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08/07/2019
Actualización 08/07/2019 - 15:10

Soy frecuente usuaria del aeropuerto, y por muchos años usé el servicio de taxis. Las últimas tres veces que lo hice esperé más de media hora para que un taxi me llevara a casa. Lo subí a Twitter y me quejé con mi marido. Ahí lo dejé, y me ocupé de otras cosas.

El viernes cené con uno de mis hermanos, que visitaba Monterrey. Estaba frustrado por lo vivido con el sistema de taxis del aeropuerto. Primero, falta información para que el usuario elija a dónde va a trasladarse. La ciudad se encuentra dividida en tres zonas, y el viajero no sabe en qué zona se encuentra su destino. Luego, existe una ausencia de información para seleccionar el servicio. No se brindan criterios claros para diferenciar las distintas opciones: no hay elementos para seleccionar. Por último, nunca sabes si habrá taxis dispuestos o si tendrás que esperar por varios minutos. Además, durante el trayecto a la salida, el mercado negro te ataca ofreciéndote taxis, cuya calidad no puedes verificar. Los servicios de plataformas privadas como Uber tienen prohibido entrar al 'territorio del aeropuerto', por lo que la oferta de opciones se encuentra limitada de manera importante. Mi hermano salió con su ticket y, para su sorpresa, no había taxis. La espera para que llegara uno fue de muchos minutos. El postre de la cena se dedicó a hablar del hecho y de hasta dónde hemos dejado caer a Nuevo León.

Aunque podría parecer un tema aislado es importante que como ciudadanos aprendamos a exigir mejores servicios. No sólo es quejarse, sino comenzar a proponer cómo podemos corregir. Por esta razón, decidí tomar el tema, no sólo para hacerlo público sino para ver cómo lo mejoramos. Este pequeño texto puede ser un inicio para visibilizar el problema y comenzar a plantear soluciones.

Mi hermano se adelantó y lo hizo público a Twitter. Un taxista, usuario de la plataforma social, se sintió agredido y me compartió lo siguiente: primero, el problema ya tiene años (como si eso fuera consuelo); en segundo lugar, no se permite a un taxista común cargar en el aeropuerto sino sólo llevar pasaje (nuevamente, la limitación en la oferta) y, por último, argumentó que en ocho años no se ha incrementado la tarifa (cuestión que habría que revisar).

En fin, creo que a OMA le queda un reto importante. Al Estado, como promotor de inversión y del turismo, le urge vincularse con las autoridades del aeropuerto para que pongan un alto al problema, pues hay ejemplos de que sí es posible tener un servicio de taxis sin problema como, por ejemplo, Culiacán y Ciudad de México donde siempre hay taxis.

Por lo pronto, yo ya me daré a la tarea de atenderlo con SCT para ver si le echan un ojo al caso.

Buena semana.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.