Mark Twain en Virginia
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Mark Twain en Virginia

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Mark Twain en Virginia

23/01/2020

“A Alejandro Reinoso”

Era septiembre de 2009 en Virginia City. Nunca había conocido Nevada. Aunque estaba emocionado, no sabía, a ciencia cierta, como sería el reencuentro, después de un largo distanciamiento, desde que me fui a vivir a Beijing.

Después de un largo viaje, finalmente llegué a su departamento —que aunque bastante modesto, tenía una envidiable vista al lago Tahoe—. Toqué la puerta y apenas abrió, sacó el libro “La edad dorada” de Mark Twain.

Me vio a los ojos y cuando me lo estaba dando, dijo: “ten, léelo, lo vas a necesitar para entender la doble moral y la estupidez del capitalismo salvaje en el que vivimos”. No me dijo “hola” (nunca he entendido cómo reacciona conmigo) pero lo mínimo que esperaba en ese momento, era su abrazo, después de no verlo por más de 6 años.

Vivía en esos años, en la ciudad de las apuestas, que fotografiaba en gran medida la economía norteamericana: desindustrialización con mucho comercio internacional, una falsa innovación importada de China, la especulación financiera frente a la poca productividad industrial, y el monopolio de la tecnología en Silicon Valley el cual hacía que el viejo sueño americano de la movilidad social comenzara a trasladarse a Bangalore o a Shanghái.

Salimos ese mismo día de viaje a Carson City. Me enseñó como era la urbanización de Estados Unidos: microcentralidades conectadas por grandes carreteras codependientes del automóvil y nada caminables, pero con una infraestructura casi perfecta: señalización urbana, calidad del concreto, extraordinarios servicios públicos.

Nunca olvidaré el reencuentro de ese día, porque además de que nos quedamos varados en el free way, ese día empecé a entender que el salto económico de México, no dependía, de emular el capitalismo neoliberal americano, sino antes de cualquiera otra cosa, requeríamos conectar el sur del país —lleno de recursos naturales—, pero aislado, con el norte —con casi nada de recursos—, pero industrializado.

La modernización de México, dependía de su rapidez de la integración de dos geografías aisladas. Ahí empecé a visualizar la base del libro que siete años más tarde publicaría: “Crecer sin Deuda”.

Por diferentes razones, ahora que estoy escribiendo una nueva novela que retrata la antropolo-gía humana en la era de las redes sociales, releí el libro “Por qué fracasan los países” de Daron Acemoglu y James Robinson, quienes basan —entre muchas cosas— el éxito y fracaso de los países, en el desarrollo y calidad política de sus instituciones. Más allá de las enormes imprecisiones históricas y geográficas del libro, no concuerdo con su tesis central.

Se puede tener instituciones políticas sólidas y democráticas pero con un totalitarismo aristocrático económico. O bien, se puede tener un régimen político totalitario, pero que impulse la democratización del capital. No está en esa disonancia la clave del desarrollo de una sociedad.

Con muy pocas instituciones democráticas, el Desarrollo Estabilizador mexicano del siglo XX (DE 1.0) universalizó servicios y ciertos derechos básicos del Estado al ciudadano; la industrialización del centro-norte del país comenzó a crear el empresariado orgánico que hoy, en mayoría, ha abandonado el país y lo ha querido llevar a una recesión “por falta de confianza” en las instituciones que ellos mismos habían confeccionado en su “capitalismo de cuates”. Creo que el DE 2.0 del siglo XXI debe consistir en el desarrollo de infraestructura pública, energía verde y conectividad digital en el sur de México, pero sobre todo, ante el vacío y huida de la tradicional aristocracia económica mexicana, requerimos una nueva casta empresarial y de emprendedores que se sumen a la tarea de urbanizar-capacitar-sumar valor aislado y transformar la ventaja competitiva de la “mano de obra barata” en impulsar a más mexicanos dignos de vivir en colonias integradas a ecosistemas de innovación.

Cuando de subdesarrollo económico se trata, la urbanización es potencialmente mucho más poderosa que la renta petrolera para catapultar una economía.

Necesitamos una sociedad que mire al sur del país, como un polo de inmigración para acelerar el desarrollo social y ser el imán regional de servicios logísticos conectada a Norteamérica. El norte, requiere empresarios que impulsen con el gobierno la inclusión financiera para que la región sea la fábrica del mundo de la innovación para volverla industria, donde se impulsen patentes, modelos de desarrollo y así derribar la barrera de entrada de los capitales tradicionales y llenar el vacío de quienes temporalmente se han ido de México.

Mi papá ese mismo día cuando empezaba a leer a Twain en Virginia, sacó una frase de él que decía: “cuando te encuentres del lado de las mayorías, es tiempo de detenerte, hacer una pausa y reflexionar”. Desde ese día nunca más dejé de olvidar la sátira de las democracias occidentales y el porqué a través de Twain, mi papá no solo se reconcilió conmigo; me enseñó cuan soberbio seguía yo siendo —porque tras bambalinas— con ese libro, me abrazó más fuerte de lo que yo habría esperado.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.