Victor Manuel Perez Valera

Cuaresma y pandemia: tiempo de reflexión

La reflexión de la Cuaresma en tiempos de pandemia nos demuestra palmariamente la realidad de las crisis que estamos viviendo.

La cuaresma es una importante época del año que nos exige autoexamen y autocrítica. Algunas personas pretenden cambiar muchas cosas del mundo en que vivimos, pero son pocos los que buscan comenzar los cambios por uno mismo. Para que se verifiquen los cambios en el tiempo de crisis que estamos viviendo hay que comenzar por una reorientación del espíritu, por procurar un humanismo integral abierto a la transcendencia.

Una característica importante de la Cuaresma es compartir, el tiempo, los bienes materiales y espirituales. No se posee algo verdaderamente si no se comparte. La Cuaresma nos pone de frente a nuestra caducidad y nos impulsa a buscar caminos nuevos que nos conduzcan a superar el egoísmo, tanto individual como social. Se impone una actitud activa, una donación personal, adornada de lo que puede embellecer y purificar el don: magnanimidad, desinterés, sacrificio para que el regalo muera en nosotros a fin de que viva en el otro.

La relación entre ausencia de religión y deshumanización la denuncia Nietzsche de modo certero: "las aguas de la religión se retiran dejando en pos de sí lagunas y pantanos; las naciones se separan otra vez con odio encarnizado… las ciencias trituran y disuelven las más firmes creencias… todo prepara el camino a la barbarie inminente… se alzan ahí, es cierto, enormes fuerzas, pero son fuerzas salvajes, primitivas, carentes en absoluto de toda misericordia".

Otros filósofos del siglo pasado han descrito también con rasgos sombríos, la decadencia del ser humano: subrayan el declive, la desintegración, el desmoronamiento y la decadencia espiritual de nuestro tiempo. Heidegger hablaba de que a ninguna época el ser humano se le había presentado como un ser tan conflictivo, para Sartre la vida es un absurdo y para Marcel el ser humano se ha empantanado en el "problema" del tener, y se ha olvidado del "misterio" del ser. Asimismo, para Ortega y Gasset el sistema de valores ha perdido su vigor, su evidencia y su atracción.

También los psicólogos humanistas lanzan un grito de alarma. Viktor Frankl en El hombre en busca del sentido, Ph. Lersch en El hombre en la actualidad y E. Fromm en El miedo a la libertad. Asimismo, otros grandes escritores han cargado las tintas sobre la decadencia del ser humano: Huxley en su Mundo feliz y Orwell en la Rebelión en la granja y en su sátira 1984. En esta, se denuncia con vigor el totalitarismo dictatorial, así como el imperialismo "democrático". Dominan en nuestro mundo la falta de interioridad: el libertinaje se confunde con la libertad, esta se cuestiona, la vida humana es un juego de marionetas, no existe la responsabilidad: algunas aberraciones humanas se postulan como derechos humanos.

En la filosofía de la religión se alude a dos tipos de experiencias: experiencias abismales y experiencias de plenitud. Las experiencias abismales tienen carácter negativo: catástrofes naturales, fracasos, enfermedades, epidemias. Jaspers las denomina "situaciones límite", que como las experiencias abismales ayudan a profundizar la existencia y acercan a la frontera límite de la Trascendencia.

La reflexión de la Cuaresma en tiempos de pandemia nos demuestra palmariamente la realidad de las crisis que estamos viviendo: la tecnología no resuelve las grandes injusticias económicas, ni las lacerantes desigualdades sociales. La misma revolución científica con el descubrimiento de las vacunas debe completarse con la revolución social de una distribución más equitativa.

En busca de estos cambios, la semana pasada el New York Times publicaba un artículo sobre el surgimiento de nuevas profecías y concluía que algunas se habían equivocado, como la de Jeremíah Johnson que predecía el triunfo de D. Trump y el renacimiento espiritual de los Estados Unidos.

Estamos acabando con el planeta, pero no habría que acudir a las grandes profecías catastróficas de Nostradamus y de san Malaquías sobre el fin del mundo, más bien, deberíamos dirigir nuestra mirada a las dos notables Encíclicas del Papa Francisco, la Laudato si' y la Fratelli tutti que nos señalan el rumbo hacia una renovación de nuestra casa común y de sus habitantes. Independientemente de la afiliación religiosa, de la fe o de la increencia, estos documentos nos indican el camino que debemos emprender, con valor y audacia, para superar las crisis de nuestro tiempo.

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