Neurociencia, Ética y Derecho
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Neurociencia, Ética y Derecho

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Neurociencia, Ética y Derecho

01/03/2019

El futuro del Derecho ante las nuevas tecnologías fue el tema abordado en el reciente ciclo de conferencias organizado por la Barra Mexicana Colegio de Abogados. Ciertamente el desarrollo de la neurociencia, de alguna manera pone en jaque algunos de los aspectos de la Ética y el Derecho. La Ética guía el actuar recto del ser humano. El Derecho, a su vez, como decía Luypen, es el mínimo de ética exigible, y fomenta sobre todo la justicia en la sociedad. Ambas normatividades suponen la libertad del ser humano y suplen de modo excelente el instinto que regula el reino animal.

La Ética se rige por las grandes líneas que se trazan en el decálogo y que en cierto modo son aceptadas y ampliadas en la conciencia moral, la cual ha sido estudiada, con diferentes enfoques por Max Scheler, Sartre y Jankélévitch. Esta conciencia se relaciona con el sentimiento de abatimiento o desagrado por haber cometido un error, haber tenido un descuido o colaborar en un hecho lamentable. En ocasiones se disfraza nuestro egoísmo con un “lo siento” o como un “lavarnos las manos” al modo de Pilato, para disfrazar nuestra cobardía y falta de compromiso. Este fenómeno moral lo llamamos remordimiento, algo que muerde, que provoca dolor, que desgarra el corazón.

De modo más positivo este sentimiento se manifiesta por el arrepentimiento, que es precedido por un acto de recogimiento, un entrar en sí mismo que nos acerca a lo más profundo de nuestro yo. Nos descubrimos actores libres, responsables de nuestras faltas, impulsados a procurar un nuevo comienzo y emprender un nuevo camino. Se ha dicho que “allí donde llegan los que se arrepienten, los justos difícilmente pueden llegar”. De lo anterior podemos deducir que la conciencia moral surge de lo más profundo de nuestro yo, aunque matizando lo que afirma Lévy-Bruhl, en parte refleja algunos imperativos de la sociedad. A este propósito conviene recordar la frase de Montaigne: “la ciencia sin conciencia es la ruina del hombre”. Para Fichte es una voz interior que no admite discusión, para Kant es un tribunal interno que nos sigue como una sombra; para ambos forma parte de la dignidad del ser humano.

Ahora bien, en el Derecho penal hegemónico del mundo occidental para que un acto sea punible se requiere la responsabilidad objetiva, que el delito sea realizado por la persona, y además, la responsabilidad subjetiva, que esa conducta sea producto de una mente culpable (mens rea). En cambio, cuando un acto criminal o delictivo carece de responsabilidad subjetiva la sanción suele reducirse a medidas de seguridad que protejan a la sociedad. Así pues, con el surgimiento de la neurociencia los datos empíricos neurocientíficos se basan, con imágenes de scanner en máquinas de última tecnología: FMRI (Funtional Magnetic Resonance Imaging). Ante esto, surge la pregunta ¿cómo la neurociencia afecta el orden normativo y cuándo deben utilizarse sin afectar los derechos del procesado?

Se dice que los exámenes neurocientíficos pueden predecir en un alto porcentaje, futuros actos criminales. Si así fuere, ¿cómo debería proceder el Derecho? La neurociencia también ha cuestionado las definiciones legales de “muerte cerebral” en los llamados estados vegetativos, pues existen evidencias de que se captan los estímulos externos y que se mantienen ciclos normales de vigilia; en otras palabras, se mantienen estados conscientes.

También se ha descubierto que, mediante la tecnología FMRI, los aciertos en el uso de la detección de mentiras son superiores al 92%, cifra mucho mayor de la que proporciona el “polígrafo”. Asimismo, se sugiere que la neurociencia podría determinar ante un homicidio, cuando una persona es sujeto activo, cómplice o testigo. Ante estos fenómenos surge la pregunta de si estas aplicaciones de la neurociencia no vulneran principios básicos de la Ética y el Derecho, como la libertad de conciencia, el principio “in dubio pro reo” y, sobre todo, el derecho a la no autoincriminación. Otra aplicación de la neurociencia podría darse en la selección de jurados, al descubrir en algunos de sus miembros “racismo inconsciente” o algún tipo de prejuicios raciales.

Finalmente, no faltan quienes sostienen que, en un futuro, la neurociencia va a demostrar que los actos humanos son determinados por el cerebro y que el actuar humano no goza de autonomía. Una contundente refutación de esta aseveración puede encontrarse en el libro de Alfred R. Mele, Free, Why Science Hasn’t Disproved Free Will?, (Ed. Oxford), y en los últimos estudios de Antony Flew.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.