Regina, la calle que terminó mi niñez
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Regina, la calle que terminó mi niñez

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Regina, la calle que terminó mi niñez

11/06/2020

Ya no se podía ver nada más allá de los escombros, quizás saltaban algunos sobres amarillos de cobranza, era un cementerio humeante de fierros y concreto desmoronado. Los pasos de mi papá crujían en los escombros y mientras avanzaba, le tomaba con más fuerza de la mano.

Apenas unas horas antes, el edificio ya viejo en la esquina de Ejército Nacional y Edgar Allan Poe se meneaba intensamente de un lado a otro. A las 7:19 de la mañana mi papá subió súbitamente por las escaleras y cuando los vidrios se empezaban a quebrar, me puso en sus hombros cuando al explicarle que yo no estaba moviendo el edificio, comenzamos a bajar rápidamente para salir rumbo a la avenida.

Me enteré por una tía que mi mamá se encontraba muy bien en el hospital. Mi papá, el ginecólogo de mi mamá, ella y algunas otras personas se salvaron de morir irónicamente por el nacimiento en el preciso momento del terremoto.

Normalmente, a esa hora mi papá ya se encontraba en su fábrica, de no ser porque ese día, mi hermano decidió llegar al mundo, exactamente a la hora en que la ciudad de México se estaba destruyendo y pese a mis cuatro años de edad, intentaba tener conciencia de lo que estaba sucediendo.

Después de haber visitado a mi mamá y conocer al recién nacido, acompañé a mi papá a una visita que cambiaría completamente mi vida y me dejaría marcado para siempre.

A medida que transitábamos por avenida Reforma, se podían escuchar gritos por doquier, los edificios alicaídos tenían fumarolas que humeaban de los escombros.

Eran entonces las 11 de la mañana. Regina, la avenida donde se encontraba la fábrica de mi papá en el centro histórico era una calle fúnebre. No entendía mucho lo que le estaba pasando a mi familia.

De pronto papá se quitó el cubrebocas y me dijo: “vamos a salir adelante; nunca te dejes vencer por nada ni nadie”.

Ese día, se acabó mi niñez y la vida me hizo volverme adulto.

Siguió entonces apartando los escombros mientras lograba recuperar parte de sus pertenencias y dinero que había guardado en el edificio. Todas sus costureras habían fallecido. Teníamos una camioneta Volkswagen naranja en la que se hacían entregas de los pedidos y recuerdo que pude ver algunas partes de la camioneta prácticamente destrozadas.

Esas mismas imágenes, aparecieron en mi memoria en una tarde en Beijing 15 años después. En ese entonces, mientras caminaba por la avenida Chang An, recordé que el 19 de septiembre de 1985, había perdido todo en la vida, y tenía fija en mi memoria la imagen de mi papá luchando en medio de los escombros, lo cual me llenó de energía y motivación en el camino de incertidumbre que estaba por emprender.

Era mi primera tarde de mi vida en Asia. Con esos recuerdos, entendí que emprender en China cambiaría el ritual de mis miedos a lo desconocido. En mi diccionario, la palabra fracaso tuvo como sinónimo la palabra evolución y nunca en los cinco años que dejé de ver a mi familia, regresar a México fue una opción como lo hizo mi papá, tenía que conquistar mis miedos.

Estos días de tantas dudas e incertidumbre por la pandemia del coronavirus he aprovechado para platicar con muchos jóvenes a quienes les he dicho: nunca escuchen a alguien que quiera detenerlos en cumplir su sueño. La vida no tiene imposibles y cada locura es una realidad en proceso. La mitad del éxito depende en dominar a la mente.

Cuando leí a Sun-Tzu en China, entendí lo que es una guerra sin sangre: explotando las debilidades psicológicas, un estratega puede lograr que el oponente se desplome mentalmente para rendirse físicamente. Un espíritu fuerte es invencible de derrotar.

Hace 20 años dejé todo lo que me daba seguridad y confort rumbo a mi inseguridad para abrazar el riesgo. Adopté retos y rechacé la calma, así construí mi futuro. La tranquilidad a destiempo es tóxica para quien quiere seguir creciendo en espíritu y en conciencia.

Ahora que muchos me preguntan cómo comenzar un proyecto y que muchos están llenos de miedo, sigo pensando lo curioso que es que en esta época en que todo está dado para emprender y ser más libres para decidir, nos educan a ser más dependientes de un empleo y de una rutina. En lugar de enseñarnos a pensar nos educan a consumir dependencia: ser consumidores en lugar de creadores.

¿Cómo las tragedias se transforman en las grandes oportunidades de cambio personal y evolución humana? Entendiendo y respirando que nuestro origen no es necesariamente nuestro destino.

No hay nada que determine que algo te detenga en la vida más que la interpretación de lo que haces con lo que te sucede. Eso termina siendo la experiencia.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.