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Amor eterno

El Palacio de Bellas Artes abriría sus puertas para despedir a Juan Gabriel, el ídolo que vistió de rosa al mariachi y llevó la voz popular al máximo escenario cultural del país.
Eduardo Bautista / Rosario Reyes
28 agosto 2016 22:18 Última actualización 29 agosto 2016 21:28
Juan Gabriel partió de este mundo, a los 66 años, más que como un cantante. (Óscar Castro)

Juan Gabriel partió de este mundo, a los 66 años, más que como un cantante. (Óscar Castro)

México se ha quedado sin ídolo. La muerte de Juan Gabriel, sucedida ayer a las 11:30 horas en Santa Mónica, California, a causa de un ataque al corazón, ha sacudido las emociones de una nación que se educó sentimentalmente con sus canciones. Porque siempre habrá un México con poco dinero, pero mucho amor para dar.

Y es que el Divo de Juárez no se hizo en la radio ni en la televisión, sino en las calles, en las rocolas, en los bailes. Es un ídolo popular en el mayor sentido de la expresión, dice el escritor Fabrizio Mejía Madrid. Porque Juan Gabriel, asegura, no fue producto de la mercadotecnia, sino de su misma historia de vida, tan parecida a la de cualquier mexicano promedio: carencias básicas, trabajo infantil, discriminación sexual, sueño americano. Todo eso representa Juanga, ese apodo tan entrañable para millones de mexicanos.

“Fue un apologista de la derrota. Su música representa la maltratada autoestima que tenemos como país. Junto con José Alfredo Jiménez y José José conforma una especie de Santísima Trinidad del orgullo nacional, que navega con dolor entre La vida no vale nada y Yo no nací para amar”, asegura el cantante y escritor Fernando Rivera Calderón.

Juan Gabriel partió de este mundo, a los 66 años, más que como un cantante. Sus 45 años de trayectoria y sus más de mil 800 canciones lo avalan como un peso completo de la cultura mexicana. Fue el hombre que abrió las puertas del Palacio de Bellas Artes a la cultura popular, tras ese emblemático concierto de 1990, al que se opuso una buena parte de la comunidad intelectual y artística del país.

“Bellas Artes fue momentáneamente un palenque, un estudio de Televisa, un recinto de Ocesa”, reclamó en aquel entonces el periodista cultural Víctor Roura. Muchos otros, en cambio, celebraron el acontecimiento. Entre ellos Carlos Monsiváis, quien se ofreció a escribir el programa de mano del show.

Ahora, por instrucción presidencial, el Palacio abrirá sus puertas para rendirle homenaje a este hombre nacido en Parácuaro, Michoacán. “Sólo estamos esperando la decisión de la familia, pero es un hecho que Bellas Artes se abrirá a este grande de la canción popular mexicana”, dice en entrevista la directora del INBA, María Cristina García Cepeda.

“Bellas Artes es un recinto en el que confluyen la tradición porfirista y la herencia revolucionaria. Con aquel concierto, Juan Gabriel hizo que tuviera más peso la Revolución, que triunfara el pueblo y su cultura”, sostiene Mejía Madrid.

LA TRANSGRESIÓN COMO NORMA

Juan Gabriel
era un hombre que no respetaba cánones. Poco o nada le importó vestir trajes de charro rosas mientras entonaba las rancheras más hombrías.

“No cualquiera se comporta así en un país machista y homófobo. Juan Gabriel transgredió las normas de todas las formas posibles. Cantó sobre ese matriarcado nacional del que muchos no se atreven a hablar”, señala Rivera Calderón.

Mejía Madrid asegura que Juan Gabriel rompió con el estereotipo del mariachi mexicano que tanto se promovió durante la primera mitad del siglo XX, tanto en el cine como en la música. Sus canciones, dice, cubrieron un espectro mucho más amplio de emociones que las de, por ejemplo, José Alfredo Jiménez. Tenía temas para la felicidad, la ironía, la nostalgia, el amor o la tristeza.

“Demostró que al mariachi no todo le duele ni debe ser macho. Y también comprobó que el cantante popular no debe venir siempre del campo. Él siempre tuvo como base Ciudad Juárez, la cultura fronteriza.Fue una provocación, un hombre bravo que defendió su posición ante el mundo a través de la canción”, asegura Mejía Madrid.

En palabras de Carlos Monsiváis, el cantautor fue una especie de Salvador Novo de la música. En Escenas de pudor y liviandad, escribe que a ambos “una sociedad los eligió para encumbrarlos a través del linchamiento verbal y la admiración. Las víctimas consagradas. Los marginados en el centro”. Y es cierto. Sobre su homosexualidad se supo todo y nada a la vez. Aunque se convirtió en un símbolo de la cultura gay desde los años 80.

“Fue una figura importante de la liberación sexual de la sociedad mexicana en los años 80. Demostró que para salir del clóset no era necesario decirlo: bastaba con actuarlo”, afirma Mejía Madrid.
Cuenta Jorge Ávila Téllez, coordinador de marketing estratégico de Sony Music, que en cierta reunión de trabajo, El Divo se negó a participar en un proyecto de homenaje a José Alfredo Jiménez; le parecía un sacrilegio. Su productor intentó convencerlo: “Pero Juan Gabriel, tú tienes muchas más canciones que José Alfredo”. “Sí, pero todas las de él son buenas”, respondió con modestia.

Ayer, en coincidencia con la transmisión del último capítulo de su serie biográfica Hasta que te conocí, por TV Azteca, concluyó la vida de ese chico que creció vendiendo burritas en Ciudad Juárez. El ciudadano que estuvo a punto de ir a la cárcel por evadir impuestos. El hombre que murió haciendo lo que más le gustaba: cantar. Porque Alberto Aguilera Valadez fue y será, por sí mismo, un canto a México y al dolor de su gente.