La otra pandemia: la emigración
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La otra pandemia: la emigración

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La otra pandemia: la emigración

10/07/2020

La realidad de la emigración es dramática, cualitativa y cuantitativamente: es un problema profundamente humano, de vida o muerte (el mar Mediterráneo se ha convertido en el mayor cementerio del mundo moderno), se calculan más de 250 millones de migraciones forzadas, que equivaldría al quinto país más poblado del planeta. Estamos viviendo una tragedia de enormes proporciones que suscita graves interrogantes a nivel nacional e internacional, ¡qué gran contraste!, el flujo de capitales circula libremente. Existen tratados de libre comercio pero para frenar el flujo de personas se construyen elevados muros.

Las causas del fenómeno migratorio son múltiples: la desastrosa e inequitativa distribución de la riqueza a nivel mundial, sistemas autoritarios que fomentan la violencia gracias al tráfico de armas, propiciado por países “muy democráticos”, desastres naturales y deficiencia de recursos de alimentación básica, violencia generalizada, persecuciones religiosas, etc. Vivimos uno de los períodos más turbulentos de la historia: la migración es un verdadero vía crucis, un calvario lleno de adversidades, penurias, sufrimientos, congojas y angustias. “No hay mayor pena que la pérdida de la propia tierra” (Eurípides).

Se habla mucho de derechos humanos, pero poco de deberes humanos. Se da la paradoja de que un país constituido por migrantes, se oponga radicalmente a la migración. Debería replantearse un nuevo concepto de ciudadanía, y desde luego, reconocer la dignidad de las personas, de los que carecen de documentos.

Es impresionante el planteamiento de la Biblia a favor de los migrantes. El origen del pueblo hebreo se debe a que uno de sus primeros pobladores reconoce: “mi padre era un arameo errante” (Deut 26, 5). Además, se le recuerda al pueblo judío: “conocéis la suerte del emigrante, porque migrantes fuisteis vosotros en Egipto”. También la familia de Jesús de Nazaret tuvo que huir a Egipto para salvar la vida del niño.

Entre las normas éticas fundamentales del Pentateuco, de modo contundente se prohíbe esclavizar, explotar, dañar, y lacerar a los migrantes: “no vejarás al migrante” (Ex 23,9), “no lo oprimiréis” (Lev 19, 34), “no negaréis el derecho del migrante” (Deut 24,16), “no lo explotaréis” (Deut 23, 16). De modo positivo se manda: “al forastero que reside junto a ustedes, lo miraréis como a uno de vuestro pueblo, y lo amarás como a ti mismo” (Lev 19,34). Todavía más profundo es el pensamiento de un texto clave del Nuevo Testamento: en el juicio final será descalificado en la vida futura aquel que no acogió al extranjero. A la réplica de los rechazados Jesús de Nazaret responde: si lo hiciste con ellos, conmigo lo hiciste. Con razón se ha dicho que parte de la condición humana es ser migrante y vivir en esta tierra como de paso, como extranjero.

Existen documentos sobre migración de todos los Pontífices, desde León XIII hasta el Papa Francisco. En este encontramos las más profundas reflexiones sobre este tópico. Él mismo nació de una familia de migrantes y en su alocución al Congreso de los Estados Unidos habló con tal fuerza que hizo rodar las lágrimas de muchos congresistas. Este gran líder espiritual dedica además varios documentos en apoyo a los migrantes y refugiados: Evangelii Gaudium, Misericordiae Vultus, Amoris Laetitia, Laudato Si’. En el mes de junio, mandó añadir una nueva alabanza a las letanías del Rosario: Solacium migrantium (Consuelo de los migrantes).

No pueden admitirse actitudes que fomenten el racismo y la xenofobia, ni puede aceptarse la migración como sinónimo de barbarie y criminalidad. Tampoco puede catalogarse el indocumentado como ilegal, la ley injusta no debe obedecerse, ni equipararse la “ilegalidad” a la criminalidad. En 1951, se publicó la convención de las Naciones Unidas relacionada con los migrantes y se creó la fundación ACNUR, que ha realizado una labor extraordinaria. Además el 20 de junio se ha designado como el día mundial del refugiado, pero todo esto no basta. En todos los niveles de educación se debería enseñar el derecho humano fundamental a la migración.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.