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AntiQuijote: Cervantes no es unánime

Todo el mundo festeja hoy a Cervantes, autor enorme, pero con sus detractores. Lope de Vega, Goethe, Vladimir Nabokov, Franz Kafka y Jorge Luis Borges fueron algunos de los autores que se negaron a elevar en un pedestal a "El Manco de Lepanto".
Eduardo Bautista
21 abril 2016 22:7 Última actualización 22 abril 2016 5:0
Desde sus inicios Miguel de Cervantes tuvo detractores involuntarios. (Especial)

Con todo, hoy el mundo celebra al más universal de los autores en español; un idioma que él consolidó. (Especial)

Fiodor Dostoievski creía que el Quijote, por sí mismo, era una razón suficiente para justificar ante los ojos de Dios la odisea de la humanidad. No todos compartieron su opinión. Cervantes no es unánime.

Lope de Vega, Miguel de Unamuno, Goethe, Vladimir Nabokov, Franz Kafka y Jorge Luis Borges fueron algunos de los autores que se negaron a elevar en un pedestal a El Manco de Lepanto, de quien hoy se cumplen 400 años de su muerte.

El autor de Niebla fue uno de los más implacables. Lo dejó muy claro en su Lectura e interpretación del Quijote (1905): “Si Cervantes no hubiera escrito El Quijote, cuya luz resplandeciente baña sus demás obras, apenas figuraría en nuestra historia literaria como un ingenio de quinta, sexta o decimotercia fila. Nadie leería sus insípidas Novelas Ejemplares, así como nadie lee su insoportable Viaje del Parnaso, o su teatro”.

El escritor Ignacio Padilla –quien acaba de publicar su libro Cervantes & Compañía– admite que el trabajo escénico del autor de La Galatea es muy precario. “Evidentemente hay un desequilibrio entre su narrativa y su dramaturgia”.

La crítica de Borges se enfocó más en la forma que en el fondo: “Juzgado por los preceptos de la retórica, no hay estilo más deficiente que el de Cervantes. Abunda en repeticiones, en languideces, en hiatos, en errores de construcción y en ociosos y perjudiciales epítetos”.

Ambos autores, refiere Padilla, pretendieron llevar al El Quijote a otros planos de interpretación, una tarea que, por desgracia, se ha perdido con el paso del tiempo. “En España se ha venerado tanto a Cervantes que hemos olvidado analizarlo. El romanticismo alemán nos inculcó una lectura aberrante y torpe sobre El Quijote ideal. Ningún personaje de la literatura debe representar una sola cosa”.

El filólogo Aurelio González, miembro de la Asociación de Cervantistas, explica que la novela protagonizada por “El Caballero de la Triste Figura” ha registrado una gran cantidad de apreciaciones a lo largo de la historia. Primero, dice, fue una obra surgida a la par de las novelas de caballería; al siglo siguiente se convirtió en una obra humorística, pero fue hasta el XIX cuando Alonso Quijano se transformó en ese emblema universal del idealismo que todos conocen, asegura.

“Yo no consideraría a Unamuno un enemigo de El Quijote. Él fue el que nos recordó la importancia de Sancho, quien simboliza la sabiduría no aprendida”, afirma. “Fueron los románticos alemanes los que encontraron en el Quijote los valores esenciales de la cultura occidental, y terminaron por hacer una lectura profundamente cristiana”.

En su relato La verdad sobre Sancho Panza, Franz Kafka esbozó la posibilidad de que Don Quijote sólo era “un demonio” inventado en la cabeza del robusto personaje.

¿LA MEJOR NOVELA?
Entre 1951 y 1952, el escritor ruso Vladimir Nabokov impartió una serie de cursos sobre la obra de Miguel de Cervantes en la Universidad de Harvard. Antes de iniciar cada clase, le advertía a sus alumnos que no iba a abordar la vida del autor. “Lo de la mano tullida de Cervantes no lo sabrán por mí”.

El autor de Lolita estaba convencido de que El Quijote no era una crítica social, sino un cuento de hadas. Esto fue lo que escribió en su Curso sobre El Quijote, publicado en 1983: “No nos engañemos. Cervantes no es un topógrafo. El bamboleante telón de fondo del Quijote es de ficción, y de una bastante deficiente. El cuadro que el autor pinta del país viene a ser tan representativo y típico de la España del siglo XVII como lo es Santa Claus del Polo Norte. Cervantes parece tener un conocimiento de España tan escaso como que tenía Gógol de la Rusia Central”.

Padilla cree que Nabokov no tuvo la agudeza necesaria para comprender la violencia del humor cervantino. Incluso Unamuno, dice, reconoció que el nacido en Alcalá de Henares logró a plenitud un retrato crítico del fracaso español.

María Stoopen, doctora en letras españolas y académica de la UNAM, afirma que El Manco de Lepanto fue un transgresor total: rompió –y se burló– de los paradigmas de las novelas de caballería, se rebeló contra las normas del género picaresco y, además, sus personajes fueron una especie de inadaptados que violaban leyes y convenciones sociales.

“Decir que Cervantes fue un autor costumbrista sería reducirlo a una barbaridad”, sostiene Stoopen, quien no está de acuerdo con Nabokov, quien consideraba “una tontería” ver a El Quijote como la mejor novela de todos los tiempos, cuando en realidad no era ni siquiera una de las mejores.

“A diferencia de otros autores, Cervantes tardó en ser reconocido como un clásico. Desde sus inicios tuvo detractores involuntarios, como el propio Lope de Vega. Pero también hubo un importante desprecio de Goethe, quien prefería las novelas de caballería, como el Amadís de Gaula. En América Latina también tuvo críticos como Augusto Roa Bastos y Rómulo Gallegos, pero creo que en general sus detractores no han sido ni muy enjundiosos ni muy célebres”, concluye Padilla.

Con todo, hoy el mundo celebra al más universal de los autores en español; un idioma que él consolidó.