Victor Manuel Perez Valera

'Las siete palabras' y las necesidades del enfermo terminal

Las muertes por la pandemia ya están cerca de las 200 mil defunciones, de estas, un porcentaje significativo se está dando en los hogares.

Las muertes por la pandemia ya están cerca de las 200 mil defunciones, de estas, un porcentaje significativo se está dando en los hogares. La deshumanización, de modo especial en la enfermedad y en la muerte, siempre está al acecho. Más allá de la mitigación del dolor y de la soledad, el acompañamiento debe procurar la comprensión, la comunicación y la compasión del enfermo, y de algún modo "convivir" con la muerte del ser querido.

El enfermo no es una máquina descompuesta, ni el moribundo un artefacto definitivamente averiado, sino una persona que además de terapias, necesita relaciones humanas profundas y auténticas. El acompañamiento integral es una cuestión de amor, de presencia superior, que se da mediante la apertura del espíritu y del corazón. Podría decirse que el acompañamiento es el non plus ultra de la medicina moderna, una exigencia de calidad, un toque de plenitud en las relaciones terapéuticas.

La caducidad está en la trama de la vida, por consiguiente, la muerte, como sugiere Rilke, es algo que deberíamos concebir, gestar y dar a luz para iluminar el fin de la vida. El acompañante debe con delicadeza comunicar la verdad al enfermo y suscitar una llama de esperanza humana y trascendente que ponga a flote los miedos, las dudas, y la angustia que en ocasiones hace brotar la petición de la muerte, que en el fondo es una petición de amor.

Junto con el dolor físico habría que atender el sufrimiento moral. Ante la muerte surge de forma espontánea la revisión de la vida en plena sinceridad, ya que somos más conscientes de nuestras limitaciones y debilidades. El moribundo necesita liberarse de estas presiones, mediante el arrepentimiento, por el dar y pedir perdón. ¿Cómo puede hacerse esto? El consejo que Zorrilla de San Martín dio a Amado Nervo, es muy adecuado: "de cruz a cruz como el buen ladrón".

Nietzsche en su libro Más allá del bien y del mal, expresa de modo elocuente el anonadamiento de Jesús de Nazaret en su pasión y muerte: "los hombres modernos, en su obtusiocidad respecto a la terminología cristiana, no perciben más cuanto habría de superlativamente terrible, para la mentalidad antigua en la fórmula paradójica: Dios crucificado…[Esta fórmula] anunciaba una subversión de todos los antiguos valores".

En efecto, en las siete últimas palabras de Jesús de Nazaret antes de morir, se pueden recapitular las necesidades básicas del enfermo terminal. En la frase "Padre, perdónales porque no saben lo que hacen", en lugar de la Ley del talión: "ojo por ojo", se postula la Ley del talión divino, a la ofensa se responde con el perdón, manifestación preclara del amor. En la expresión "Hoy estarás conmigo en el paraíso", encontramos una promesa contundente que compromete el futuro: hay que subrayar el "hoy" de la eternidad paradisiaca, y él "conmigo" presencia sublime, suprema. En el "Hijo, eh ahí a tu madre" aparece la necesidad de preocuparse por los que se quedan, y más que una herencia física, dejar una herencia espiritual. En "Tengo sed" y "Padre, por qué me has abandonado", vemos el grito de angustia, no de desesperación. Se evoca el Salmo 22, en donde se afirma que Yahveh no desdeña la miseria del afligido: "vivirá mi alma para él" y "corre en mi ayuda, oh fuerza mía". Finalmente, en la frase "En tus manos encomiendo mi espíritu" y "Todo está consumado", se revela la muerte como culminación, plenitud y ofrenda. La vida, el amor y la muerte solo adquieren pleno sentido cuando se ofrendan.

Es así como en la muerte de Jesús de Nazaret el creyente encuentra el sentido profundo de su muerte, es la cruz que cada hombre abraza en su vida y en su muerte. Es, en la expresión de Pablo de Tarso, el "morir con Cristo", en donde se da la unión estrecha entre Dios y el ser humano, el redentor y el redimido. Y así como Dios se identifica con el hombre en la muerte, el hombre se identifica en la muerte con Dios, el cual no se revela como un ser apático, frío y lejano, sino como un Ser cercano, un "Dios-con-nosotros", como un Dios crucificado, que comparte con el hombre la miseria de la muerte.

Por vocación especial, todo el personal sanitario está llamado a realizar con sus enfermos un pacto secreto, una alianza nueva. El contrato duradero se denomina en la biblia hebrea "alianza de sal" (Lev 2,13; Núm 18,19), imagen neotestamentaria muy sugerente: ser sal de la tierra, luchar contra todo lo que corrompe y degrada al ser humano, irradiar el gusto por la vida, aunque en ocasiones esta se torne amarga. Este pacto, desde luego, lo asume también el que acompaña en la muerte a sus seres queridos.

COLUMNAS ANTERIORES

Día del maestro: la educación como ejercicios espirituales
El trabajo y la dignidad humana

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.