¿Educación de género?
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¿Educación de género?

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¿Educación de género?

08/08/2019

Ha tenido una gran difusión la idea de que estamos ante una verdadera y urgente emergencia educativa, especialmente en los temas de afectividad y sexualidad. Se postulan concepciones de la persona y de la vida neutras, que reflejan una visión parcial del ser humano. Estos enfoques han contribuido a la desestructuración de la familia y a suprimir las diferencias entre el varón y la mujer, supuestamente efectos de un condicionamiento histórico-cultural. Recientemente las teorías de género han extendido su campo de aplicación a la posibilidad de que los individuos determinen sus propias inclinaciones sexuales prescindiendo de la reciprocidad y complementariedad de la relación hombre-mujer, e igualmente, de la finalidad procreativa de la sexualidad. Se postula una separación radical entre género y sexo y le dan prioridad al primero sobre el segundo.

Ante la imposición de estas tendencias queremos comentar brevemente el documento “Varón y mujer los creó” de la Congregación para la Educación Católica. Esta importante función educativa no puede ser aislada de la educación en el amor, como lo señala el Vaticano II: una positiva y prudente educación sexual que corresponda al propio fin, al propio carácter, y a la diferencia de sexo. En efecto, la antropología cristiana considera al sexo como un elemento básico de la personalidad, un propio modo de ser, de manifestarse, de comunicarse, de experimentar el amor humano, como parte integrante de la persona y por ende del proceso educativo.

La teoría de género habla de educar en la libertad. Claro que no se pretende educar en la esclavitud, pero la libertad debe ser guiado por los valores: si se prescinde de los valores ya no se trataría de libertad, sino de libertinaje. Por lo demás, en la niñez no puede darse plena libertad, por esta razón el Derecho propone una sanción mucho más leve a los “menores infractores”.

No se puede educar en contra de la naturaleza de las cosas. El connotado autor Ignace Lepp en su Psicoanálisis del amor (p. 97) afirma rotundamente que “desde su despertar, el instinto sexual tiende normalmente hacia una persona del otro sexo”. De la misma opinión, entre otros muchos autores, es el gran médico y psicoanalista Oswald Schwarz afirma que nuestra vida sexual no comienza en la pubertad, sino que se inicia de hecho, a partir de la primera infancia. Asimismo, Schwarz sostiene que las relaciones sexuales operan una transformación completa de la individualidad del hombre y de la mujer.

Otra autora eminente Inès Pélissié du Rausas, en La Pudeur, le désir et l’amour, subraya que en el sexo radican las notas características que constituyen a las personas como hombres y mujeres en el plano biológico, psicológico y espiritual, y esta diversidad fundamenta la complementariedad. La experiencia de la complementariedad aparece particularmente viva en la adolescencia, a la edad en que se toma conciencia del cuerpo, cuando se da el desarrollo de los caracteres sexuales de la persona. Además, la alteridad es condición del amor: sin la sexualidad no habría una diferenciación suficiente entre los seres para que el uno tienda hacia el otro de modo radical, el amor es imposible sin la alteridad que permite la sexualidad.

No es ajeno a este tema la consideración sobre la homosexualidad. Ignace Lepp no la califica con términos negativos, como una acción aberrante, sino con el término parafilia que significa amor a-natural, o bien, al margen de lo normal. En efecto, ya desde la antigüedad Ovidio en la Metamorfosis habla de que “la pasión me da un consejo, la razón me da otro, yo veo y apruebo lo mejor, pero hago lo peor”. Muchos siglos después Freud en Cinco lecciones sobre el psicoanálisis señala el conflicto que contrapone los deseos con los “aspectos morales y estéticos del individuo”.

En suma, la propuesta conclusiva del documento que comentamos enfatiza que “es evidente que sin una aclaración satisfactoria de la antropología sobre la cual se base el significado de la sexualidad y la afectividad, no es posible estructurar correctamente un camino educativo que sea coherente con la naturaleza del hombre como persona, con el fin de orientarlo hacia la plena actuación de su identidad sexual en el contexto de la vocación al don de sí mismo. Y el primer paso de esta aclaración antropológica consiste en reconocer que también el ser humano posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manejar a su antojo”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.