Vladimir Jankélévitch: el perdón ético
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Vladimir Jankélévitch: el perdón ético

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Vladimir Jankélévitch: el perdón ético

25/01/2019

Con ocasión de un artículo publicado anteriormente: “No se debe confundir el perdón ético-moral con el perdón judicial”, algunos lectores pidieron que explicara en qué consiste el perdón ético. Por consiguiente, parece conveniente, ilustrar con varios ejemplos, algunos aspectos del libro, que sobre el perdón escribió Vladimir Jankélévitch (1903-1985). Este filósofo es uno de los representantes más importantes de la filosofía moral contemporánea. Su pensamiento es tan complejo y paradójico que casi parece caer en la contradicción. En todo caso, habría que afirmar que sus paradojas son profundas.

Ante todo, destaca nuestro autor que el perdón es de suma importancia en nuestra vida, sin él, la vida sería un infierno, estaría llena de venganzas, de rencor, intolerancia y amargura. En efecto, como decía Martin Luther King Jr., el perdón nos libera de acumular escombros en nuestro corazón, nos impulsa a olvidar, o al menos a no aferrarnos al dolor, o al mal, sino abrirnos al amor.

Jankélévitch pondera la importancia de la clemencia: “El verdadero perdón, al margen de toda legalidad, es un don gracioso del ofendido al agresor… se difumina (la ofensa) en ciertas formas condescendientes de clemencia… las heridas son para el sabio más insignificantes que arañazos, apenas si percibe su existencia”. Paradójicamente casi se suprime el objeto del perdón, algo semejante afirmaba Abraham Lincoln, un hombre no debe malgastar su vida en querellas. El resentimiento y la amargura, no resuelven nada. Nuestro autor añade una brillante reflexión “el hombre del resentimiento se engancha y se aferra al pasado, se encara porfiadamente contra el futuro…una vez liquidados los viejos rencores, es semejante a un viajero sin equipaje. Camina con peso ligero al encuentro en la vida…supera la pesantez como un astronauta y se eleva de un salto hacia la altura”. En otras palabras, superar el dolor de la ofensa, mediante el perdón, nos hace libres, nos puede conducir a una alegría profunda.

Jankélévitch sitúa el perdón entre el devolver mal por mal y bien por bien, en devolver bien por mal, como el arte de sacar partido de los agravios, injurias y humillaciones, así como los ascetas utilizan las tentaciones y las pruebas para su formación espiritual. “La bofetada recibida –él subraya– es para los campeones del espíritu ocasión de perfeccionamiento. Aquél que presenta la otra mejilla, no ya por amor a los hombres, como Jesús pedía, sino para ejercer su voluntad y su resistencia a la tentación vindicativa”. De nuevo, aquí habría que mirar no sólo a la ofensa y al ofendido, sino también al ofensor.

En esta línea, nuestro autor nos habla del perdón y la indulgencia. En ocasiones el ofensor es más necio que malvado. La excusa trata de comprender la culpabilidad del ofensor. Este es el arte de la abogacía, casi no hay delito que no tenga “circunstancias atenuantes” que mitigan o disminuyen la responsabilidad. A este propósito, recordemos el perdón del gran escritor ruso Fiódor Dostoievski. En una ocasión este eximio novelista fue abofeteado por un pordiosero al que no le dio limosna. El agresor fue conducido a la comisaría. El preso, delante de Dostoievski, sólo exclamó: “quien tiene qué comer, no sabe lo que es el hambre”. Es cierto –afirmó Dostoievski–, y añadió que el golpe le había sido dado en un instante de desesperación y que él fue el paseante que casualmente lo recibiera. El novelista depositó tres rublos en el juzgado para que se los entregaran al preso cuando hubiera cumplido su condena.

Jankélévitch dedica varias páginas a reflexionar sobre el tiempo, el olvido y el perdón. ¡Qué difícil es para un judío olvidar los crímenes nazis! Finalmente, tampoco hay que olvidar la importancia de pedir perdón. ¿Qué hacer cuando los que ofendimos ya murieron? León Felipe comenta a este respecto: “Soy ya tan viejo/y se ha muerto tanta gente a la que yo he ofendido/y ya no puedo encontrarla/para pedirle perdón…/Yo no he sido bueno…/quisiera haber sido mejor./Estoy hecho de un barro/que no está bien cocido todavía/¡Tenía que pedir perdón a tanta gente!/Pero todos se han muerto./¿A quién le pido perdón ya?/¿a quién yo deba pedirle perdón?.../Voy perdiendo la memoria/y olvidando todas las palabras…/Ya no recuerdo bien…/Voy olvidando…olvidando…olvidando…/pero quiero que la última palabra, la última palabra pegadiza y terca,/que recuerde al morir/sea esta: PERDÓN”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.