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Dura patria... los tonos grises de Porfirio Díaz

En el mundo académico ya son pocos los que ven en Porfirio Díaz al villano nacional por antonomasia, coinciden en entrevista los historiadores Álvaro Matute, Paul Garner y Enrique Semo. Sin embargo, advierten, hace falta que su régimen sea sometido a un juicio más integral.
Eduardo Bautista
29 junio 2015 22:15 Última actualización 30 junio 2015 12:21
Un siglo después de muerto, enterrado en el panteón de Montparnasse, Díaz es un fantasma lleno de grises. (Cortesía)

Un siglo después de muerto, enterrado en el panteón de Montparnasse, Díaz es un fantasma lleno de grises. (Cortesía)

En el mundo académico ya son pocos los que ven en Porfirio Díaz al villano nacional por antonomasia, coinciden en entrevista los historiadores Álvaro Matute, Paul Garner y Enrique Semo. Sin embargo, advierten, hace falta que su régimen sea sometido a un juicio más integral que lo coloque, con sus errores y sus aciertos, como el impulsor de la modernización de México.

Garner, investigador británico de El Colegio de México y autor de Porfirio Díaz. Del héroe al dictador, afirma que pocas figuras –acaso la de Antonio López de Santa Anna– han sido tan manoseadas como la del ex presidente oaxaqueño. Lamenta que cientos de generaciones hayan crecido con las versiones oficialistas sobre el Porfiriato. Versiones que, de cierta manera, escribieron los vencedores de la Revolución; es decir, los que en 1946 formaron el Partido Revolucionario Institucional (PRI). 

Los libros de historia de la SEP enseñaban que Díaz era un dictador sanguinario, promotor de la desigualdad social y entreguista de los bienes de la nación al capital extranjero. Garner dice que ésa es sólo una parte de la historia, pues hay mucho más que contar sobre este hombre que el próximo jueves cumple 100 años de fallecido.

En general, sugiere Garner, los historiadores han estudiado el Porfiriato en tres periodos: el porfirismo (antes de 1910), el antiporfirismo (1910-1990) y el neoporfirismo (1990). En el primero se enarboló la imagen de Díaz como héroe nacional y pacificador del país. En el segundo se construyó un discurso antiporfirista que con el paso de los años perdió credibilidad. Y en el tercero se analizó el fenómeno de una forma más balanceada: como un régimen que quiso modernizar a una sociedad tradicionalista.

“El problema de México es la historia patria, ésa que determina quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Los gobiernos crean héroes o villanos para generar identidad nacional entre su pueblo. El PRI se valió mucho tiempo de la satanización de Díaz para justificar sus acciones”, sostiene Garner.

Álvaro Matute, investigador de la UNAM y miembro de la Academia Mexicana de la Historia, admite que Díaz todavía no es una figura universalmente aceptada. Hay sectores de la sociedad –dice– que insisten en analizarlo desde una perspectiva contemporánea y, por ende, errónea.

“Igual que Daniel Cosío Villegas, ubico a Díaz como el punto culminante de la historia moderna de México. Es cierto que hay sectores que han dejado de satanizarlo, pero aún hay muchos que lo ven como figura negra. Sigue sin ser un personaje de mayorías”, señala el historiador.

Como ejemplo cita al ex candidato a la presidencia Andrés Manuel López Obrador, quien el año pasado publicó su libro Neoporfirismo. Hoy como ayer, en el que equipara el periodo neoliberal (desde Carlos Salinas de Gortari hasta Enrique Peña Nieto) con el gobierno de Díaz.

NEOPORFIRISMO, SIN LOS LOGROS DE DÍAZ

Enrique Semo, historiador y académico de la UNAM, asegura que el entreguismo de los últimos sexenios puede compararse con el que existió en el Porfiriato. “Podemos hablar de un neoporfirismo, pero sin los éxitos que logró Díaz. Igual que antes, tenemos una economía de exportación en crecimiento y otra completamente estancada, que es en la que vive la mayoría de la población”.

Matute afirma que cada época histórica tiene su propia dinámica. No concuerda con rebautizar con términos del pasado a periodos contemporáneos. La historiografía profesional –sugiere– tiene una fecha de caducidad y debe renovarse siempre.

Según Semo, muchas de las malas prácticas políticas de México se gestaron durante la presidencia de Díaz. Por ejemplo: la democracia fallida, la política de la simulación y la férrea figura presidencial. Aquí Matute coincide y refiere que el autoritarismo en ambos periodos juega un papel importante.

“En el Porfiriato surgió esa frase de mátenlos en caliente para reprimir todo intento de sublevación. Recordemos la rebelión de Tomóchic, en Chihuahua, en 1891. O la intolerancia contra las plumas rebeldes, que muchas veces eran enviadas a la cárcel de Belén u otras peores, como San Juan de Ulúa. Era el país del famoso aquí no pasa nada”, señala Matute.

Sin embargo, agrega Matute, la dictadura de Díaz fue una muy liberal. Afirma que, grosso modo, nunca se persiguió una ideología en específico, lo cual derivó –sostiene– en una época envidiable para el intercambio cultural, el progreso científico y el desarrollo educativo.

Garner no llama “dictadura” al periodo de Díaz, pues asegura que sí se realizaron elecciones (algo que no pasaba, por ejemplo, en las dictaduras de Augusto Pinochet, en Chile, o José Stalin, en la Unión Soviética). Matute prefiere llamarlo “dictablanda”, aquel término que utilizó Enrique Krauze en 1990 para describir al priismo.

La figura de Díaz continúa en escrutinio. Los entrevistados desean que pronto suceda la reconciliación entre el ex presidente y su nación. Y que más allá de la polémica sobre la repatriación de los restos, la historia profesional venza a la oficialista; como ha sucedido casi siempre.

Un siglo después de muerto, enterrado en el panteón de Montparnasse, Porfirio Díaz es un fantasma lleno de grises.