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Abraham Laboriel, el discreto brillante

Con 5 mil discos grabados, el bajista mexicano Abraham Laboriel vuelve al país para dar un concierto, mientras cocina el sueño de su vida: hacer un álbum con sus hijos.
María Eugenia Sevilla
15 marzo 2016 22:16 Última actualización 16 marzo 2016 5:0
En 1968 ya estudiaba en la entonces llamada Berklee School of Music. (Cortesía)

En 1968 ya estudiaba en la entonces llamada Berklee School of Music. (Cortesía)

Abraham Laboriel tenía cuatro años cuando sufrió el accidente. La lavadora estaba encendida. Le voló la yema del dedo índice de la mano izquierda.

Pese al inconveniente, el mexicano de ascendencia garífuga es uno de los bajistas más respetados del mundo: 5 mil discos grabados. Nadie ha superado esa marca, todavía más sorprendente cuando la impone alguien que debió inventarse una técnica para tocar el bajo con sólo cuatro dedos.

“Era muy travieso”, recuerda en entrevista exclusiva. Estaba en casa, solo con la nana. “Yo disfrutaba de la sensación causada en mi mano por la banda de hule que controlaba el motor. Pero en esa ocasión me arrastró hasta las aspas”.

No lo supo entonces, pero la herida moldeó su destino musical. Un camino que el más pequeño de los hermanos Laboriel comenzó con la guitarra. Su padre, Juan José, un hondureño afincado en México, le colocó las manos en el instrumento cuando tenía seis años.

“Me enseñó a tocar con los tres dedos que tenía buenos”. La voz profunda viaja desde Los Ángeles, donde vive desde hace unas cuatro décadas. “Pero cuando avancé y tenía que tocar acordes completos, se me hacía muy difícil”.

El chico decidió retirarse de la música. Pero la frustración le duró sólo dos años. “En 1959, cuando mi hermano Johnny empezó con Los Rebeldes del Rock, las compañías editoras de Estados Unidos le enviaban muchos discos para que escogiera qué canciones quería traducir. Y todo lo que no le gustaba me lo regalaba”, cuenta, dejando escapar una espiral de carcajadas.

“Me enamoré de la música”. Y comenzó a formar grupos: Los Cinco Traviesos, Los Tres Reyes Magos, Melchor, Gaspar y Baltasar, y finalmente, Los Profetas.

EN VIVO
Jueves, 18:00 horas, Jardín Hidalgo, Coyoacán
Entrada libre


PARA NUNCA VOLVER
En 1968 ya estudiaba en la entonces llamada Berklee School of Music. Allí se formó como bajista y compositor. “Pensé que con cuatro cuerdas, el bajo sería más fácil de tocar”. Esa risa de tinte oscuro arropa de nuevo su confesión.

En aquel caldo bostoniano se coció al lado de grandes figuras, entre ellas el cantante Johnny Mathis, quien lo invitó a girar con su banda durante cuatro años. Junto a él conoció a Henry Mancini, una pieza clave en su carrera.

“Compartía la sección rítmica con Mancini, y empecé a trabajar con él”. El músico de Cleveland valoró el talento del mexicano y lo invitó a grabar como solista, con su orquesta, en Symphonic Soul (1975). “Me dijo: ‘te quiero presentar en este disco; si a tus pares les gustas, se te abrirán puertas’”.

También lo animó a establecerse en Los Ángeles, donde la escena musical y discográfica bullía. Después de algunas penurias, fue contratado por Al Jarreau y desde entonces la lista de sus colaboraciones es una de las más largas de la historia musical.

Ha compartido estudio o escenario con gigantes de géneros diversos, desde Ella Fitzgerald, Herbie Hancock y Quincy Jones hasta Michael Jackson, Madonna y Luis Miguel. También ha grabado infinidad de discos de góspel, una veta que cultiva con un interés personal desde que se convirtió al cristianismo, hace algunas décadas, con su esposa.

“He grabado tanta cosa que cuando estoy dando clases basadas en grabaciones, con ayuda de mi hijo Mateo, muchas veces le digo: ‘¿estás seguro que soy yo?’”.

Pero así es la vida de un músico de sesión, admite quien está acostumbrado a cambiar del jazz contemporáneo a un soul y rematar con un pop rockeado, en tres estudios diferentes, el mismo día.

“A Dios gracias, me siguen contratando”. Es humilde, como lo demanda su oficio. Una posición discreta que ha preferido conservar por encima de los reflectores, pero tan absorbente que le impide dedicar más tiempo a proyectos propios. Es así que, de los miles de discos en los que ha participado, sólo tres son suyos: Dear Friends, Guidum, y Abraham Laboriel y Justo Almario.

Pero el afán por mantenerse como acompañante no ha impedido que brille como pocos bajistas en el mundo. Un talento que le ha merecido reconocimientos como el Honoris Causa en Berklee College of Music y que festivales enteros estén dedicados a su persona.

Es el ritmo de trabajo lo que lo ha mantenido alejado del país, que asegura, extraña profundamente. “Para estudiar y trabajar no hay como Estados Unidos, pero nada se compara con el calor de México”.

Calcula que hace dos décadas no se presenta en su tierra con un proyecto personal. Lo hará mañana en el Jardín Hidalgo, como plato fuerte de la sexta Muestra Internacional de Jazz de Coyoacán, con la banda Open Hands.

Con ello realiza un sueño, dice. Y tiene otro más por cumplir: hacer un disco y la gira correspondiente con sus dos hijos, Mateo, quien es productor musical, y Abraham, baterista. Lleva 10 años de acariciar la idea, sin poderla concretar.

“El problema es que como Abe lleva más de 13 años tocando con Paul McCartney, el tiempo ha sido escaso. Pero es el sueño de mi vida”.