Victor Manuel Perez Valera

La arbitraria expulsión de los jesuitas en Nicaragua

Estos actos han sido calificados por un grupo de expertos en derechos humanos conformado por las Naciones Unidas como “crímenes de lesa humanidad”.

El 19 de agosto de este año, el gobierno nicaragüense confiscó la residencia Villa del Carmen en donde vivían los jesuitas que trabajaban en la Universidad Centroamericana (UCA). La policía exigió a los jesuitas que abandonaran la propiedad, puesto que pertenecía al gobierno, no obstante que los religiosos mostraron el título de propiedad. El desalojo fue tan precipitado que no les dio tiempo a los moradores de llevarse sus pertenencias personales. Este fue un nuevo acto en contra de la justicia y el respeto de los derechos humanos, a fin de acallar las voces que se levantan para apoyar la lucha por un país donde se respete la libertad y estos derechos.

Entre otras muchas organizaciones los provinciales de la Compañía de Jesús de América Latina y del Caribe manifestaron su compromiso y solidaridad con la UCA. Le pedían al gobierno nicaragüense que se abriera a un diálogo basado en la verdad, en la libertad y en la garantía de una educación de calidad para el país. Siguiendo el mensaje del Papa Francisco que busca una nueva forma de poder en la Iglesia, el poder caminar juntos sin distinción de clases sociales o eclesiales, siempre pensando o soñando en construir un mejor futuro social.

También las 30 universidades de educación superior confiadas a la Compañía de Jesús en América Latina (AUSJAL), respaldaron a la provincia centroamericana de los jesuitas, al personal de la universidad, alumnos y familiares de la UCA de Managua.

Previamente, el 2 de junio de 2018 la Compañía de Jesús denunció que el rector de la UCA, José Alberto Idiáquez, recibió amenazas de muerte, y por consiguiente, su vida estaba en peligro: se responsabilizaría al gobierno de Nicaragua de cualquier agresión o atentado al rector. La UCA presentó un manifiesto en España en solidaridad con el pueblo nicaragüense suscrito por académicos jesuitas de Deusto en Bilbao y de la Universidad de Loyola en Andalucía sur.

El día de ayer se dio un paso más, el gobierno de Ortega declaraba “la expulsión de todos los jesuitas de Nicaragua”. Estos actos han sido calificados por un grupo de expertos en derechos humanos conformado por las Naciones Unidas como “crímenes de lesa humanidad”. Por consiguiente, se pide a la pareja presidencial que cese la represión, que acepte una búsqueda de solución racional en la que impere la verdad, la justicia, el diálogo, el respeto a los derechos humanos y el estado de derecho, también se pide el respeto a la libertad de los jesuitas y de las personas que colaboraron con ellos. Ante estos atropellos, se han recibido innumerables apoyos y muestras de solidaridad.

El pretexto que aducen estos gobiernos populistas y dictatoriales es que interpretan el pensamiento y la voluntad del pueblo. Sobre este punto, el Papa Francisco en su Encíclica Fratelli tutti hace esta profunda reflexión: “hay líderes populares capaces de interpretar el sentir de un pueblo, su dinámica cultural y las grandes tendencias de una sociedad… Pero deriva en insano populismo cuando se convierte en la habilidad de alguien para cautivar, en orden a instrumentalizar políticamente la cultura del pueblo, con cualquier signo ideológico, al servicio de un proyecto personal y de su perpetuación en el poder… Esto se agrava cuando se convierte, con formas groseras o sutiles, en un avasallamiento de las instituciones y de la legalidad”. (Fratelli tutti, 159).

Se podría sanamente interpretar esta reflexión con la expresión de que no es lo mismo servir al pueblo que servirse del pueblo. Es justo que el gobernante tenga sus propias convicciones, pero no debe cerrarse a las críticas y cuestionamientos razonables, que lo convertirían en un gobierno intolerante y dogmático que rechaza inexorablemente las posturas diferentes. De estas posturas al fanatismo solo hay un paso, que puede caer en el nefasto ideal de “el Estado soy yo”, expresión de Luis XIV, “el rey sol”, modelo del despotismo ilustrado.

Para adquirir fuerza los gobiernos populistas se rodean de pequeños partidos, que no necesariamente piensan como ellos, pero que reciben diversos tipos de beneficios políticos. La oratoria populista, alimentada con mentiras y calumnias, es en cierto sentido “seductora” y no fácil de vencer. Otra fuerza de los gobiernos populistas, de no poca importancia es, como pasó en Polonia con Jaroslaw Kaczynski, que buscan autoritariamente eliminar la independencia del poder judicial o dominarlo. Finalmente, conviene señalar que estos gobiernos suelen ganarse el apoyo de las fuerzas armadas. Esto es lo que está pasando en Nicaragua y merece un completo rechazo. La expulsión de los jesuitas es una de las arbitrariedades en contra de la Iglesia católica: sacerdotes, obispos y religiosas que defienden los derechos humanos.

COLUMNAS ANTERIORES

Jesucristo el Logos: Logoterapia espiritual
En el país de los eternos hielos

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.