¿Qué va a pasar con la OMS? China, Trump y la pandemia se vuelven su 'tormenta perfecta'
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¿Qué va a pasar con la OMS? China, Trump y la pandemia se vuelven su 'tormenta perfecta'

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¿Qué va a pasar con la OMS? China, Trump y la pandemia se vuelven su 'tormenta perfecta'

bulletCada vez surgen más dudas en Estados Unidos y otros países sobre el actuar de la Organización Mundial de la Salud ante la pandemia de COVID-19.

Bloomberg / Matthew Campbell, Jason Gale, John Lauerman y James Paton
21/05/2020
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A mediados de febrero, un equipo internacional de expertos médicos se reunió en Beijing para aprender más sobre el nuevo coronavirus. Enviado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) después de delicadas conversaciones con el Gobierno chino sobre su composición y agenda, incluía algunas de las figuras más brillantes en epidemiología y virología, afiliadas a instituciones como los Institutos Nacionales de Salud, la Universidad de Hong Kong y el centro nacional de enfermedades infecciosas de Alemania. Estarían acompañados por un grupo de científicos chinos y serían responsables de producir un informe conjunto sobre la naturaleza del virus y su propagación dentro del país más poblado del mundo.

El primer día del viaje, los miembros que no eran chinos se reunieron para discutir sus llamados términos de referencia, los temas sobre los que tenían la intención de aprender más mientras visitaban hospitales e instituciones de investigación. Era el 16 de febrero, poco más de una semana después de que Li Wenliang, el médico de Wuhan que fue reprendido por funcionarios locales cuando intentaba advertir a sus colegas que un nuevo patógeno peligroso estaba suelto, hubiera sucumbido contra el virus.

La muerte de Li fue una noticia enorme en China, la cual provocó un estallido de ira en las redes sociales y una amplia cobertura internacional. Pero la cuestión de si las advertencias se habían suprimido en Wuhan –entonces el epicentro del virus– durante los primeros días del brote no sería parte del informe del equipo. “No iba a ser útil”, dijo en una entrevista Dale Fisher, especialista en enfermedades infecciosas de la Universidad Nacional de Singapur y parte del grupo. “Nuestra misión realmente tenía que ser recolectar información técnica e informar al resto del mundo. Los términos de referencia reflejan el hecho de que queríamos mirar hacia adelante, no centrarnos en el pasado”.

Si bien esa decisión sin duda tuvo sentido para los científicos, también fue un ejemplo de por qué, en un momento en que la OMS está tratando de coordinar la respuesta a la peor pandemia en un siglo, se enfrenta a un desafío político sin precedentes. Arraigado en las preocupaciones sobre su relación con China, Donald Trump ha intensificado su ataque contra la organización, amenazando con recortar permanentemente su financiación y reconsiderar la membresía estadounidense si la OMS no promulga una reforma radical. Si bien esas demandas parecen un intento de distraer de los propios fracasos de Estados Unidos en la contención del coronavirus, la Casa Blanca no es la única en plantear preocupaciones: Australia y Canadá también solicitaron investigaciones sobre los orígenes de la pandemia y la respuesta de la OMS.

El órgano internacional rector de la OMS aprobó esta semana planes para una revisión independiente de la respuesta a la pandemia, incluido el papel de la organización. Su director general, Tedros Adhanom Ghebreyesus, un exfuncionario de salud etíope y el primer no médico en ocupar el puesto, dijo que agradecía el escrutinio.

Incluso mientras Trump amenazaba a la OMS, el presidente Xi Jinping de China –que ha expandido drásticamente su influencia sobre las agencias multilaterales al ritmo de su crecimiento económico– declaró su apoyo a la OMS. En un discurso prometió 2 mil millones de dólares durante dos años para ayudar a combatir el virus y dijo que China hará que cualquier vacuna esté universalmente disponible una vez que se desarrolle.

Con la OMS en el medio, la brecha entre EU y China se profundizó nuevamente cuando Trump sugirió que Xi estaba detrás de “un ataque de desinformación y propaganda contra Estados Unidos y Europa”.

Si bien su nombre podría implicar que la OMS brinda atención, su función clave, particularmente en los brotes, es entregar información, aprendiendo todo lo que pueda sobre lo que está sucediendo en el terreno y guiando al resto del mundo sobre cómo reaccionar. Pero sus críticos cuestionan si, en las primeras semanas de la pandemia de coronavirus, esa misión se vio comprometida por una condescendencia excesiva a lo que Beijing quería que el mundo escuchara. De ser cierto, sería un síntoma de un problema más grande y bien reconocido: que la OMS tiene poco espacio para maniobrar sin la aprobación de sus estados miembro.

No hay duda de que el grupo hace un inmenso volumen de trabajo invaluable. Su curriculum vitae incluye una larga lista de éxitos, desde la erradicación virtual de la poliomielitis hasta la contención exitosa, en 2003, del síndrome respiratorio agudo severo. En la crisis actual, la OMS está organizando esfuerzos para suministrar a los países en desarrollo equipo de protección y trabajando con socios, incluida la Comisión Europea, para acelerar el desarrollo de vacunas y medicamentos. El escrutinio de sus acciones respecto al COVID-19 tampoco debería disculpar las deficiencias de países como Estados Unidos y el Reino Unido en la preparación para el virus. Pero en un mundo que, en el futuro previsible, estará más alerta que nunca ante la amenaza de enfermedades infecciosas, algunos expertos están pidiendo una revisión de los poderes y protocolos de la OMS.

No se puede permitir que el respeto a la soberanía de una nación ponga en riesgo a todas las demás naciones”, asegura Thomas Bollyky, director del programa de salud global del Consejo de Relaciones Exteriores y exnegociador sobre asuntos médicos para el Gobierno de Estados Unidos. “O bien, la OMS necesita tener autoridad adicional y poder para actuar de manera más agresiva y proactiva ante los brotes, o tendremos que encontrar alguna otra entidad que esté configurada para hacerlo”. Sin embargo las opciones para mejorar el enfoque de la institución para controlar las epidemias deberían agotarse antes de considerar algo nuevo, señala.

Los orígenes de la OMS datan casi de la fundación de Naciones Unidas y del orden más amplio de la posguerra. El preámbulo de su constitución de 1948 establece un espíritu rector: “El goce del grado máximo de salud que se pueda lograr es uno de los derechos fundamentales de todo ser humano sin distinción de raza, religión, ideología política o condición económica o social”. Continúa: “La salud de todos los pueblos es una condición fundamental para lograr la paz y la seguridad”.

Esa declaración de misión general llevó a la agencia a asumir una gran variedad de desafíos, desde promover la salud materna y el control de la natalidad hasta la inmunización y la ayuda a los refugiados. Durante la mayor parte de su historia temprana, el papel de la organización fue en gran medida de asesoramiento.

De acuerdo con su base legal: oficialmente, la OMS es el brazo burocrático de la Asamblea Mundial de la Salud, un parlamento mundial de miembros de la ONU dedicado a cuestiones de salud. La excepción clave fue la viruela, en la cual la organización desempeñó un papel vital en la coordinación del esfuerzo para eliminar una enfermedad devastadora que había sido un flagelo en las poblaciones humanas desde al menos los días del antiguo Egipto.

Sin embargo, eventos ocurridos en la década de 1990 mostraron los peligros que representan las infecciones más nuevas y menos entendidas en un mundo en rápida globalización. Un brote de ébola en 1995 en Kikwit, una ciudad en lo que hoy es la República Democrática del Congo, enfermó a cientos de personas, matando a cerca del 80 por ciento de ellas. Con la ayuda de la OMS y otras agencias, el virus fue contenido, pero el potencial de epidemias más mortales se hizo evidente, y la agencia comenzó a asumir gradualmente un papel más muscular.

En 2000, creó la Red Mundial de Alerta y Respuesta ante Brotes Epidémicos, un consorcio de instituciones de salud que rastrearía las enfermedades emergentes. Y pronto tuvo la oportunidad de actuar de manera más agresiva. Cuando el SARS surgió en 2002 en el sur de China, la primera reacción del Gobierno en Pekín fue intentar un encubrimiento, suprimiendo las noticias de la enfermedad y negándose a informar a la OMS. Solo se enteró la organización del brote meses después de que comenzó, tras un aviso por correo electrónico que describía una enfermedad contagiosa que había dejado más de 100 personas muertas en la provincia de Guangdong en el lapso de una semana. Para entonces, el SARS se estaba extendiendo en Hong Kong, pasando de allí a Toronto, que eventualmente tendría el mayor número de casos fuera de Asia.

El director general de la OMS en ese momento, la exprimera ministra noruega Gro Harlem Brundtland, emitió lo que para la ONU era una crítica mordaz al comportamiento de China, diciendo que “definitivamente habría sido útil si la experiencia internacional y la OMS hubieran podido ayudar en una etapa temprana”. También emitió los primeros avisos de viaje de la OMS, en los que instaba a posponer los viajes a partes de China y Toronto.

El SARS, que se contuvo en gran medida en unos pocos lugares y mató a menos de mil personas, terminó siendo una historia de éxito de salud pública, un ejemplo de cómo una acción decisiva podría evitar que una nueva enfermedad se convierta en una epidemia devastadora para la economía. Pero un intento de 2005 de otorgar a la OMS poderes más sólidos, por ejemplo, para sancionar formalmente a los países que no informaran los brotes, no logró a una verdadera revisión. Los estados miembro simplemente no querían darle ese tipo de herramienta. Y si la OMS iba a continuar sirviendo como la fuerza policial de salud pública del mundo, tendría que hacerlo con muy poco dinero. Las llamadas contribuciones asignadas –facturas enviadas automáticamente a sus miembros– cubren menos del 20 por ciento de su presupuesto, y el resto se recauda de forma voluntaria de gobiernos y organizaciones nacionales como la Fundación Bill y Melinda Gates. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos gastan considerablemente más anualmente; también la Clínica Cleveland.

Otro brote de ébola, la explosión de infecciones en África Occidental que comenzó en 2014, mostró las limitaciones de la OMS. El virus había estado causando estragos en Liberia, Sierra Leona y Guinea durante más de medio año cuando la OMS lo declaró una “emergencia de salud pública de interés internacional”, o ESPII, su nivel de alerta más alto. Margaret Chan, entonces directora general, reconoció que solo había comprendido la gravedad de la epidemia una vez que estaba en marcha, gracias a un subalterno, Bruce Aylward, quien le envió un correo electrónico en el que la instaba a convertirla en una prioridad. La respuesta de la OMS fue tan lenta que el presidente del Banco Mundial, Jim Yong Kim, sugirió que el mundo necesitaba un órgano nuevo y dedicado a la respuesta a enfermedades. Al final, la respuesta internacional más efectiva fue posiblemente la del presidente Barack Obama, quien movilizó a los CDC y la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, con el apoyo de miles de tropas de élite, para ayudar a controlar gradualmente el virus. Murieron más de 11 mil personas. Chan reconoció que la OMS se había quedado corta. “Respondimos, pero nuestra respuesta puede no haber coincidido con la escala del brote”, dijo a Bloomberg News en ese momento.

Al menos en las primeras etapas de la pandemia, no había nada sin precedentes sobre el nuevo coronavirus. Un virus similar a la gripe que emerge en una parte provincial de China y salta a los humanos –posiblemente de murciélagos, a través de otro animal– es un escenario de libro de texto que formaba parte de la trama de la película Contagio. Todavía no está claro cuándo surgió el virus por primera vez, pero a medida que comenzó a apoderarse de Wuhan en diciembre, la reacción de China fue diferente a la del SARS, al menos externamente. Las autoridades de la ciudad alertaron a la OMS en la víspera de Año Nuevo sobre un grupo de pacientes que padecían neumonía por una causa desconocida, y la agencia activó sus capacidades de respuesta de emergencia al día siguiente. “No hubo semanas de encubrimiento central en Pekín, aunque el Gobierno local obviamente tardó demasiado en informar seriamente” que la enfermedad se estaba extendiendo, dijo Brundtland en un correo electrónico. Y China compartió la secuencia genética del virus el 12 de enero, permitiendo a los científicos de otros lugares desarrollar sus propias pruebas y comenzar la investigación de vacunas.

La transparencia de China aún estaba lejos de ser completa. Durante un período prolongado a mediados de enero, coincidiendo con importantes reuniones del Partido Comunista en Wuhan, la ciudad reportó cero casos nuevos, un nivel de contención improbable –por decir lo menos–. Científicos alineados con el Gobierno y funcionarios municipales dijeron repetidamente que no había evidencia de transmisión de persona a persona, incluso cuando las redes sociales chinas se llenaban de rumores de que los trabajadores de la salud estaban siendo infectados por la nueva enfermedad misteriosa.

El 14 de enero, Maria Van Kerkhove, una de las científicas que lideró la respuesta de la OMS, dijo en una conferencia de prensa en Ginebra que la transmisión de persona a persona podría estar ocurriendo en una escala limitada, y señaló que tales infecciones no serían sorprendentes dada la experiencia con otros patógenos respiratorios. Pero el mismo día, la cuenta oficial de Twitter de la OMS publicó un mensaje mucho más certero y que desde entonces ha vuelto para atormentar a la agencia: ”Las investigaciones preliminares realizadas por las autoridades chinas no han encontrado evidencia clara de transmisión de persona a persona”.

Las pocas personas fuera de China continental que pudieron observar las condiciones en Wuhan se mostraron escépticas sobre lo que se les decía. Un par de especialistas en enfermedades infecciosas de Taiwán hicieron una visita oficial a Wuhan del 12 al 15 de enero, donde fueron informados por funcionarios locales que dijeron que, en el peor de los casos, la transmisión humana era limitada. Pero el hecho de que hubo una serie de casos “no relacionados con el mercado húmedo” –el mercado de Huanan donde se identificó el primer grupo de coronavirus reportado– “mostraba que había más de una fuente y que la infección comunitaria ya podría haber ocurrido”, dijo Chuang Yin-Ching, uno de los dos especialistas. “Estas señales nos alertaron de que debíamos ser cautelosos sobre la situación en China. Entonces, cuando volvimos del viaje, sugerimos que deberíamos tratar el virus como si hubiera infección humana”.

Nadie de la OMS planteó en público la posibilidad de que China podría no proporcionar la imagen completa. La organización parecía estar “transmitiendo acríticamente la información que China estaba presentando, cuando un poco más de distancia habría sido una buena idea”, afirma J. Stephen Morrison, director del Centro de Política de Salud Global del Centro de Estudios de Estrategia e Internacionales.

Los funcionarios de la OMS dicen que a puerta cerrada estaban presionando a China para que les dijera más, y que muchos países han tenido dificultades para presentar datos precisos sobre infecciones y muertes, a menudo simplemente debido a que los hospitales están abrumados. “Nuestro único objetivo es asegurarnos de que se tome las decisiones correctas y no que alguien sea culpado o no. Algunas veces estas discusiones son muy difíciles, pero siempre son respetuosas”, dijo el jefe de gabinete Bernhard Schwartlander en una entrevista. También asegura que uno de los éxitos del enfoque de la agencia hacia China fue que “nunca hubo puertas cerradas. Eso es importante. Para nosotros y la diplomacia, lo peor es si una puerta se cierra”.

Cuando China en efecto cambió de enfoque para tratar el coronavirus como una crisis total, le dio a la OMS poca advertencia. En la noche del 22 de enero, después de que un panel de unos 20 asesores principales se hubieran estancado sobre si elevar el coronavirus al nivel de alerta más alto, un grupo de funcionarios de la OMS estaba en la oficina de Tedros discutiendo qué hacer. De repente, según una persona familiarizada con la situación, un miembro del personal irrumpió con noticias dramáticas: China había aislado a Wuhan del resto del país, el primer paso en lo que finalmente se convirtió en un confinamiento total de la provincia de Hubei. Después de una reunión de seguimiento al día siguiente, Tedros, el director general, dijo que aún no era un ESPII, pero que tenía el potencial de convertirse en uno. El comité acordó volver a reunirse pronto.

Antes de eso, Tedros tenía una reunión importante a la que asistir. El 28 de enero, se reunió con Xi en Pekín, acompañado en el viaje por Schwartlander y Mike Ryan, el jefe del programa de emergencias. Mientras estaban allí, la OMS recibió parte de su primera información clara que indicaba que el virus se estaba transmitiendo más allá de los contactos cercanos. Sin embargo, esa noticia no vino de China, sino de Alemania, que estaba comenzando a observar un grupo de infecciones en Múnich. En el avión de regreso a Suiza, el grupo de la OMS decidió reunir a los principales ejecutivos de la agencia para discutir si era hora de declarar un ESPII. En declaraciones a periodistas después de que la agencia tomara la determinación el 30 de enero, Tedros elogió la respuesta de China, diciendo que estaba “más allá de las palabras”, y que dejó Pekín “sin ninguna duda sobre el compromiso de China con la transparencia y la protección de los pueblos del mundo”.

Didier Houssin, presidente del comité de emergencia, agregó que la OMS examinaría de cerca las restricciones de viaje impuestas por otros países –a las que el Gobierno de Xi se opuso con amargura–, con el fin de pedirles que “reconsideraran esa decisión”. La lista de lugares en hacerlo pronto incluiría a Taiwán, Hong Kong, Australia y Nueva Zelanda, todos los cuales han tenido un buen desempeño en la contención de la pandemia. Estados Unidos, que impuso una restricción de viaje relativamente porosa al mismo tiempo, ha tenido una experiencia muy diferente.

El compromiso de China con la transparencia, sin embargo, no se extendió a permitir que cualquiera observara de cerca su respuesta al virus. Llevar una delegación considerable de la OMS al país tomó más de una semana de discusiones complejas sobre quién estaría en el equipo y qué haría. Schwartlander afirma que, por lo general, antes de enviar un equipo “se debe convencer a un país de que la OMS vendrá a ayudar, no a vigilar. Todos los países están nerviosos en estas situaciones”.

Bajo la dirección de Aylward, el médico que dio la advertencia de la OMS sobre el ébola en 2014, y Liang Wannian de la Comisión Nacional de Salud de China, el grupo pasó un poco más de una semana en el terreno, visitando instalaciones de investigación y hospitales y hablando con médicos, aunque solo a un pequeño subconjunto se le permitió viajar a Wuhan. Al igual que Tedros, salieron llenos de elogios por la manera como se estaba manejando el virus. En su informe, el grupo escribió que “China ha lanzado quizás el esfuerzo de contención de enfermedades más ambicioso, ágil y agresivo de la historia”, protegiendo al mundo en el proceso. Además de elogiar los esfuerzos de los profesionales de la salud y los ciudadanos comunes, destacaron al líder supremo de China. “El secretario general Xi Jinping dirigió personalmente el trabajo de prevención y control”, se lee en el informe.

Otros países ya no tienen que depender de la OMS para obtener información sobre el coronavirus. Ahora tienen muchos casos para estudiar en casa: en Estados Unidos la respuesta caótica de la administración Trump creó las condiciones para el brote más mortal del mundo. No obstante, algunos funcionarios hacen preguntas difíciles sobre el desempeño de la agencia. La ministra de Asuntos Exteriores de Australia, Marise Payne, dijo en abril que su Gobierno comparte “algunas de las preocupaciones que Estados Unidos ha identificado en relación con” la OMS, y que debería ser uno de los temas, más que el organizador, de una investigación internacional sobre los orígenes de la pandemia. El ministro de Salud, Greg Hunt, se quejó de “lo que vimos de algunos funcionarios en Ginebra; creemos que fue una respuesta que no ayudó al mundo”.

El Ministerio de Relaciones Exteriores de Canadá, por su parte, dijo que había “una necesidad crítica de una revisión a la acción posterior a la crisis”. La evaluación independiente de la respuesta a la pandemia, incluido el papel de la OMS, se lanzará en “el momento más oportuno”, dijo Tedros. Ya se aprobó una resolución que autoriza la revisión en una reunión de la Asamblea Mundial de la Salud.

Es poco probable que la revisión resuelva las tensiones con Estados Unidos, donde la Casa Blanca ha hecho de la acusación de mal manejo del coronavirus una prioridad política en el período previo a las elecciones presidenciales de noviembre. Sin duda, es un caso atípico: ningún otro país ha amenazado con recortar sus fondos a la OMS, ni la ha atacado en términos tan estridentes, pero, como su donante más grande y el centro mundial para la investigación en salud, difícilmente se puede ignorar. “Queremos y necesitamos fuertes alianzas científicas y estratégicas con Estados Unidos”, dijo Ryan de la OMS. “Valoramos esa relación”. Si bien los demócratas, incluido el presunto candidato presidencial Joe Biden, han defendido en gran medida a la OMS, esa posición podría ser más difícil de mantener si se endurece la impresión, en Washington y en el electorado más amplio, de que está demasiado cerca de Pekín. Tedros no se hizo ningún favor en los círculos políticos estadounidenses al sugerir en una conferencia de prensa en abril que el Gobierno de Taiwán –un aliado fundamental de Estados Unidos con un profundo apoyo en ambos partidos, y que está excluido de participar en las actividades de la OMS debido a la presión china– se había negado a disociarse de ataques racistas en su contra.

Los problemas recientes de la OMS no han restado valor al apasionado apoyo del que goza en los círculos de salud pública. A pesar de su presupuesto limitado, ofrece una amplia gama de programas cruciales, muchos de ellos en zonas de conflicto y entre las más pobres del mundo. Los países en desarrollo “necesitan a la OMS”, afirma Amadou Alpha Sall, director del Instituto Pasteur en Dakar, Senegal. “Siempre existe la posibilidad de mejorar, pero en medio de la tormenta les va bien”.

Tampoco está claro cómo sería una OMS reiniciada o reemplazada. El primer ministro de Australia, Scott Morrison, ha propuesto dar a la OMS la capacidad de enviar equipos de expertos para investigar los brotes de enfermedades sin necesidad de obtener primero un permiso, similar a cómo operan los inspectores de armas. Esa idea, o sugerencias relacionadas de que la OMS debería tener la capacidad de imponer sanciones a sus Estados miembro –un poder del que goza la Organización Mundial del Comercio–, sin duda sería la más difícil de implementar. Incluso los gobiernos que más apoyan la transformación de la OMS podrían negarse a darle el poder de pasar por encima de ellos.

Schwartlander instó a los Estados miembro a proceder cautelosamente con tales reformas. “Es fácil en un momento de frustración decir que necesitamos tirar todo esto y hacer algo completamente diferente”, dijo. “Pero puede tener un costo enorme, porque también puede reducir la oportunidad de consenso”.

Otras reformas propuestas son probablemente más alcanzables. Los expertos en salud se han quejado durante mucho tiempo sobre la práctica de la agencia de nombrar a los jefes regionales mediante votaciones secretas entre los Estados miembro, bajo el argumento de que esto puede comprometerlos demasiado con los gobiernos que los eligieron. También podría ser posible renovar el presupuesto de la OMS para hacerlo menos dependiente de las contribuciones voluntarias, lo que proporcionaría más certeza sobre los recursos futuros.

Aún así, los países que buscan una OMS renovada, por sí misma, para salvarlos del impacto de la próxima pandemia, pueden estar buscando en el lugar equivocado. En la crisis del coronavirus aún en evolución, Estados Unidos, junto con docenas de otros gobiernos, podrían, en retrospectiva, haber actuado más rápido o de manera más decisiva.

La búsqueda de chivos expiatorios, ya sea en Ginebra o China, está perdiendo el punto, señala Marie-Paule Kieny, exfuncionaria de la OMS y ahora directora de investigación en Inserm, un instituto francés de ciencias de la salud. “¿Cuánto tiempo le tomó al Gobierno de Estados Unidos ver, comprender e informar que había un problema?”, pregunta. “El Gobierno chino se equivocó en las primeras semanas”, pero desde entonces “han compartido enormemente, y desafortunadamente los otros países no se lo tomaron en serio, porque no pensaron que les ocurriría”.