Se llevó las estrellas
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Se llevó las estrellas

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Se llevó las estrellas

Alberto Cortez llevó a lo sublime las cosas sencillas y fue un estandarte con la voz y con sus versos.

Mauricio Mejía
04/04/2019
Actualización 04/04/2019 - 16:12
Alberto Cortez
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Hay muertes que no deben ocurrir o vidas que no deben terminar. La de Alberto es una de ellas.

Hoy la intimidad iberoamericana pierde un alma, una compañía, una amistad. Las cosas sencillas, las universales, fueron llevadas a lo sublime en la boca de este trovador de grandes gestas. El español, idioma amplísimo, fue entregado de forma simple –lo simple siempre es grandioso- a millones de casas; las tardes de vino, de queso y de pan, otoñales, estivales o invernales. A partir de mañana, la nostalgia, tan íntegra como el tango, como Facundo, como Mercedes Sosa, como el mismo Cerati, ausencias siempre presentes, siempre aquí, en esta parte del cuerpo en donde habita el corazón y sus satélites, a los que otros llaman sentimientos.

Cortez convalecía en Madrid desde el 28 de marzo, tenía pendiente un concierto en Puerto Rico, la muerte celosa le ha impedido cumplir la agenda. La vida nunca está aquí o allá, está siempre en su sitio, un palmo de mundo. Las palabras no llevan bandera, Alberto fue un estandarte de lo que escasea en este tiempo del postiempo: la fraternidad, la voz a la mano, un cercano consejero.

Tampoco le hubiera gustado ponerlo como tal, nunca fue tan viejo. Pero lo fue. Tampoco Machado pretendió serlo y sus versos fueron de todos, citados de memoria por todos lados. Varias generaciones lo cantan a Alberto de manera intuitiva, como suele pasar con los que miran abajo, lejos de las pretensiones de la Alta Poesía, de la cultivada prosa, de la exacta métrica. Los artificiales tiempos de la Galaxia Gutembreg, difícilmente entenderán en hueco, la oquedad que transmite esta noticia; muerte con el cantador un parte de la existencia del siglo XX, se va un callejero de derecho propio.

Se lo quería, lejos de la idolatría, como suele pasar con los pop stars. Se ganó el arrojo en tiempos durísimos para esta región del mundo, la libertad no hallaba caminos para andar entre dictaduras y represiones. Quedaba libre, sin embargo, el canto, la humanidad, el alivio del disco. Joan Manuel Serrat, compañero de viaje, lo supo tanto como Alberto: hacían falta aire, garganta, soplo. La vida tiene sus cosas, allí la vitalidad de los rincones, de las esquinas, lejos de las espinas. Triste ida, pues, la de este argentino tan mexicano, tan español, tan uruguayo, tan insular. Huye un tiempo, cuando tiempo quiere decir juventud, protesta contra ese tiempo, negro, a veces, como su atuendo, ligero equipaje para las estrellas.

El mundo convulsionó dramáticamente después de Lehman Brothers, del crash del 2008 quedan aún los síntomas, los devastadores efectos hacia el populismo, hacia el nacionalismo y hacia la pequeña aldea de microcosmo de las redes sociales; el celular como isla, como aislamiento, el mundo a la carta, menú que aleja. La economía y la política herraron el camino. Cortez estará vigente por mucho tiempo como testigo de lo que pudo ser, cuánto más alto se vuela duele más la caída. El canto para la libertad, para la solidaridad, para el apoyo se volverá tan necesario, desde la cara B del LP, como en la segunda mitad del siglo de los ismos, que han vuelto con la fuerza de las urnas, del plebiscito, la voluntad de las mayorías. La filosofía corteziana, sobre los otros no pasar jamás, adquiere desde hoy una voluntad, una postura ética ante la vorágine de los acontecimientos. Era nuestro, como dijo, porque lo que amamos lo consideramos nuestra propiedad. Habrá rescate de la soledad; se va el personaje, queda su ternura, esa que no hace falta… cada día más.