Recordando el Miércoles de ceniza
ESCRIBE LA BÚSQUEDA Y PRESIONA ENTER

Recordando el Miércoles de ceniza

COMPARTIR

···

Recordando el Miércoles de ceniza

15/03/2019

En un mundo secularizado como el actual aparece un gran contraste, la celebración del inicio de la Cuaresma: el miércoles de ceniza. Muchas personas que aparentemente tenían su fe adormilada, se agolpan para participar en esta celebración sencilla, pero muy significativa. Se rememora el relato del Génesis y el menos conocido mito pagano de Higinio, que inspiró en parte el libro Ser y tiempo de Martin Heidegger. De acuerdo al mito, Cura al cruzar un río toma un trozo de barro y forja al hombre. Cura pide a Júpiter que lo anime con su espíritu, y éste lo hace con agrado. Luego hay una discusión entre Júpiter, Cura y la Tierra sobre cómo nombrar al nuevo ser. Eligen a Saturno como árbitro y éste decide lo que le parece más justo: como Júpiter le otorgó el espíritu, lo recibirá de nuevo cuando la criatura muera; la Tierra, que le otorgó el cuerpo, lo acogerá cuando muera y Cura quien lo moldeó, lo acompañará mientras viva con cuidados y preocupaciones. Finalmente, se le llamará hombre porque proviene de “humus”, tierra fértil. De allí se concluye que el hombre esté siempre agobiado, preocupado por su destino, en Ser y tiempo la palabra “Sorge” va a caracterizar al hombre. Ambos relatos nos enseñan lo que se proclama con la ceniza, el misterio del ser humano: “recuerda que eres polvo y en polvo te has de convertir”.

En la imposición de la ceniza, se nos recuerda uno de los más misteriosos y principales atributos del ser humano: su ser caduco, deficitario, contingente, temporal, preocupado por su ser y su quehacer. Heidegger afirma: “Ninguna época consiguió un saber acerca del hombre tan penetrante. Ninguna época logró que este saber fuera tan rápida y cómodamente accesible. Ninguna época, no obstante, supo menos qué sea el hombre. A ningún tiempo se le presentó el hombre como un ser tan misterioso”. De modo semejante, la paradoja del ser humano la describe Pascal con brillantes expresiones: ¡Qué quimera es, por tanto, el hombre! ¡Qué novedad, qué monstruo, qué caos, qué sujeto de contradicción, qué maravilla! Piénsese estas cosas locamente entretejidas: estuche de la verdad, resumidero de la incertidumbre y del error, gloria y desperdicio del universo.

En efecto, el enigma del ser humano es de gran actualidad, el destino del hombre sigue siendo una pregunta acuciante y definitiva. Se va a convertir en polvo, pero ¿hay un más allá ¿se puede afirmar como el poeta que se trata de polvo enamorado? La ceremonia de la ceniza añade un pequeño, pero importante rasgo, se traza en la frente una cruz. Para Pascal esto explica el porqué de la muerte, él encuentra en la muerte del Nazareno una respuesta. La muerte es la cruz que cada hombre abraza, lo sepa o no, cuando muere, allí se da la unión estrecha entre el Redentor y el redimido. En inscripciones muy antiguas se muestra en la cruz la síntesis de la vida y de la muerte ΣΤΑΓΡΟΣΘΑΝΑΤΟ ΓΚΑΙΑΝΑΣΤΑΣΕΩΣ: cruz de muerte y de resurrección. Para el creyente, Dios no se revela como un ser apático, frío y lejano, sino como un ser crucificado que comparte con el hombre la miseria de la muerte.

Ahora bien, para la Biblia, Dios no es un cúmulo de abstracciones, sino que en la Buena Nueva Él se autodefine como “Yo Soy la Resurrección y la Vida”. Ciertamente, no hay que quitarle valor al libro de Antony Flew, Dios existe, ya que este cambio en la reflexión del ateo más famoso del mundo, no deja de ser una importante, pero algo fría especulación. Chesterton decía, “cuando entro a la Iglesia, me quito el sombrero, pero no la cabeza”, el acto de fe es razonable. La ceniza al recordarnos nuestra condición mortal, nos invita a la conversión, no a una especulación, sino a una fe existencial. El profeta Isaías con gran concisión explica el sentido de la conversión: “Ustedes son mis testigos”. (Is 43,10). Un comentario rabínico de este texto es impresionante: “si ustedes son mis testigos yo soy Dios, si ustedes no son mis testigos yo no soy Dios”. Obviamente se trata no de una existencia ontológica de Dios, sino de una presencia existencial en nuestro mundo. Actualmente, se refleja no de una manera apologética, sino dramática la conversión o cambio de mentalidad que en el judaísmo se designa con la palabra “teshuvah”, arrepentimiento, retorno, respuesta y encuentro. Recordemos que se ha dicho: allí donde llegan los que se arrepienten, los justos difícilmente pueden llegar.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.