Ante el confinamiento, el misterio del ser humano
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Ante el confinamiento, el misterio del ser humano

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Ante el confinamiento, el misterio del ser humano

24/06/2020

Ante el aislamiento a que nos ha obligado el coronavirus, surgen muchos cuestionamientos y reflexiones sobre nuestro ser y quehacer en el mundo. Entre estos, es muy importante la pregunta sobre el sentido de la vida, el para qué de nuestra existencia, y más que en torno a nuestro origen, sobre nuestro destino.

Una interrogante esencial, definitiva, gira en torno a la pregunta ¿Qué es el hombre? No podemos quedar satisfechos con la definición aristotélica de género y especie, sino buscamos más bien una descripción más profunda, existencial. Ante todo, hay que aceptar que el ser humano es un misterio. Ya desde el siglo III a.C., en el famoso coro de Sófocles en su drama Antígona proclamaba: “hay muchas cosas misteriosas, pero ninguna más misteriosa que el hombre”. El coro va exaltando cómo el hombre vence todos los obstáculos que se le presentan, pero concluye: “de sólo un mal no escapa, de la muerte”. En efecto, uno de los grandes misterios del ser humano es el misterio de la muerte, nuestra condición mortal podría destacarse como el misterio de los misterios.

Ahora bien, más que preguntarnos ¿quién soy? Deberíamos preguntarnos ¿quién puedo llegar a ser? “El yo no es algo que es, sino algo que será, una tarea” (Kierkegaard). Vivimos apresados en las coordenadas del espacio y tiempo: ahora en el espacio más reducido de la sana distancia, sin embargo, más radicalmente estamos inmersos en el tiempo: nos preguntamos angustiados ¿cuándo terminará esta pandemia?

Paradójicamente el tiempo es la única propiedad que todos poseemos, más como es elusiva, nunca la poseemos, puesto que sobre todo en este tiempo, consideramos que la muerte pende de un hilo, como la espada de Damocles.

Fuimos “arrojados” a este mundo sin pedirlo, somos un “pro-yecto”, nuestra existencia resulta un encargo, un préstamo. ¿Quién, pues, soy? Un enigma, fuente de estupor, un misterio. ¿Soy lo que no soy? O más bien, ¿lo que yo soy no es mío? Esta paradoja puede entenderse mejor si consideramos nuestra condición itinerante. En el pensamiento hebreo, del corazón (leb), el núcleo de nuestra personalidad, deriva el camino (derek), como un símbolo de gran importancia. Ser es estar en camino, somos caminantes y peregrinos, en continuo viaje, podemos detenernos en el espacio, pero no en el tiempo.

Estamos en tránsito por este mundo, pero ¿hacia dónde vamos? ¿en qué dirección marchamos? No tendría sentido el camino si condujera a la nada. Entonces, la meta, el fin y la culminación del camino, no sería ni meta, ni fin, ni culminación. A este respecto, el jesuita Roger Troisfontaines concibe la muerte como un doble fin: fin ruptura y fin plenitud. La muerte es separación, ruptura de nuestras posesiones, de nuestro cuerpo, de nuestros seres queridos. Mas la vida está llena de cambios que son a la vez en cierto sentido ruptura y plenitud.

A un detrimento exterior, de lo corporal, puede corresponder un incremento de lo interior, de lo espiritual, una apertura a nuevas dimensiones, a mayor profundización del sentido de la existencia. Nuestra existencia está llena de cambios, que como las etapas de la vida, son a la vez ruptura y plenitud, nuevas experiencias, pérdidas parciales, nuevas adquisiciones y nuevos logros.

Las frecuentes muertes-nacimientos que vivimos a lo largo de la vida nos inducen a pensar en la muerte como nuevo nacimiento. El cuerpo es como una matriz que tiene que romperse para dar lugar a una nueva vida. Así, se manifiesta el otro aspecto del fin-plenitud: del paso del tiempo a la eternidad, posesión plena de una vida interminable (Boecio). Esto no es una prueba de la existencia del más allá, para ello existen argumentos filosóficos, creencias religiosas y desde la ciencia, el análisis serio y profundo de las experiencias de muerte cercana (Pim van Lommel).

Finalmente, debemos subrayar que la muerte tiene una función crítica, purificadora, en la vida individual y social. En la tauromaquia, el momento cumbre es cuando el torero entra a matar, se le llama la “hora de la verdad”. Para el hombre, la muerte es la hora de la verdad, de la desnudez total, se arrojan las máscaras y todo lo postizo y lo falso, toda la escoria se evapora en el crisol de la muerte. Esta nos impulsa a una vida auténtica y sincera: a relativizar la acumulación de bienes y las funciones sociales, a vivir a fondo la solidaridad y a disfrutar la seriedad del momento y la tarea presente.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.