Opinión Victor Manuel Perez Valera

Amor y amistad para sobrellevar el confinamiento

El confinamiento suele producir roces, fricciones, desavenencias y conflictos que pueden ser suavizados por el bálsamo del amor y la amistad.

El amor, procurar el auténtico bien de una persona, es la virtud más eminente. Teilhard de Chardin lo expresaba magníficamente: "el amor es la más universal, la más formidable y la más misteriosa de las energías cósmicas". La humanidad no perecerá por falta de energéticos ni de medicamentos, sino por falta de amor. Recordemos que en griego la areté significa virtud, excelencia, acción maravillosa. Con la areté se designaba a las personas que destacaban sobre la masa, a los líderes que descollaban por sus proezas. Esta excelencia en el carácter es un poder creador y conservador de bienes que produce muchos y grandes beneficios.

Ahora bien, la misma lengua griega manifiesta la riqueza de los diversos matices del amor. El concepto eros se emplea, sobre todo, para designar el amor entre los sexos, el sustantivo storge designa el amor a la patria, el amor entre padres e hijos, y una palabra derivada de este concepto philostorge, se utiliza en la Carta a los Romanos, que algunos traducen como amor fraternal.

También se usa frecuentemente la palabra philía que conlleva una carga afectiva especial: mirar al otro con respeto, con afectuoso reconocimiento, con especial aprecio: suele traducirse como amistad. En el evangelio se utiliza para expresar, en contraste con la servidumbre (doulos), el afecto que tiene Jesús de Nazaret por sus discípulos. (Jn 15, 15)

Ahora bien, la palabra más común para designar el amor, no tanto en el griego clásico, sino en el Nuevo Testamento, es agápe como un importante imperativo religioso, se utiliza en más de cien ocasiones y su aplicación se extiende más allá del prójimo, los seres más cercanos, a los conocidos, a los compañeros de trabajo, a todas las personas con quienes nos encontramos. Agápe es una conquista que brota de la voluntad y surge del corazón, del centro de nuestra personalidad: es una inclinación benevolente que germina en el espíritu. La expresión agápe en la Primera Carta de Juan (1Jn 4, 1-7) afirma rotundamente que Dios es amor. En relación a esta frase se proclama que nunca se ha dicho nada más grande ni de Dios, ni del amor.

En el "Himno del amor" (1Cor 13) se especifican las características de esta excelente virtud. El amor es comprensivo, paciente, no es vengativo, no deja llevarse por impulsos agresivos. No se trata de ser indiferente a los maltratos, ni aceptar las agresiones. Ser tolerantes con los defectos de otros no es una debilidad, sino una fuerza. El amor es afable, apacible, benigno: incluye el servicio alegre, el dar y, sobre todo, el darse, conlleva un toque de dulzura y de delicadeza. El amor no tiene envidia: no se molesta o entristece por el bien del otro, ni ambiciona los bienes de los demás. Los celos son una patología que envenena el amor. El amor no es maleducado: trata con cortesía, respeto y amabilidad, estas no pueden considerarse virtudes menores, sino un hermoso ingrediente que embellece la vida diaria. El amor no es arrogante sino humilde: el amante nunca supera el asombro de ser amado: "Porque me amaste, me hiciste amable", escribía Agustín, el filósofo de Hipona. El amor no enfatiza demasiado sus derechos y privilegios, sino más bien, tiene presente sus deberes y obligaciones. El amor no se irrita ni se exaspera: domina las situaciones difíciles para no caer en la violencia interior, ni estar a la defensiva. El amor no es rencoroso, no lleva cuentas del mal: sabe perdonar, lo cual es una experiencia liberadora. El amor se regocija con la verdad, aprecia la bondad y la felicidad que descubre en los demás, procura ser transparente y llevar una vida alegre.

Finalmente, en este "himno" se expresan tres grandes paradojas: Disculpa sin límites (reconoce los defectos de los demás, pero no los publica). Confía sin límites: supera las sospechas y las suspicacias. Espera sin límites: alienta la maduración del ser amado y ve el futuro con optimismo; esto incluye el sentido de la muerte: "amar a alguien es decirle tú no morirás", exclamaba Gabriel Marcel.

No podemos soslayar, en un ámbito más amplio, la "amistad política" de los jefes de Estado que deben ser tolerantes de otras opiniones y no denostar a los adversarios políticos. En suma, el confinamiento suele producir roces, fricciones, desavenencias y conflictos que pueden ser suavizados por el bálsamo del amor y la amistad, a fin de que, mediante la dedicación y el esfuerzo, brille en la familia y en la sociedad la armonía y la paz.

COLUMNAS ANTERIORES

Día del maestro: la educación como ejercicios espirituales
El trabajo y la dignidad humana

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.