La enseñanza del viernes santo en el acompañamiento al enfermo terminal
menu-trigger
ESCRIBE LA BÚSQUEDA Y PRESIONA ENTER

La enseñanza del viernes santo en el acompañamiento al enfermo terminal

COMPARTIR

···
menu-trigger

La enseñanza del viernes santo en el acompañamiento al enfermo terminal

20/03/2020

En el estudio de la tanatología, un aspecto importante es el acompañamiento integral al moribundo, para lo cual se deben destacar las necesidades del enfermo terminal y las cualidades básicas que caracterizan este acompañamiento.

Ante la muerte, surge casi de forma espontánea la revisión de la vida en plena sinceridad, sin excusas y subterfugios. Al llegar al límite de la vida nos hacemos más conscientes de nuestras limitaciones, debilidades y carencias. Esto hace aflorar, con frecuencia, un sentimiento de culpabilidad que puede generar incluso depresión. El moribundo necesita liberarse de esta presión, sea creyente o no, por el arrepentimiento, por dar y pedir perdón. En ocasiones el enfermo pregunta cómo hacer esto. El consejo que se le dio al poeta mexicano Amado Nervo en su lecho de muerte es muy pertinente: pedir perdón “de cruz a cruz como el buen ladrón”.

Es frecuente que en los enfermos terminales –lo constatan médicos y enfermeras– se presenta el tópico de la fe y la esperanza trascendente, aun en personas que durante toda su vida dieron la impresión de no tener fe. Además, en ocasiones, una de las mayores preocupaciones del moribundo se debe al posible desamparo o desprotección en que quedarían algunos miembros de su familia.

En las siete palabras de Cristo antes de morir se pueden recapitular las necesidades básicas del enfermo terminal.

En el “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” se descubre la necesidad del perdón.

En el “Hoy estarás conmigo en el paraíso”, la necesidad de la esperanza trascendente.

En el “Hijo, he ahí a tu madre”, la necesidad de ver por los demás y dejar una herencia espiritual.

En el “Tengo sed” y en el “Padre ¿por qué me has abandonado?”, el dolor físico y la angustia ante la muerte.

En el “Todo está consumado” y

en el “En tus manos encomiendo mi espíritu”, la muerte como culminación, plenitud y ofrenda.

Asimismo, en la muerte de Cristo, el creyente encuentra el sentido profundo de su muerte. La muerte es la cruz que cada hombre abraza, lo sepa o no, cuando muere. Es en el “morir con Cristo” en donde se da la unión estrecha entre Dios y el hombre, el Redentor y el redimido, la muerte de Dios y la muerte del hombre. Y así como Dios se identifica con el hombre en la muerte, el hombre se identifica en la muerte con Dios. Dios no se nos revela como un Dios apático, frío y lejano, sino como un Dios cercano, un “Dios-con-nosotros”, como un Dios crucificado, que comparte con el hombre la miseria de la muerte.

De modo similar, por vocación especial, todo el personal sanitario está llamado a realizar con sus enfermos un pacto secreto, una alianza nueva. El contrato duradero se denominaba en la Biblia “alianza de sal” (Núm 18, 19; 2 Cor 13, 15), imagen bíblica muy sugerente: ser sal de la tierra, luchar contra todo lo que corrompe y degrada al hombre, irradiar el gusto por la vida, aunque en ocasiones esta se torne amarga.

Las quejas más frecuentes del enfermo son las de cansancio y agotamiento, la necesidad de cambios de postura, malestares, dificultades respiratorias, sed, transpiración excesiva, incontinencia, todo lo cual hace al enfermo sentirse una carga para los demás.

El dolor, con la perturbación anímica que provoca es algo que hay que combatir y moderar, pues puede ser un serio obstáculo para una muerte serena. En concordancia con esto, se recomienda que los cuidados paliativos sean también globales: el dolor físico en algunos enfermos es acompañado de un sufrimiento moral y no se puede aliviar aquel sin atender a este. Con todo, no se debe olvidar que el dolor tiene un sentido, así lo señala Viktor Frankl con su interpretación metaclínica del sufrimiento: no conviene olvidar la cantidad de creatividad, de amor y de riqueza que representa la vida que termina.

En el miedo a la muerte se experimenta un vacío interior provocado entre otras cosas por nuestra soledad, nuestra impotencia y nuestra angustia ante los límites. Lo que vence en realidad al miedo, más que la temeridad y el arrojo, es el amor. Este nos conduce suavemente a la tranquilidad, a la serenidad y a la calma de la aceptación de nuestra condición mortal. Así se vivirá la muerte como culminación, plenitud y ofrenda.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.