigrama sin pistas. (Cortesía)

B. Traven -como firmaba- es un crucigrama sin pistas. (Cortesía)

La hermenéutica indica que es imposible separar al autor de su obra. Evocar el alcoholismo de Charles Baudelaire es un acto casi inevitable cuando se lee Las flores del mal. Algo similar ocurre con Bruno Traven (1881-1969), uno de los escritores más misteriosos de la literatura universal.

Discreto como pocos, tejió una serie de leyendas a su alrededor que no han podido ser desveladas. ¿Fue amigo de Diego Rivera? ¿Fue marinero? ¿Alemán o estadounidense? ¿Curandero en Chiapas? ¿Preso en Londres por falsear su identidad? ¿Por qué se cambió de nombre tres veces?

B. Traven -como firmaba- es un crucigrama sin pistas. Pero el hombre, decía Norman Mailer, es un animal incapaz de borrar sus propias huellas. Y la única certeza que tuvo Traven se llamaba México. Sólo esta tierra le fue propicia para escribir obras como El tesoro de la sierra madre (1927), La rosa blanca (1929) o Macario (1950), historias que muchos conocerían después gracias al Cine de Oro Mexicano
y a Hollywood.

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En el Museo de Arte Moderno hasta el 30 de octubre

  

B. Traven

Por eso no es casualidad que sea aquí el lugar donde se le recuerde con tanto ahínco. El Museo de Arte Moderno aloja la exposición B. Traven, un viaje que comienza con el día en el que el autor llegó al puerto de Tampico, una mañana de 1924, tras varios meses de ser perseguido en Alemania por sus pensamientos radicales de izquierda.

Más de 300 piezas –libros, fotos, manuscritos, objetos personales, revistas y periódicos– dan testimonio de lo que representó Traven dentro y fuera de México. Y revela también una de las facetas menos conocidas del escritor: su pasión por la fotografía.

Lo que Traven sentía por el arte de la luz era una extraña dicotomía emocional. Por un lado era un amante del tiempo congelado; pero por otro era enemigo de los fotógrafos, de quienes se escondía siempre, como puede verse en una de las imágenes exhibidas, en la cual aparece cubriéndose el rostro afuera del Palacio de Bellas Artes.

Quizás ningún otro escritor observó tanto la realidad de los campesinos y obreros mexicanos como él. La Revolución había dejado un país desigual, maltratado y temeroso ante la incipiente modernidad que echaría raíces hasta los años 50. Esa transición fue la que le tocó vivir: la del México a caballo al México en automóvil.

También captó ese país con la lente, como lo evidencia una serie de fotografías que tomó durante uno de sus viajes a Chiapas, estado que recorrió en mula, camión y a caballo. Allí estableció contacto con lacandones, chamulas, tzotziles, tzeltales y tojolabales. A Traven, como bien puede verse en esta muestra, no le interesaba el país de corbata, sino la república de a pie que representó, por ejemplo, en La rosa blanca, cuya versión cinematográfica fue censurada durante 11 años por haber tratado la ambición de las empresas extranjeras por el crudo mexicano en vísperas de la expropiación petrolera.

Sus fotografías de una expedición por la Selva Lacandona en 1926 demuestran que era un hombre sensible ante la cámara. No fueron en vano sus clases con Edward Weston y Tina Modotti. Sin embargo, su afición por conservar el anonimato era tal que durante estos viajes –financiados algunas veces por la Universidad Nacional– pedía que se le llevara como fotógrafo bajo el nombre de Traven Torsvan, uno de los varios seudónimos que utilizó a lo largo de su vida.

Manuscritos e imágenes revelan otro hecho fundamental para entender la vida del que, se rumora, fue el hijo bastardo del káiser Guillermo: necesitaba viajar para escribir. En una de las pocas entrevistas que concedió al periodista Karl S. Guthke, dijo: “Viajo para estudiar al país y recopilar el material que entrego a los lectores en forma de novelas. No puedo sacarlo todo del puro lápiz. Tengo que conocer a las personas de las que hablo. Necesito que el miedo me haya llevado al borde de la locura antes de poder describir el horror; experimentar primero yo mismo la pena del alma antes de hacérsela sentir a los personajes”.

La curaduría de B. Traven humaniza al escritor mediante un diálogo interdisciplinario que abarca su juventud en una Alemania afectada por la Revolución de Baviera y la Primera Guerra Mundial; su inesperada llegada a América, y su madurez artística en México, donde fue tratado como rockstar. Sus obras se vendieron en más de 40 millones de ejemplares y la gente se peleaba por una foto con él, como lo demuestra una imagen tomada en San Cristóbal de las Casas.

“Entre más se escondía, más querían saber de él, porque era un gran escritor de best sellers. Mi misión es dedicarme a que todos los jóvenes conozcan su pensamiento, basado en la denuncia social y la sensibilidad a los pueblos indígenas”, asegura la hijastra del escritor, Malú Montes de Oca, 92 años después de que Bruno Traven llegara al puerto de Tampico en busca, sólo, de una vida tranquila.