Innovación por los suelos
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Innovación por los suelos

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Innovación por los suelos

07/02/2018
Actualización 07/02/2018 - 12:01
columnista
Valeria Moy
Peras y Manzanas

Los pasados 2 y 3 de febrero, la Asociación de Estudiantes Mexicanos en la Universidad de Harvard llevó a cabo una serie de conferencias de temas diversos sobre México. En uno de los paneles se habló del ecosistema emprendedor en el país, sus limitaciones —como la falta de fondeo— y algunas oportunidades —como un apetito cada vez mayor por parte de los inversionistas—. En algún momento, uno de los panelistas dijo que los mexicanos éramos emprendedores e innovadores por naturaleza. Seguramente todos hemos escuchado esa frase en alguna u otra versión “los mexicanos son muy creativos”, “somos muy ingeniosos”. Dar el brinco del ingenio a la innovación —y también de la naturaleza a la necesidad— me parece un poco exagerado, así que en este artículo me permito presentar los datos sobre innovación que publicó Bloomberg en un estudio reciente.

El índice de innovación de Bloomberg considera siete variables: el gasto en investigación y desarrollo como porcentaje del PIB; el valor agregado de las manufacturas; la productividad; la densidad de alta tecnología (medida como el número de empresas locales en sectores como aeroespacial, hardware, software, energía renovable, entre otros); eficiencia en el sector terciario (estudiantes inscritos en universidades y el porcentaje de personas con este grado en la fuerza laboral); concentración de investigadores; y patentes registradas. A partir de esas variables, elabora una clasificación de los 50 países más innovadores.

Los primeros lugares quizá no sorprenden. Corea del Sur, Suecia y Singapur, en ese orden, encabezan el índice. Los siguen Alemania, Suiza, Japón, Finlandia, Dinamarca, Francia e Israel. Estados Unidos salió de los diez primeros lugares y ahora ocupa la posición número 11. Malta, Letonia, Serbia, Ucrania y Marruecos están más abajo en la lista, pero alcanzaron lugar en el grupo de los cincuenta.

México no está. Tampoco lo está ningún país latinoamericano (¡qué consuelo!). Supongo que a nadie le sorprende este dato. Es incluso triste que ya no sorprenda. A los pocos días de presentado el estudio, se dieron a conocer los resultados de la prueba Planea. Es increíble lo mal que educamos en este país. Seis de cada 10 alumnos de tercero de secundaria (es decir, llevan más de nueve años estudiando) tienen conocimientos insuficientes de matemáticas, pueden hacer aritmética básica, pero pocos la pueden aplicar en su vida diaria. Además, tres de cada 10 están en el nivel más bajo de lenguaje y comunicación. Es decir, los jóvenes saben leer, pero no comprenden lo que leen.

El índice de innovación habla de patentes, de educación terciaria, de investigación y desarrollo. En México, ni siquiera logramos que los niños que aprenden a leer, puedan entender los textos que leen.

Habrá quien quiera achacarle los pésimos resultados de esta prueba al nuevo modelo educativo, pero será una muestra más de que entendemos mal lo que leemos. La evaluación es resultado precisamente de no haber cambiado de modelo educativo hace décadas y de pensar que invertir en educación consistía únicamente en construir más escuelas.

Singapur rebasó este año a Alemania, Suiza y Finlandia en el rubro de educación terciaria. Este país ha mostrado desde hace ya varios años un compromiso con la educación en las materias relacionadas con ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM por sus siglas en inglés). Hoy están recogiendo los frutos de lo que llevan sembrando varios años.

El deficiente sistema educativo es sólo el primer obstáculo de los muchos que frenan la innovación en el país. Una vez que alguien logra sobreponerse a esa primera barrera de entrada —que por cierto perpetúa los ciclos de privilegio— se enfrentará a su buena dosis de trámites y regulación y a financiamiento escaso y competido. Prinn Panitchpakdi, director nacional en Tailandia de CLSA —una casa de bolsa y banco de inversión— menciona que la innovación es poca en los países cuya cultura es adversa al riesgo y donde la investigación y el desarrollo se ven sólo como un gasto y no como una inversión. Quizás en México confluyen todas estas características.

El mundo se mueve velozmente hacia otra forma de producir. Nos guste o no, la tecnología invadirá cada vez más ámbitos de nuestras vidas, incluyendo la educación y el trabajo. Me llama la atención escuchar a candidatos a la presidencia decir que nos llevarán a ser una potencia mundial, pero todavía tienen una mentalidad manufacturera; oírlos hablar de construir refinerías y no mejor de movernos hacia otro tipo de energía cuando además México tiene todos los recursos para hacerlo. Preferimos cerrar los ojos y no ver hacia dónde se mueve el mundo. Que no nos sorprenda, entonces, quedarnos fuera de la jugada. Será una decisión que habremos tomado conscientemente.

* La autora es profesora de Economía en el ITAM y directora general de México ¿cómo vamos?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.