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Breve esbozo sobre el sentido del sufrimiento

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Breve esbozo sobre el sentido del sufrimiento

25/09/2020

Para comprender el sentido del misterio del sufrimiento, conviene ante todo, señalar la existencia de diferentes aspectos del mal en el ser humano: el mal metafísico, el mal físico y el mal moral. Estos tres males, aunque diferentes, se relacionan entre sí. La creaturidad, la contingencia del ser humano, limitado en el tiempo y en el espacio se debe al mal metafísico. El mal físico se revela en la naturaleza humana: exteriormente por la apariencia es un ser próspero, fuerte y autosuficiente, pero interiormente es pobre, necesitado, vulnerable, al borde de la desventura, inclinado a la miseria del sufrimiento físico y psicológico. Esto se debe a que el hombre es dinámico e inacabado. Job lo expresó con acierto: “corto de días, harto de inquietudes”.

En efecto, el ser humano se asemeja al Fausto de Gothe: es inquieto; la quietud es como una muerte, la inquietud da vida, pero a la vez desgasta, consume, desmorona. El hombre es el único ser que tiene su ser como tarea, ser más humano. El animal no puede desanimalizarse, pero el hombre si puede deshumanizarse y hasta volverse más bestia que las bestias. Esa es la condición humana. Del mal moral, a su vez, se deriva el mal uso de la libertad humana que nos convierte en vulneradores de los demás.

Viktor Frankl en su célebre libro El hombre doliente, analiza en el ser humano los valores de acción (homo faber), los valores de relación (homo amans) y los valores que surgen de una sana actitud ante el sufrimiento (homo patiens). Se vive el sentido de la existencia realizando los valores por esos tres caminos. Pero, aunque parezca extraño, los valores del padecer son superiores en el ámbito ético.

En realidad, casi siempre se puede sacar bien del mal. Del sufrimiento se pueden extraer vivencias positivas y enriquecedoras, como profundizar nuestro sentido de fragilidad, caducidad y desamparo. El dolor físico puede ser una llamada de alarma para revisar nuestro modo de vida. Así mismo, la enfermedad, entre otros valores, nos puede hacer humildes: “la humildad no es una virtud despreciable, especialmente en un mundo en donde la temeridad y la presunción son un estilo de vida”. (A. Heschel).

El sufrimiento puede suscitar una actitud muy sublime, la compasión, que además de ser un bálsamo para el hombre doliente, nos hace trascendentes, salir de nosotros mismos y preocuparnos por los demás. Esto incluso puede llevar al heroísmo: en algunos casos como en la pandemia, la compasión puede conducir a la pasión, al sufrimiento.

Para Max Scheler el sufrimiento es una muerte en pequeño, dolores de crecimiento similares a los “dolores del parto” que son nobles porque dan vida. Por lo demás, de modo misterioso, el sufrimiento está asociado al amor: el principal mandamiento exige el amor al Ser supremo con todo el corazón, con toda el alma. Amor que supera todas las aflicciones, dolores y sufrimientos. En este caso, el sufrimiento más que una teodicea o justificación de Dios, sería una antropodicea, justificación del hombre. Como el amor de compasión, el sufrimiento sería la piedra de toque de la grandeza del hombre.

Para Karl Jaspers, el hombre es un ser en situación (no en sentido espacial) y de gran importancia son “las situaciones límite”, que incluyen el sufrimiento. Estos purifican al ser humano como el fuego depura al oro en el crisol.

Ahora bien, es importante reflexionar sobre las diferentes formas de asumir el sufrimiento. La rebeldía intensifica el sufrimiento y conduce al agotamiento y a la desesperación; la ansiedad, también intensifica el sufrimiento y lleva al abatimiento; el aislarse y replegarse en el sufrimiento, encierra en sí mismo y no acepta la ayuda ni el consuelo; el culpabilizarse y hacerse víctima no ayuda a crecer; en cambio, la actitud madura impulsa a luchar contra el sufrimiento y aceptarlo si es inevitable, no de modo estoico, sino buscando otros aspectos positivos de la vida.

Un buen ejemplo de lo anterior es el de Giovanni Papini, su situación era deplorable. Él escribe: “Perdí el uso de mis piernas, los brazos, la mano y me quedé casi ciego y casi mudo… con todo, no es poca cosa lo que me ha quedado y mucho mejor… salvé, aun a precio de combates cotidianos, la fe, la inteligencia, la memoria, la fantasía, la pasión por meditar y razonar… también salvé el afecto de mis familiares y amigos: la voluntad de amar, la curiosidad intelectual y el espíritu agresivo”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.