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Confrontar

31/10/2018
columnista
Vale Villa
Todos Estamos Locos

Es difícil comunicar malas noticias o verdades incómodas, sobre todo, cuando se trata de alguien que nos importa. La capacidad de confrontar entendida como una cualidad es una de las habilidades colectivas más débiles y mal vistas en nuestro país. Suponemos como si fuera un hecho científico que la gente no quiere escuchar la verdad porque no podría soportarla. Tememos lastimar a los demás si hablamos de un modo claro y frontal. La cultura del eufemismo, en un estilo exageradamente formal de comunicación, es clásica en las organizaciones verticales que basan su éxito en el cuidado de las jerarquías. Hombres y mujeres son despedidos del trabajo o expulsados del sistema familiar por decir lo que piensan. Hay personas que se guardan todo lo que les molesta porque prefieren esperar a que se les pase, porque tienen miedo de los desacuerdos y porque creen que la “paz” es prioritaria. Son estas mismas personas las que un día inesperado estallan en ira desproporcionada, en momentos inadecuados y por razones que a veces rayan en lo ridículo. La regla es muy sencilla: mientras más pronto se confronte un descuerdo, mejor.

Investigadores de la escuela de negocios de la Universidad de Chicago le pidieron a los participantes de un estudio que fueran lo más honestos con todas las personas con las que interactuarían durante los siguientes tres días. El resultado fue sorprendente: enfocarse en la honestidad por encima de la amabilidad para decir las cosas fue mucho más placentero, promovió conexiones sociales e hizo mucho menos daño de lo que la gente esperaba.

Esto no quiere decir que las conversaciones en las que hay confrontación sean fáciles, pero sí pueden ser productivas y ser una herramienta para lograr relaciones más honestas y más sólidas que no se rompan con el primer embate de sinceridad.

Yo misma he sugerido a algunos pacientes que se ven a sí mismos como carentes de filtro, que piensen mucho más antes de hablar, pero ellos entienden que la solución es no decir nada, lo que me ha llevado a cambiar de opinión, al entender que el silencio como alternativa para conservar la paz no sirve para lograr vínculos cercanos y que es preferible desarrollar la sinceridad. Mucha gente calla frente a las injusticias, los abusos, la violencia y otros horrores humanos con tal de que no haya un problema más grande. Sacrificar lo que sentimos y pensamos en pro de la paz es en el fondo miedo a que una relación sea más frágil de lo que parece. Esos jefes y jefas que degradan de puesto o despiden a alguien porque se brincó las jerarquías deberían ir urgentemente a una terapia para moderar sus egos. La gente que ha sufrido trauma y que sigue preocupada porque nadie se entere necesita ayuda profesional. Las relaciones de amor o amistad que no soportan el desacuerdo y en las que la confrontación se convierte en pleito, distancia, ruptura y violencia, también necesitan reparación.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.