El misterio del mal
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El misterio del mal

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El misterio del mal

29/05/2020

Desde hace tiempo una fuerte corriente de optimismo recorre el mundo. Algunas visiones seductoras, como la de H. Spencer que proclamaba “la redención por el progreso”, sostienen que el mal tiende a desaparecer en proporción directa del incremento del progreso y de la educación, no se precisa que sea educación en valores.

Este optimismo es ilusorio y peligroso, ya que minimizar el poder del mal puede resultar trágico: debilita nuestro estado de alerta y vigilancia y tiende a privarnos no del complejo de culpa, sino del sentido real de culpa. Ciertamente la renovación del ser humano implica una conversión al bien, pero como base de ésta, es necesaria una seria valoración del mal.

Algunos enfoques como el pan-psicologismo, no la psicología, sino su desorbitación, suelen crear una confusión de valores y una relativización de los principios éticos. No se puede fincar el progreso humano solamente en la civilización y en el desarrollo tecnológico, sin combatir los intereses egoístas y la maldad del corazón. El mal no es sólo una amenaza, sino también un desafío. Esbocemos brevemente una reflexión sobre el carácter y las especies del mal.

Ante todo, hay que aludir a la concepción del bien. Éste se suele definir como aquello que apetece, conviene y perfecciona al ser. El mal, empero, se designa como la carencia del bien, una especie de parásito del bien. Se suele dividir el mal en: mal metafísico, mal físico y mal moral. Entre los tres existe una estrecha relación. Solamente el Ser Trascendente, Dios, tiene la plenitud del ser, carece de todo mal, pero todo lo que crea aunque es bueno, al ser creatura, no tiene la plenitud del ser.

El denominado mal físico manifiesta la creaturidad, la contingencia, las limitaciones de la naturaleza y del ser humano, entre ellas, las limitaciones del tiempo y del espacio. Calamidades de la naturaleza, enfermedades y la muerte son males físicos, no castigos de Dios. El mal moral es producido por el actuar humano cuando el dinamismo del amor se desquicia y cae en la desmesura que conduce a la infelicidad y a la desgracia. La actuación del mundo animal es guiada por el instinto, pero el ser humano, dotado de razón, debe guiarse por las normas éticas y morales. Con frecuencia el mal moral conduce al mal físico: agresiones, delitos, crímenes, o bien, a enfermedades como el sida, enfisema pulmonar, cirrosis y otros males.

Nunca como ahora el ser humano había tenido tanto poder sobre la naturaleza y al mismo tiempo tanta incertidumbre. El dominio sobre la biotecnología es un arma de dos filos. Se impone una responsabilidad prudente ya que a veces se olvida que no tenemos la plenitud del ser y que requerimos el “principio de precaución”. Por ejemplo, las hormonas sintéticas y agentes antimicrobióticos crearon el llamado caso de “las vacas locas”. La biotecnología debe conservar la biodiversidad, pues así como la erosión geólica puede acabar con la vida, se da también la erosión genética… cada especie que desapareciera sería una pérdida irreparable del tesoro genético. Así mismo, los científicos nos alertan sobre los alergógenos…

Además la cultura moderna debe ser muy sensible al mal estructural: las organizaciones jurídicas, sociales, económicas y políticas, deberían ser profundamente revisadas para que sirvan al auténtico progreso del ser humano. El periódico La Croix de esta semana, cuestiona en primera plana sobre cómo relanzar el sistema de la ONU y las instituciones económicas y financieras creadas por los acuerdos de Bretton Woods que han sido golpeados por el nacionalismo y proteccionismo de las grandes potencias. En suma, la renovación moral de la sociedad es clave para construir un mundo más humano. Las raíces del mal moral, según Von Hildebrand radican principalmente en la soberbia y la concupiscencia humana.

¿Se podría sacar algún bien del mal? K. Jaspers para explicar las situaciones límite que nos ayudan a profundizar la existencia y a acercarnos a la Trascendencia, menciona la culpa y el sufrimiento. Reconocer nuestras culpas nos impulsa a la conversión. El sufrimiento, a su vez, nos despoja de todo disfraz y nos lleva a aceptar nuestra caducidad, fragilidad, debilidad e impotencia y nos hace conscientes de nuestra necesidad de ayuda y apoyo. El sufrimiento, así mismo, tiene un efecto catártico, al purificar como un crisol los falsos valores que se esfuman como el oropel ante el fuego del sufrimiento.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.