Los gatos y la poesía de la Portales
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Los gatos y la poesía de la Portales

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Los gatos y la poesía de la Portales

25/06/2020

A Eduardo Luis Feher

porque como Salvador Novo

le señaló:

es culpable por su inteligencia,

su simpatía y su cultura

Me había citado a las 4 de la tarde y ya daban casi las 6. Aún no llegaba. Antes, había aprovechado para hacer tiempo deambulando entre la calle de Rumania y luego por Libertad y Santa Cruz.

Ya adentro de su casa, pasó todavía como media hora para que llegara y ya era insoportable el olor en la sala. Lo era más, porque se entremezclaba con el aroma flotante de los libros viejos apilados por doquier. Recuerdo que alguna ventana abierta de entre los canceles negros de fierro que asomaban a la calle, lograba ventilar un poco la concentración del ambiente.

“No tarda, fue al mercado de las pulgas” me dijo la señora Bety quien me había recibido.

Mientras yo hojeaba ansioso el engargolado que le llevaba, apareció como por arte de magia, se quito su suéter con cierre de color azul y se sentó en su escritorio. Cuando me aprestaba a saludarlo, dijo:

—“No te levantes, ya estoy contigo, señorito Levy”.

Le dí un abrazo fuerte y volví a sentarme en el sillón negro machucado por los rasguños de sus gatos. Entonces, pude percatarme que por todos lados, se podían ver —detrás de su escritorio— las chácharas y muñequitos sostenidos en estantes de madera coexistiendo con todo tipo de libros apilados en torres que descansaban alrededor de él.

Por cada palabra que escuchaba venía luego un maullido; uno de los doce o trece gatos, —el más blanco— se me quedaba mirando fijamente, luego se subía a mi pierna, se me acurrucaba y no me dejaba concentrar en lo que me estaba diciendo.

¡Catzinger, chhh chhh, bájate de ahí, ese territorio es mío”.

“Señorito Levy, ¿por qué se ríe? ¿No estoy diciendo la verdad?

Yo enmudecí.

Se quitó sus inconfundibles anteojos cuadrados; sus cejas blanquecinas y alborotadas enmarcaban sus ojos cansados; su forma de mirar transformaba miradas en palabras.

Luego, después de revisar el engargolado por diez minutos, se dibujo una sonrisa en su rostro y me dijo “Tú eres un ropero”. No entendía yo nada.

—“¿Cómo se llama el libro?”

Bueno maestro, no es libro todavía.

—“Para mí ya Io es”.

Se llama “Empezó por una letra”. Le respondí.

—“Buen título y ya, ¿estás listo para publicarlo?”

No, todavía no encuentro una editorial, pero antes quería saber si debía publicarse o no.

—“Mira, señorito Levy, aunque tengas 19 años, si la poesía no te desnuda, no es poesía; y si tú no eres capaz de desnudarte completamente cuando escribes porque te da miedo, mejor no lo hagas, pero tu eres un ropero abierto, y tu pecho no es bodega, así que no tendrás problema”.

—“Si tú no publicas este libro cometerás un error”.

No podía creer lo que estaba escuchando.

—“Jamás podrás zafarte de la complicidad de lo que dicen tus ojos. Eres un seductor profesional” me dijo mientras aumentaba mi nerviosismo confundido con ansiedad.

Entonces se paró para ir por algo y me quedé solo en la sala comedor. Mientras, ahí en la Portales, afuera de la casa de San Simón 62, se escuchaba el silbido del carrito de los camotes poblanos. Eso me hizo transportarme a la primera vez que lo conocí: caminábamos juntos con Eduardo Luis Feher, en la Plaza del Ángel en la Zona Rosa. Ese día le aprendí que ligar no era una cuestión de edad, sino de seguridad. Creo que su magnetismo se debía a eso que me enseñó: desnudarnos era el primer paso para entendernos.

Se ha ido, pero no nos ha dejado. Hoy, en un escritorio, lo sigo recordando a él y a nuestra complicidad efímera. Más que enseñarme a escribir, Monsiváis me enseñó a entender el poderoso efecto de lo que era no tenerse miedo a uno mismo para potenciar la ironía de vivir.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.