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Eduardo Lizalde prepara su gran obra sobre Joyce

Con 85 años cumplidos el poeta mexicano conocido como "El Tigre", ha recibido las máximas distinciones para un escritor en lengua española. Ahora prepara una de las obras de mayor envergadura de su trayectoria literaria: un ensayo de 500 páginas sobre la vida operómana de James Joyce.
María Eugenia Sevilla
28 julio 2014 23:14 Última actualización 29 julio 2014 5:0
Continúa al frente de sus programas radiofónicos en Opus 94, "Contrapunto" y "Memorias y presencias". (Fabián García)

Continúa al frente de sus programas radiofónicos en Opus 94, "Contrapunto" y "Memorias y presencias". (Fabián García)

El Tigre luce más bien como un ave grande y oscura al entrar por el pasillo que conduce a la dirección de la Biblioteca de México, cargo que ocupa desde 1996. Con 85 años cumplidos el 14 de julio, Eduardo Lizalde ha recibido las máximas distinciones para un poeta en lengua española, y se mantiene más ambicioso que nunca. Está preparando una de las obras de mayor envergadura de su trayectoria literaria: un ensayo de 500 páginas sobre la vida operómana de James Joyce.

“Él también quería ser cantante”, afirma. Continúa al frente de sus programas radiofónicos en Opus 94, Contrapunto y Memorias y presencias, dedicado éste a la ópera -en el que difunde su discoteca, que estima en 13 mil a 15 mil CDs-, y sigue ejerciendo la burocracia.
“No se puede vivir de la poesía”, admite. Adelanta que tiene pocos minutos. “Hay mucho trabajo”. La verdad es que no suele conceder entrevistas con frecuencia. “No me gustan”.

La voz impostada y apremiante se relaja al hablar de música más que de otras cosas. Incluso abordar su fallida carrera operística –que nunca empezó - le provoca una sonrisa.

Tenía una buena voz de bajo barítono. Estudió por varios años, desde los 18, en la nocturna Escuela Superior de Música de la UNAM –que dejó al entrar a la Facultad de Filosofía y Letras, pero nunca llegó a debutar en la ópera.

“Lo que yo quería era ser el cantante principal, no estar en el coro”. En lo futuro reservaría su canto sólo para reuniones artísticas con amigos. Para alguien que sueña en grande la autocrítica es una gran virtud -algo que él ha ejercido duramente sobre su propia obra, como lo establece su Autobiografía de un fracaso, donde destroza el movimiento poeticista que impulsó en su juventud, tres décadas antes, a fines de los 40.

Al dejar el canto sepultaba uno de sus raros anhelos de pubertad: convertirse en el siguiente Titta Ruffo. ¿A qué niño de 13 le interesa emular a un barítono que se retiró en la década del 30? “Era un niño distinto, naturalmente, porque tenía una mayor información musical y literaria”.

Pero ser diferente no le impidió hacer amigos, dice, ya que compartía intereses como el futbol, el frontón o el beisbol. Fue precisamente en ese deporte que le inspiró uno de sus poemas más celebrados: Charlie Brown en la loma (Tango de otro viudo). Siempre distinto, Lizalde le va a los impopulares Orioles de Baltimore.

Para mantenerse en la escena musical, el melómano prefirió encarnar a un único personaje: Enésimo Nemo, quien desde la seguridad del palco reseñó más de un centenar de funciones en columnas y artículos que publicó en diversos diarios y revistas.

-¿Tenía usted más fe en sus dotes literarias que musicales?
"Tenía fe en mis capacidades musicales, sólo que tenía una gran necesidad literaria; fui lector de buen diente desde niño".

-Tampoco vive de la poesía...
"Ningún poeta ha vivido de su poesía. Sólo una celebridad como T.S. Elliot, que recibió el Nobel muy joven; o Neruda... Dijo Octavio Paz que ni el Nobel le permitiría comprar uno de los cuadros de los pintores que conocía. Y ni siquiera el Nobel garantiza la sobrevivencia pública de un poeta".

-¿Nunca le ha dolido el ego cuando se le señala alguna falla, como cuando eligió la expresión de una rosa “degollada” en su traducción de Les roses de Rilke?
"No, porque he sido bastante favorecido como poeta. El poeta no sabe juzgar su propio trabajo; requiere interlocutores de todos los niveles, pero sobre todo superiores".

-El poeta posee una musicalidad innata, también al traducir...
"Sólo los grandes poetas pueden lograr traducciones convincentes, algo que uno no sabe si ha logrado hasta que otros lo reconocen. Se requiere el oído natural del creador. Muchas de mis traducciones se deben a que se han hecho antes por prosistas, capaces, pero no poetas".

-¿Qué tipo de discipina le demanda la poesía?
"Los poetas somos una especie muy distinta a la de los novelistas. Trabajo horas, pero no diariamente, ni por obligación".

-La muerte, recurrente en su obra, ¿qué sentido ha cobrado con el tiempo?
"He perdido a más de la mitad de mis amigos, a mi hermano Enrique... Somos seres para la muerte, diría Heidegger, ¿para qué preocuparse por terminar un libro si fuéramos eternos?"