Atrévete a no gustar (II)
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Atrévete a no gustar (II)

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Atrévete a no gustar (II)

22/01/2019
Actualización 23/01/2019 - 14:11

Las luchas de poder son absurdas y se basan en las ganas de prevalecer, ganar y tener la razón. Los japoneses proponen desactivar el conflicto tan pronto como se pueda. El enojo, continúan “es una forma de comunicación que deberíamos lograr erradicar con el lenguaje, la lógica, admitiendo los errores y hasta pidiendo disculpas”.

No es necesario satisfacer las expectativas de los otros, porque la vida solo puede vivirse de forma individual. La infelicidad surge en parte de estar siempre preocupados de la opinión de los otros.

Es importante “separar las tareas” y preguntarse todo el tiempo de quién es la tarea, de quién es la responsabilidad; entender que las tareas son intransferibles aplica para todas las relaciones y ayuda a no invadir lo que les corresponde hacer a los otros. Si los padres desaprueban al niño o al adolescente, o la pareja nos desaprueba, es problema de ellos y no de uno, porque una solo puede elegir el mejor camino desde la propia perspectiva.

Kishimi y Koga hablan de una distancia moderada con los otros: ni demasiado lejos ni muy cerca. Dicen que es innecesario dar reconocimiento a los otros, porque eso se hace desde una posición de superioridad. Proponen mejor animar a los demás. Por ejemplo, en lugar de decir “¡Qué bien lo hiciste, gran trabajo!”, sería más horizontal decir “¡Gracias, qué alegría, me ayudaste mucho!”.

Nadie más o menos cuerdo hace cosas con el objetivo de desagradar, pero seguramente no le gustaremos a todos, por lo que hay que seguir adelante sin temor a esa altísima posibilidad. La valentía para ser feliz incluye la valentía de no gustar. Además no somos el centro del mundo. Esperar que lo que hacemos sea importante para todos es un pensamiento egocéntrico. Quizá deberíamos pensar más en lo que podemos dar de nosotros mismos a los otros y no obsesionarnos con lo que los otros nos pueden dar.

Sentirse útil, sentir que se contribuye de algún modo al mundo en el que vivimos es una forma de producir felicidad. Pero se hace por convicción y no por el reconocimiento: respetar y cuidar a las personas, a los animales, a todos los seres vivos y hasta a los objetos inanimados.

Quizá alguna vez hemos pensado que la vida no tiene sentido, y como generalización es verdad. La vida cobra el sentido que cada uno de nosotros le asigna, con cada una de las iniciativas que tomamos sin esperar a que el cambio venga de afuera.

Freud se obsesionó por las causas del trauma. Adler por la libertad que tenemos para elegir seguir atados al pasado o vivir bien en el presente.

“Atrévete a no gustar” es producto del encuentro entre la psicología adleriana y la filosofía platónica y socrática como método para dar respuesta a las interrogantes. Vale la pena leerlo, con espíritu crítico, pero con apertura a algunas de sus enseñanzas.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa.

Conferencista en temas de salud mental.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.