La virtud como excelencia, fundamento de la Ética
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La virtud como excelencia, fundamento de la Ética

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La virtud como excelencia, fundamento de la Ética

13/03/2020

El concepto de virtud se ha devaluado en nuestro mundo. Max Scheler ha dicho que ha llegado a ser detestable y que algunos al escuchar esta palabra no pueden reprimir una risa burlona. Para Paul Valéry el concepto de virtud está agonizando o ha muerto. Algunos moralistas modernos reconocen su devaluación, incluso aquellos que tratan de rescatarla. Una retórica vacía y una degradación de la virtud contribuyeron a desprestigiarla.

Es conveniente desenmascarar estas deformaciones, puesto que marginar la virtud sería perder un rico capital ético que nos conduciría a dejar de lado o descartar una fecunda gama de hábitos y cualidades permanentes que continúan siendo el eje de la vida moral y fuerzas constructivas de la personalidad humana.

Max Scheler insinúa que, para iniciar el rescate de la virtud, conviene retornar al origen de la ética, a la concepción grecolatina. La palabra latina virtus significa valor, audacia y fuerza. A su vez, Aristóteles llama a la virtud areté y la raíz Ar de donde proviene el nombre mismo del filósofo, nos sugiere que la mejor traducción de areté sería la excelencia. En la antigüedad clásica como lo señala Werner Jaeger en su Paideia, la fuente de la educación griega la areté, caracterizaba a las personas que destacaban sobre la masa, a las que poseían un gran liderazgo, o a las que descollaban por sus proezas.

Con la evolución de la vida social y la instauración de la democracia, la areté pasó de ser algo externo, a significar algo muy profundo en la vida del espíritu, la cual se manifestaba en cualidades excelentes como la magnanimidad, la fortaleza o el valor, la prudencia o moderación... El término areté adquirió un sentido de competitividad, de lucha por ser mejor y por superar la mediocridad.

Así, la grandeza de ánimo y la sabiduría práctica eran en el mejor sentido de la palabra cualidades “aristocratizantes”. Por consiguiente, la areté era un modo de ser que se manifestaba en el hacer, en la acción práctica, algo arduo que cincelaba el carácter. Aristóteles la definió como “una acción firme, orientada hacia la decisión y situada en el punto medio establecido por una reflexión razonable, en otras palabras, un modo de reflexión que impulsaba al ser humano a actuar bajo la sabiduría práctica.

Tomás de Aquino la definió como el hábito operativo bueno, el máximo de la potencia que dispone a lo mejor. Por consiguiente, la virtud es una fuente de riqueza, un valioso capital espiritual. No es de extrañar que Agustín de Hipona designara a la virtud como “ordo amoris” (el orden del amor). Así, por ejemplo, observamos que la avaricia no es un defecto inherente al oro o a las riquezas, sino es algo que radica en el corazón del ser humano, que ama el oro desorbitadamente en detrimento de la justicia, la cual debería ser tenida en mucho mayor aprecio y estima que las riquezas.

La valoración de la virtud la pondera el Estagirita en su Retórica: “la excelencia en el carácter –areté– es un poder creador y conservador de bienes, una facultad para adquirir muchos y grandes beneficios. En otras palabras, la virtud es una disposición adquirida y duradera para actuar de modo voluntario y reflexivo de acuerdo con un justo medio, que evita los vicios de los extremos”. La virtud es plenitud, y por consiguiente nada tiene que ver con la medianía o la mediocridad, “la aurea mediocritas” es el dorado equilibrio entre el exceso o el defecto de una cualidad. Por ejemplo, cuando la justicia se convierte en lugar de cierta igualdad, en igualitarismo resulta algo injusto por exceso. Cuando un dictador desterró a Hermodoro por imponer el igualitarismo podríamos decir que en Atenas al que descollaba, se le cortaba la cabeza.

Un autor más reciente, el jesuita Baltasar Gracián en El arte de la prudencia, corrobora las anteriores reflexiones. En una rotunda refutación de los sofistas de la moral, –tanto griegos como modernos–, escribió Gracián: “arte para vivir mucho, vivir bien. Así como la virtud es premio en sí misma, así el vicio es castigo en sí mismo”.

En El arte de la prudencia encontramos otro elogio de la virtud casi hiperbólico: “la virtud es una cosa de veras, todo lo demás de burlas. La capacidad y grandeza se han de medir por la virtud, no por la fortuna: ella se basta a sí misma. Vivo el hombre le hace amable y muerto, memorable”.

Para superar la inseguridad, la corrupción, el feminicidio… es de gran importancia cultivar, desde la familia hasta la universidad, la Ética: la virtud como excelencia del ser humano.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.