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Cuando los gobiernos enferman, las sociedades deben sanar

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Cuando los gobiernos enferman, las sociedades deben sanar

25/10/2018

Se acerca el final de octubre. Ni los mercados financieros se convulsionaron, ni hubieron salidas masivas de capitales. Tampoco -hasta ahora- las variables macroeconómicas se desquiciaron como muchos lo vaticinaron. Hay un bono democrático, un beneficio de la duda y un silencioso reconocimiento a regañadientes del fracaso -en términos generales- del modelo económico mexicano. Sin embargo, las divisiones que nos imponemos, tampoco han cambiado mucho.

Como otros países, México quedó capturado por varios años en una obsesión religiosa por el crecimiento económico que solo estuvo presente en los discursos políticos y financieros. La conservación de privilegios fue comercializada en los mercados y en las élites, como estabilidad macroeconómica.

Muchos gobiernos, como el nuestro, se contagiaron de soberbia y decidieron disfrazar su ignorancia con frivolidad. Sus sociedades como respuesta, aceptaron sin importar la región geográfica, el mantra del hiperconsumo: consumo, luego existo. La sociedad de la indiferencia, se iba construyendo silenciosamente: el régimen, compuesto por la clase gobernante y una élite social, iba transformando responsabilidades en privilegios.

Como humanidad, construimos grandes fachadas de moral hueca dejando a la indiferencia, realidades donde las trasnacionales ya impedían en 2008 que los fabricantes de genéricos indios suministraran el antirretroviral tenofovir a 170 dólares por paciente al año, por la necesidad de que el propietario de la patente, Gilead cobrara 1,387 dólares para alcanzar su tasa de retorno.

El empoderamiento de las sociedades frente a sus gobiernos, no necesariamente ha atraído más conciencia en nuestro comportamiento. Formamos parte del vivo retrato de ciudades tan dispares como Mumbay o Nueva York, donde hay gente que cruza toda la ciudad para ahorrarse 20 dólares en un suéter de 100, mientras otros gastan 20 dólares solo para ir a comprar una tableta de 1,000.

En México, frente a la reciente situación de la caravana centroamericana y la presión del gobierno de Trump, nuestra esquizofrenia e incongruencia ha quedado al desnudo: mientras buscamos que el mundo apoye a nuestros migrantes en la frontera norte, nosotros replicamos con los centroamericanos, la violencia e intolerancia en nuestra frontera sur.

La diversidad étnica no nos hace perder identidad, cultura o soberanía, al contrario, enriquece nuestra sociedad y nos engrandece como pueblo. El nacionalismo sin humanismo ha creado los peores episodios en la historia humana.

Aunque nos neguemos a aceptarlo, por la facilidad que las etiquetas nos permiten catalogar todo en cuanto hacemos y observamos, seguimos en las redes sociales, en la comentocracia y entre grupos empresariales, una guerra civil de kinder, arrinconada en las “izquierdas”, “centros” y “derechas”; los “populistas”, los “chairos” o los “fifís”. Por otro lado, el modelo neoliberal que pugnaba por achicar al Estado, creó la más importante muestra de obesidad burocrática y de un hiperendeudamiento contrario al minimalismo estatal de los postulados neoliberales.

Somos sí, expertos en construir muchas diferencias, pero poca congruencia.

Cuando los gobiernos enferman, las sociedades deben comenzar a sanar. El primero de julio no hubo una elección presidencial, sino un referéndum por la necesidad de empezar a curarnos como sociedad para construir no solo un nuevo régimen político sino para evolucionar en nuestro modo de vida. Para ir eliminando nuestras incongruencias, es necesaria más conciencia colectiva.

La democracia no empieza y termina en una elección. Cuando una parte de una sociedad confunde sondeo, con manipulación; deuda pública con huida de inversiones y asumen con su silencio una complicidad, ante la ausencia absoluta de discusión sobre la planeación de una obra pública, termina ocurriendo que en lugar de orgullo, se provoquen discusiones tardías, ante las inmensas dudas por las evidencias de corrupción. Es increíble que se le pida al Presidente Electo López Obrador, tanta ortodoxia para consultar y tanto se haya callado ante el sobrecosto y el favoritismo. La democracia a destiempo provoca juegos de sumas cero que tenemos que evitar. Una sociedad cuya vehemencia, rigurosidad e intensidad se centre en hacer valer que el triunfo de uno consiste en la tragedia del otro, nunca construirá prosperidad.

Consulta o sondeo, hay algo básico que tiene que cambiar en nuestra historia: las obras públicas deben ser progreso, no regresión. Deben crear orgullo nacional y la polémica debe transformarse en construcción con participación. El mundo no se va a detener mientras seguimos ahondando nuestras diferencias. Involucrar a las sociedades en la toma de decisiones, fortalecen la inversión no la ahuyentan.

Gilles Lipovetsky afirma en su libro “El Occidente Globalizado” que “somos los primeros de la historia que nos enfrentamos a la pequeñez del mundo y al agotamiento de la naturaleza. Es el reverso inesperado del totalitarismo del crecimiento. La sobreabundancia, la gratuidad, la libertad de la naturaleza, eso se acabó”.

La construcción de un nuevo régimen pasa por sociedades que reconozcan que también han enfermado y que están dispuestas a sanar con nuevos hábitos de vida e interacción cívica. Cultivar la conciencia debe seguir siendo un método contra la silenciosa enfermedad de la frivolidad y la indiferencia.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.