Victor Manuel Perez Valera

El origen de la vida humana y la Bioética

El Dr. Jérôme Lejeune, el padre de la genética moderna, explicó que cada nuevo ser concebido tiene su propio ADN y desde los dos meses ya cuenta con manos, pies, cabeza, cerebro, todo está en su sitio.

En este escrito comentaremos brevemente un informe presentado ante el Senado de los Estados Unidos por el Dr. Jérôme Lejeune, una de las más reconocidas autoridades en genética del mundo científico. Lejeune fue profesor de genética fundamental en la Universidad René Descartes de Paris y director de investigación en el Centro Nacional de Investigación Científica. Destacó especialmente en el estudio del cromosoma humano. Recibió el premio Kennedy y la medalla William Allen Memorial, primera distinción en genética del mundo. Además, fue miembro de la Academia de Artes y Ciencias.

El monje agustino Gregor Mendel, por sus experimentos a mediados del siglo XIX, es considerado el padre de la genética, mas a Jérôme Lejeune se le podría reconocer como el padre de la genética moderna. En 1957 estudió profundamente las radiaciones atómicas; en 1959 descubrió la causa del síndrome de Down (Trisomía 21). Este descubrimiento fue publicado en la revista Nature.

En 1965, Lejeune fue nombrado jefe de servicio citogenético del Hospital Necker de niños enfermos (miles de pacientes). Era sorprendente su amor a la vida y a sus pacientes. Convencía a los padres de sus enfermos, que los niños con enfermedades mentales aman la vida y a los que los cuidan.

En el informe mencionado se habla del vínculo material, el filamento molecular del ADN, de aproximadamente un metro de largo, que se divide, en la especie humana, en 23 fragmentos cuidadosamente enrollados y protegidos, se trata del cromosoma. En efecto, al unirse los 23 cromosomas del padre y de la madre tenemos toda la información genética necesaria y suficiente que pueden manifestar todas las cualidades innatas del nuevo individuo. Este nuevo ser comienza a expresarse en el mismo instante en que es concebido. Los cromosomas son las tablas de la ley de la vida, y cuando se da en el nuevo ser, se expresa concretamente su constitución personal. Es asombroso que este sustrato material podría caber perfectamente en la punta de una aguja. Todavía más asombroso es que cada nuevo ser concebido es único e irremplazable, con la excepción de los gemelos idénticos.

Conforme a esta demostración empírica, añade Lejeune, el óvulo fecundado se divide normalmente en dos células, una de ellas vuelve a dividirse de nuevo en el interior de su bolsa protectora. A los dos meses de edad el ser humano mide, desde la cabeza a los pies menos de un dedo pulgar, pero en él está ya todo: manos, pies, cabeza, cerebro, todo está en su sitio. Su corazón lleva latiendo un mes. El informe concluye afirmando que, con la fecundación, un nuevo ser viene a la existencia… La condición humana del ser, desde su concepción hasta el final de sus días, no es una afirmación metafísica, sino simplemente una verdad experimental.

Por lo anterior el Dr. Lejeune sufrió las presiones externas ejercidas por la sociedad permisiva y fue rechazado por alguno de sus colegas. Su ideal se concretó en sus lecciones de bioética que se pueden resumir fundamentalmente en siete apartados: 1) La misión del médico y del científico es consagrarse al servicio de sus pacientes. 2) La vida de todo paciente es valiosa por ser persona, independientemente de las circunstancias que lo rodeen. 3) El científico debe combatir la enfermedad. No es un triunfo, sino una cobardía, impulsada por la desesperanza, deshacerse de los enfermos. 4) Las acciones de los médicos y científicos no son ajenas a la Ética. 5) La ciencia debe estar al servicio de la persona y no al revés. 6) Los límites de la ciencia son el respeto a las leyes de la naturaleza. 7) Violar las leyes de la naturaleza es algo muy grave, Dios puede perdonarlo, el hombre en ocasiones, pero la naturaleza, como Némesis, no perdona jamás.

Derivado de lo anterior, podemos concluir que los conocimientos científicos sobre el recién concebido, en la primera fase de su existencia unicelular nos dan la certeza de que se trata de un nuevo ser humano, diferente y distinto a sus padres. El neo-concebido mantiene en su crecimiento evolutivo la unidad ontológica, sin saltos cualitativos.

Por consiguiente, no se debe hablar de “persona en potencia”: las personas son siempre un acto, la personalidad es la estructura intrínseca que permite su desarrollo. Finalmente, como sostiene Robert Spaemann (Personen, Versuche über den Unterschied, zwichen “etwas” und “jemand”) existe un solo criterio para ser persona, la pertenencia biológica a la especie humana. (Cfr. Livio Melina, El embrión humano).

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