México el 2 de julio
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México el 2 de julio

20/06/2018
Actualización 20/06/2018 - 10:15

No pretenderé jugar al adivino, así que no hablaré de probabilidades, de encuestas, de composición del Congreso ni de qué estado se llevará cada quien. No sé cómo queden las alcaldías ni los municipios en lo que quizá sean las elecciones más numerosas de la historia.

No sé tampoco cómo le harán los ciudadanos en las casillas para contar millones de votos dada la magnitud de la elección y la complejidad de la misma. No sé, pero espero que el 1 de julio cada quien vote por quien le parezca mejor candidato y enarbole de mejor manera su visión de país.

Sí sé, en cambio, que el 2 de julio la enorme mayoría de los mexicanos seguiremos viviendo en este país quien sea que haya sido elegido gobernante. Suena trivial, no lo es tanto. Parece que hoy todos estamos en campaña, ya sea a favor de alguien o en contra de otro. Y en ese ánimo electoral nos envolvemos en la bandera del candidato o del partido que sea y se está dispuesto a defender lo indefendible incluso a costa de los propios principios. No basta envolvernos en ese emblema patrio, no basta disentir de los demás. Hay que agredir.

Dicen los que saben que estas campañas han estado aburridas, el puntero siempre ha estado arriba y los otros dos pelean por un lejano segundo lugar. Lo curioso es que, a pesar del poco movimiento en las preferencias electorales, el entorno está lleno de encono y crispación. Y no me refiero a la situación de seguridad del país, que sin duda es alarmante. Hablo del enojo que nubla cualquier posibilidad de disenso, de la nula capacidad de tener un diálogo con alguien con quien no se está de acuerdo. Hablo de la imperiosa necesidad de agredir y descalificar, sin considerar siquiera que del otro lado de la conversación —o del tuit— pueda haber argumentos válidos y razonables. Cada quien usa sus datos para sostener sus propias opiniones.

Mantenemos diálogos de sordos en los que uno sólo quiere escuchar a quienes están de acuerdo para validar los propios puntos de vista, pretendiendo ignorar que las historias siempre tienen más de una versión. Las redes han sacado a relucir una parte horrible de muchos de sus usuarios. La capacidad de agredir desde el anonimato y el envalentonamiento de insultar a distancia son reveladoras de la verdadera calidad de las personas. ¿Civismo? ¿Cortesía? ¿Para qué presentar argumentos si es más fácil agredir, calumniar y descalificar?

Sí, así son las redes. No hay que llamarse a engaño ni a ofensa. Pero no porque así lo sean deja de ser revelador de quiénes somos realmente.

Las campañas son el momento preciso para exigir, para cuestionar, para hablar de propuestas, para discrepar. Es importante tener la capacidad para dialogar precisamente cuando no se está de acuerdo. No sólo es importante, es necesario.

Si por alguna razón alguien discrepa de alguna propuesta de AMLO, entonces implica que eres neoliberal (que se usa a manera de insulto sin que nadie entienda bien a bien lo que significa) o de tal universidad o de cierto estrato socioeconómico, lo cual, por razones que no logro entender, te descalifica automáticamente para tener una conversación. Pero pasa lo mismo en cualquier sentido. Si se sugiere, por ejemplo, que esta administración ha logrado cifras récord en la creación de empleo formal, automáticamente uno se convierte en porrista del régimen, en insensible ante las necesidades de empleo de la población y seguramente corrupto en las siguientes dos iteraciones.

Parece ser que sólo estamos dispuestos a tener conversaciones para escuchar a alguien que nos dé la razón. Preguntamos no para oír los puntos de vista del otro, sino sólo para validar los nuestros.

Este sesgo nos puede llevar a tomar decisiones equivocadas de política económica para luego sorprendernos de que no den los resultados deseados. Si todo el plan de gobierno, de quién sea, está pensando en un país con crecimiento mediocre, obviamos los grandes logros de desarrollo en el norte y centro del país y pasamos por alto las deficiencias estructurales del sur. Si pensamos que México es un país pobre —a diferencia de un país en el que hay mucha pobreza— tomaremos decisiones equivocadas incluso para atender el tema que se pretende resolver. Si menospreciamos cualquier logro de otra administración, sólo porque vino de alguien más, estaremos desandando los pasos andados. Si pensamos en México sólo con miras a seis años, no habrá un solo proyecto de país que funcione.

Los mexicanos seguiremos aquí el 2 de julio, gane quien gane. La única manera de avanzar será reconociendo los logros previos —independientemente del liderazgo bajo el cual se hayan dado—, pero sobre todo será importante escuchar. Escuchar los reclamos sin descalificaciones preconcebidas; oír las opiniones distintas; abrir las mentes para ideas diferentes a las propias. Ojalá que al final de las campañas regresemos a una mejor versión de nosotros mismos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.