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Lo que aprendí en ese otoño de Pekín

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Lo que aprendí en ese otoño de Pekín

19/11/2020

Los árboles frondosos lucían sus hojas de tonos rojos y amarillos. El otoño en Pekín las tornaba de color marrón, y cuando caían, todos los peatones bajábamos de las banquetas para pisarlas, escuchando el crujido del tapiz que cubría completamente el perfecto asfaltado de las calles del Distrito de Chaoyang.

Ese noviembre, particularmente ya había adelantado los vientos helados del invierno que todos los días en mi caminata me calaban los huesos desde la estación del metro de Guomao hasta la calle Guanghua, donde recién me había mudado.

Por esas fechas, había empezado a construirse en esa misma avenida, la nueva sede de los cuarteles de la televisión china con una supertorre diseñada por Rem Koolhaas de 51 niveles protegida por tapiales donde se podía leer la frase del libro rojo de Mao: “La lucha de clases, la lucha por las producción y la experimentación científica son los tres grandes movimientos revolucionarios para construir un poderoso país socialista”.

Simplemente, no entendía.

Salí rápidamente de la estación del metro de Renda, como en mandarín se le dice a la Universidad Popular de China, para dirigirme a mi salón de clases. En el camino me tocaba atestiguar la contradicción entre ideología y realidad; entre postulados del dogma y el pragmatismo del crecimiento, y en medio de todo, de manera pintoresca observaba el lúdico momento en que los adultos mayores en pijama, practicaban Tai Chi y otras artes marciales en los parques públicos.

Mi profesor Zhang Xiaoming quien en ese año de 2004, era el vicejefe del Consejo de Estado chino para los asuntos de Hong Kong y Macao, se quitó sus lentes cuadrados depositándolos en el escritorio, respiró y nos dijo a todos: “hoy hablaremos de democracia china”.

Profesor Zhang, ¿no es ese término una plena contradicción? Le pregunté sin siquiera pensar la posible reacción a mi pregunta.

Aunque hablaba mandarín con acento de Pekín, no dejaba de pensar que me juzgaría como un atrevido “laowai” término con el que los chinos −sobre todo en Pekín−, se refieren despectivamente a los extranjeros.

Ese momento se volvió inolvidable. Tanto, que lo recordé 13 años después, cuando la reacción de mi profesor, se parecía demasiado a la forma en que Xi Jinping observó a Trump en Mar-a-Lago.

Era abril de 2017, gracias a Kissinger el 2 de diciembre de 2016, ambos se reunieron en Florida. Poco después, contrario a la tradición de Estados Unidos desde 1979, Trump le tomó la llamada de felicitación al Presidente de Taiwán, Tsai-Ing Wen. Yang Jiechi y Steve Bannon junto con Kushner se habían reunido previamente para dar inicio a una nueva etapa de colaboración y Estados Unidos. Fue fundamental la salida de Estados Unidos del TPP lo que se leía un guiño de inicio a China.

Sin embargo, en realidad, se preparaba la más grave estrategia de Estados Unidos rumbo a la nueva guerra comercial sino-americana cuando el 22 de marzo de 2018, nuestro vecino del norte, comenzaría a castigar las importaciones de China y así −doble pájaro de un tiro− presionaría a México con la renegociación del T-MEC.

A partir de ahí nació la segunda etapa de una guerra fría por la política “Made in China 2025” para forzar una integración en Norteamérica sacando a China de la jugada con el T-MEC. Comenzaría una guerra tecnológica contra empresas chinas en Estados Unidos que casi deriva en consideraciones militares.

China sabe que mientras la administración Trump fue errática, con Biden se enfrentará una ofensiva articulada y escalonada con tres ejes: política energética, multilateralismo de Estados Unidos en Asia y particularmente frenar el avance tecnológico de China y geopolítico en México.

Así, llega nuestro país nuevamente a un punto donde tendrá que tomar decisiones importantes para registrar la presión de Estados Unidos con su política de energías renovables y el vacío de inversión de los ‘empresarios tradicionales’.

El otoño del liberalismo económico ha llegado. Con China nació hace unos días, el tratado de libre comercio más importante y trascendente en la historia del libre comercio del mundo: el RCEP que representa el 29 por ciento del PIB mundial. Con él, llegarán también lecciones de política para Occidente.

Mi profesor, finalmente respondió a mi pregunta: Para ustedes los occidentales, la democracia, significa meter votos a las urnas; para nosotros, la democracia, consiste en enseñar a los más pobres, cómo meter dinero a sus bolsillos.

Es la economía de mercado con características chinas, lo que aprendí en ese otoño de Pekín.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.