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David Garrett se quita los jeans

El violonista alemán actuará cinco fechas en Bellas Artes. Ocesa y la productora Eclectic traen a David Garret para entregar un recital de obras de Dvorak, Prokófiev, Tchaikovski, Rimski-Kórsakov, Franck, Wieniawski, De Sarasate y Fritz Kreisler.
María Eugenia Sevilla
29 enero 2017 22:25 Última actualización 30 enero 2017 5:0
Garret no puede elegir entre Led Zeppelin y Paganini -a quien encarnó en El violinista del diablo (2013)-. (Cortesía)

Garret no puede elegir entre Led Zeppelin y Paganini -a quien encarnó en El violinista del diablo (2013)-. (Cortesía)

Nada de Metallica ni de Nirvana. Ocesa y la productora Eclectic traen al violinista alemán David Garrett para entregar un recital de obras de Dvorak, Prokófiev, Tchaikovski, Rimski-Kórsakov, Franck, Wieniawski, De Sarasate y Fritz Kreisler. Estará acompañado por su Stradivarius A. Busch de 1716 y por el pianista Julien Quentin.

No ha faltado, como era de esperarse, el desgarre de vestiduras ante la presencia en el gran templo, de alguien a quien le llaman el David Beckham de la escena clásica y que tiene entre sus credenciales un récord Guinness como el violinista más rápido del mundo –El vuelo del abejorro lo ha tocado en 65 segundos, es decir a unas 13 notas por segundo-.

Se le pregunta acerca de la imagen de frivolidad que tales curiosidades abonan a su figura artística. Del otro lado de la línea su voz suena casi a disculpa. “Nunca fue mi intención, las cosas simplemente han sido así”. Claro. Nadie tiene la culpa de ser bien parecido y poseer una dosis extra de facultades.

“Me divierte tocar ciertas piezas lo más rápido posible. La primera vez que toqué El vuelo del abejorro así fue para mostrarle a los niños las posibilidades del instrumento. Luego los medios lo retomaron y se hizo algo de ruido con eso, pero lo que yo quería era despertar algo de emoción en los chicos”, explica.

Pero como artista, ¿significa algo ser el más rápido? La pregunta le provoca una risilla. “Para mí la técnica es primordial, es la base para hacer música libremente, pero como músico hay muchas otras cosas que son mucho más valiosas”.

¿PAGANINI O LED ZEPPELIN?
Una de esas cosas valiosas que tiene Garrett es que acerca la buena música, del clásico al grunge, a públicos más amplios y diversos.

Hace 25 años que probó los escenarios. Con apenas 10 años debutó con la Filarmonica de Hamburgo y a los 13 fue el artista más joven en firmar con la Deutsche Grammophon. Mehta, Abbado y Sinopoli lo han dirigido. Pero lo suyo, reconoce, es el eclecticismo.

“Lo que me gusta es la música y elijo tocar aquella que para mí tenga calidad, que sea hermosa, emocionante, que me haga sentir que quiero vivir a través de ella, tocarla y compartirla; no puedo dividirla en géneros”, dice.

Por algo el alumno de Itzakh Pearlman y egresado Juilliard ha recibido reconocimientos como el Echo Klassik Ohne Grenzen (Clásico sin frontera).

En ese sentido no puede elegir entre Led Zeppelin y Paganini -a quien encarnó en El violinista del diablo (2013), un filme que caricaturizaba, quizá sin intención, al artista decimonónico como un irresistible todasmías-.

“Paganini siempre estuvo muy adelantado a su tiempo, como lo han sido algunas de las más grandes bandas de rock. Él y Led Zeppelin, a su manera, son genios. No sé qué tipo de música hubiera tocado Paganini de haber nacido en el siglo XX, pero habría hecho algo muy contemporáneo; el gran arte siempre lo es, como las grandes ideas”.

Garret prefiere guardarse las suyas en cuanto a su visión del mundo y de política . “Soy muy diplomático”, se excusa.

Pero algo de lo que piensa asoma entre bambalinas cuando se le inquiere qué pieza musical le dedicaría a Donald Trump. Suelta la carcajada. ¿Algo de Wagner acaso? Titubea ante la insistencia. “Es una pregunta difícil. Pensaré en ella”, se escabulle. Luego recuerda la novena sinfonía de Beethoven, cuya Oda a la alegría, un poema de Schiller, habla de la hermandad.

“Desde hace 10 mil años seguimos siendo los mismos hombres emocionalmente, por eso los poetas y la gran filosofía están vigentes, porque no hablan de política, ni de religión, sino de lo humano”, opina.
Y parte fundamental de lo humano, dice, es la música, que percibe incluso en el futbol, al que es asiduo “por genética”.

-aunque también se reserva el nombre de su equipo “por diplomacia”-.
“La música está en el cuerpo y va de la mano con el deporte”, afirma. “La música está en todo”.