El misterio espiritual de Saint-Exupéry
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El misterio espiritual de Saint-Exupéry

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El misterio espiritual de Saint-Exupéry

14/06/2019
Actualización 14/06/2019 - 1:55

La personalidad de Saint-Exupéry no ha perdido actualidad. No obstante ser notables las grandes aventuras de este pionero de la aviación, éstas quedan en segundo lugar comparadas con los escritos llenos de un humanismo espiritual inspirador para nuestro tiempo. El principito es sin duda su obra más conocida, pero no quedan a la zaga escritos como Tierra de hombres, Ciudadela, Vuelo nocturno, etc.

La aviación en su origen no era un medio de vivir una vida peligrosa, sino un instrumento para descubrir al hombre y al universo, ser un poeta del planeta. La inmensidad de los desiertos no sólo evoca un vacío. El desierto induce a la contemplación, al recogimiento, a la meditación. La soledad del desierto le da sentido a lo invisible, oculto en lo visible. En efecto, el don de ver lo invisible lleva la semilla del recogimiento religioso, en el sentido etimológico de la palabra re-ligare, relacionarse con los demás y con el ser trascendente. La tierra es un gran libro abierto. La tierra se resiste hay que abrir el surco, arrojar la semilla, admirar la planta y el prodigio del árbol con su doloroso crecimiento (Tierra de hombres: TH).

En cierto sentido, la tierra es un obstáculo y “el hombre se descubre cuando se mide con el obstáculo”. Al contrario del animal, el hombre está sumergido en la incertidumbre y en la angustia de su destino y del sitio que ocupa en el mundo. Esta es su vocación esencial y debe bregar continuamente para realizarse en plenitud. Toda vida humana es vocación. Nadie escapa a ella. Debe responder a la profunda realidad de ser llamado, lo cual exige una respuesta, un compromiso y una responsabilidad (TH).

En realidad, volar sobre la tierra, no es sólo la vocación del aviador, elevarse, levantar el vuelo, es un llamado en la vida de todo ser humano. En efecto, toda vida es una aventura, un evento riesgoso, un acto responsable en el que se juega un volado con la “muerte”. La sociedad moderna es responsable de esta “muerte prematura de Mozart”. Para Saint-Exupéry el crimen de la época moderna es matar en el hombre la vida espiritual, no se trata de despreciar el arte o de condenar el progreso técnico, sino de cultivar la grandeza de sentirse responsable. Responsable de sí y en cierto sentido del destino de los seres que nos rodean, responsable de nuestro mundo. El hombre debe esforzarse por construir una obra que perdure después de él.

El núcleo del ser humano es el nudo de sus relaciones. Por sus actos el hombre participa de una realidad que lo supera. El amor no es la dicha inmediata, sino “una red de vínculos que hacen llegar a ser… amar no es mirarse mutuamente, sino mirar juntos hacia la misma dirección” (TH). La participación, la comunicación son esenciales al ser humano, en éstos se encuentra la alegría de realizarse en plenitud.

Es menester el silencio del recogimiento para percibir los vínculos que unen a los hombres y los hacen llegar a ser. La comunión es parte de mi ser, de mi acontecer y de mi devenir. La participación, la comunicación, la comunión y el amor son fértiles. En este punto, Saint Exupéry da un salto mortal: la oración es un acto fértil, más aún, todo acto es oración si es don de sí para llegar a ser en plenitud.

Lo anterior, nos evoca a Gracian: nacimos hombres, el reto es hacernos humanos, “hoy todo ha logrado la perfección, pero ser una auténtica persona es la mayor perfección”. Esta es la vocación fundamental del ser humano: vivir humanamente es descubrir el encuentro, el diálogo y la comunión interpersonal. El encuentro no sólo se realiza con intercambios afectivos tangibles, sino sobre todo con la solidaridad, cuando se realiza bien un trabajo, cuando se ejerce con integridad una profesión. En Ciudadela, su política de la ciudad ideal, Saint Exupéry rescata la fraternidad del ideal olvidado de la revolución francesa. Ella crearía una verdadera revolución: lo gregario no puede aplastar a la persona, y la persona no puede prescindir de la sociedad. Es fundamental en el cristianismo la enseñanza llamada “cuerpo místico”, la fraternidad no puede existir sin la existencia de un Padre común (Ciudadela).

Saint Exupéry vivió una época de alejamiento de Dios, pero posteriormente sintió su nostalgia. Al final de su vida en Ciudadela, escribió: “yo me dirijo hacia Ti a la manera del árbol que se desarrolla según las líneas de fuerza de su semilla… amor y amistad se entrelazan sólo en Ti, y Tú has permitido que acceda sólo a través de tu silencio. Tú eres el nudo esencial de todas las acciones”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.