Excelencia del amor y la amistad
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Excelencia del amor y la amistad

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Excelencia del amor y la amistad

13/02/2019

El gran antropólogo jesuita Pierre Teilhard de Chardin afirma de modo elocuente: “el amor es la más universal, la más formidable y la más misteriosa de las energías cósmicas”. El hombre no perecerá por falta de energéticos, sino por falta de amor. En efecto, el amor y la amistad son realidades necesarias para hacer un mundo más humano. Sin embargo, ambas virtudes se encuentran muy ausentes en nuestro ámbito. Es importante restaurar estas cualidades casi muertas, para humanizar nuestra sociedad.

En la vida es clave y decisivo el arte de amar, el cual podríamos sintetizar como el arte de las artes, en seis rasgos: en primer lugar, el amor es aprobación radical, regocijada admiración por la existencia de quien se ama, que se plasma en la gozosa exclamación, “es hermoso que existas…”. En segundo lugar, el amor es activo: quiere y procura el bien del amado, se traduce en obras, y contribuye en su felicidad. En el himno del amor de Pablo de Tarso (1ª. Cor. 15) este se plasma en 15 verbos, formas activas de las expresiones del amor.

El poder del amor se esfuerza en librar a los que se ama de todo tipo de sufrimiento y de mal: físico, psicológico, espiritual. El amor se afana en transformar lo desfigurado, en convertir en hermoso lo deforme. El amor no sólo salva y transforma lo que existe, sino que engendra y crea lo que aún no existe. La procreación humana es el modelo de este maravilloso poder que se extiende más allá de lo biológico, a lo psíquico y a lo espiritual. El amor es presencia activa y profunda, no sólo “estar con el amado”: enfrente de, junto a, o al lado de, sino ser con él, en comunicación y comunión. Finalmente, el amor anhela ser eternamente fiel, quiere crecer con el amado, aun en medio de sus crisis fomentar una fidelidad dinámica y creadora. El amor nos abre al horizonte de la trascendencia, como lo expresa magníficamente la frase de Gabriel Marcel, “amar a otro es decirle, tú no morirás”.

Los tesoros del corazón humano superan el esplendor del cosmos. En la Biblia toda la Ley y los Profetas se resumen en el imperativo “amarás…” El que ama acompaña al amigo en los tragos amargos y no se aparta de él en la adversidad (Amicus certus in re incerta cernitur, Cicerón). En suma, el amor se manifiesta por la presencia, la identificación y el sacrificio, llega hasta lo íntimo del ser, en sentido figurado hiere y traspasa el corazón.

A diferencia del amor, la amistad conlleva reciprocidad: la dialéctica del dar y recibir. La amistad purifica de los sentimientos malintencionados, ennoblece el alma, ensancha el horizonte para encontrar detalles delicados para bien del amigo. La amistad transforma la vida al impulsarnos a la superación, proporciona una transfusión del espíritu superior a la de la sangre, cicatriza las heridas, redobla el gozo cuando se comparte y disminuye a la mitad las penas. En algunos casos impulsa a la cumbre del heroísmo como fue la gran amistad entre Damón y Pitias, que pusieron en juego su vida y llenaron de asombro a Dionisio el tirano de Siracusa: “no hay mayor amor que el que da su vida por sus amigos”. (Jo 15,13).

La amistad es un tesoro superior al de los metales más preciosos, es bálsamo de la vida y preludio de la inmortalidad. La amistad es algo maravilloso, proporciona beneficios inapreciables, conlleva el gozo de la felicidad que desafía, con el recuerdo (llevar al corazón) al tiempo y al espacio, como decía Tucídides (ktema eis aei) es un logro de la eternidad.

La amistad nace de afinidades misteriosas que a menudo sólo el inconsciente conoce. La verdadera amistad nos impulsa a una mayor comprensión de otras personas, lo cual nos lleva a hacer una breve consideración sobre la “civilización del amor”. Así lo expone el Papa Francisco en su concepción sobre la ecología integral, que consiste en el cuidado de la casa común, en la cual, en el centro está el hombre. En otras palabras, no podrá haber una ecología integral si no se cultiva la civilización del amor. Desde diversas denominaciones religiosas han impulsado esta civilización, sólo por nombrar a algunos: Mahatma Gandhi, en la independencia de la India; Martin Luther King, Jr., en la defensa de los derechos humanos; el Dr. Schweitzer, en su consagración a los leprosos y Teresa de Calcuta en su dedicación a los más pobres de los pobres. Aunque sea con un granito de arena, debemos cuestionarnos sobre lo que podemos hacer nosotros para cultivar la civilización del amor.

El gran antropólogo jesuita Pierre Teilhard de Chardin afirma de modo elocuente: “el amor es la más universal, la más formidable y la más misteriosa de las energías cósmicas”. El hombre no perecerá por falta de energéticos, sino por falta de amor. En efecto, el amor y la amistad son realidades necesarias para hacer un mundo más humano. Sin embargo, ambas virtudes se encuentran muy ausentes en nuestro ámbito. Es importante restaurar estas cualidades casi muertas, para humanizar nuestra sociedad.

En la vida es clave y decisivo el arte de amar, el cual podríamos sintetizar como el arte de las artes, en seis rasgos: en primer lugar, el amor es aprobación radical, regocijada admiración por la existencia de quien se ama, que se plasma en la gozosa exclamación, “es hermoso que existas…”. En segundo lugar, el amor es activo: quiere y procura el bien del amado, se traduce en obras, y contribuye en su felicidad. En el himno del amor de Pablo de Tarso (1ª. Cor. 15) este se plasma en 15 verbos, formas activas de las expresiones del amor.

El poder del amor se esfuerza en librar a los que se ama de todo tipo de sufrimiento y de mal: físico, psicológico, espiritual. El amor se afana en transformar lo desfigurado, en convertir en hermoso lo deforme. El amor no sólo salva y transforma lo que existe, sino que engendra y crea lo que aún no existe. La procreación humana es el modelo de este maravilloso poder que se extiende más allá de lo biológico, a lo psíquico y a lo espiritual. El amor es presencia activa y profunda, no sólo “estar con el amado”: enfrente de, junto a, o al lado de, sino ser con él, en comunicación y comunión. Finalmente, el amor anhela ser eternamente fiel, quiere crecer con el amado, aun en medio de sus crisis fomentar una fidelidad dinámica y creadora. El amor nos abre al horizonte de la trascendencia, como lo expresa magníficamente la frase de Gabriel Marcel, “amar a otro es decirle, tú no morirás”.

Los tesoros del corazón humano superan el esplendor del cosmos. En la Biblia toda la Ley y los Profetas se resumen en el imperativo “amarás…” El que ama acompaña al amigo en los tragos amargos y no se aparta de él en la adversidad (Amicus certus in re incerta cernitur, Cicerón). En suma, el amor se manifiesta por la presencia, la identificación y el sacrificio, llega hasta lo íntimo del ser, en sentido figurado hiere y traspasa el corazón.

A diferencia del amor, la amistad conlleva reciprocidad: la dialéctica del dar y recibir. La amistad purifica de los sentimientos malintencionados, ennoblece el alma, ensancha el horizonte para encontrar detalles delicados para bien del amigo. La amistad transforma la vida al impulsarnos a la superación, proporciona una transfusión del espíritu superior a la de la sangre, cicatriza las heridas, redobla el gozo cuando se comparte y disminuye a la mitad las penas. En algunos casos impulsa a la cumbre del heroísmo como fue la gran amistad entre Damón y Pitias, que pusieron en juego su vida y llenaron de asombro a Dionisio el tirano de Siracusa: “no hay mayor amor que el que da su vida por sus amigos”. (Jo 15,13).

La amistad es un tesoro superior al de los metales más preciosos, es bálsamo de la vida y preludio de la inmortalidad. La amistad es algo maravilloso, proporciona beneficios inapreciables, conlleva el gozo de la felicidad que desafía, con el recuerdo (llevar al corazón) al tiempo y al espacio, como decía Tucídides (ktema eis aei) es un logro de la eternidad.

La amistad nace de afinidades misteriosas que a menudo sólo el inconsciente conoce. La verdadera amistad nos impulsa a una mayor comprensión de otras personas, lo cual nos lleva a hacer una breve consideración sobre la “civilización del amor”. Así lo expone el Papa Francisco en su concepción sobre la ecología integral, que consiste en el cuidado de la casa común, en la cual, en el centro está el hombre. En otras palabras, no podrá haber una ecología integral si no se cultiva la civilización del amor. Desde diversas denominaciones religiosas han impulsado esta civilización, sólo por nombrar a algunos: Mahatma Gandhi, en la independencia de la India; Martin Luther King, Jr., en la defensa de los derechos humanos; el Dr. Schweitzer, en su consagración a los leprosos y Teresa de Calcuta en su dedicación a los más pobres de los pobres. Aunque sea con un granito de arena, debemos cuestionarnos sobre lo que podemos hacer nosotros para cultivar la civilización del amor.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.