El sexenio del crecimiento cero
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El sexenio del crecimiento cero

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El sexenio del crecimiento cero

01/11/2019

El Presidente solo necesita un espejo para encontrar al culpable del crecimiento cero presente y futuro. En campaña nunca se cansó de criticar, y con razón, el magro crecimiento mexicano. Tenía un culpable siempre disponible: el neoliberalismo. Como tantas veces, se demostró como un magnífico vendedor de humo. Por 10 meses ya se han probado las recetas obradoristas antineoliberales, y el resultado está a la vista.

Porque el Presidente inició su sexenio hace exactamente un año con un gesto de prepotencia: la cancelación del aeropuerto. Macario Schettino ha analizado a profundidad en estas páginas las implicaciones de tan gigantesco disparate. Para un gobierno que le encanta hablar de “puntos de inflexión” y que gusta de pensarse “histórico”, esta acción cumple con todos los requisitos, solo que por su enorme destructividad.

Los inversionistas tuvieron desde entonces absoluta claridad: el Presidente estaba dispuesto a todo, incluso incurriendo en un costo astronómico, con tal de ejecutar una revancha política. López Obrador no tuvo empacho en destruir un extraordinario proyecto para sustituirlo con la improvisación, ignorando las recomendaciones de sus consejeros económicos más cercanos (Romo, Urzúa). Ni siquiera tuvo la entereza personal de aceptar la responsabilidad de su acción. Sin engañar absolutamente a nadie, sostuvo que obedecía la voluntad popular expresada en una farsa disfrazada como consulta.

Es el Presidente que dice que necesita la inversión privada, pero que los repele con sus acciones. Porque aparte se peleó con las gaseras y les cerró el paso a las petroleras, lo mismo que a los inversionistas privados en electricidad. López Obrador no puede ocultar sus verdaderos colores, y se planta orgulloso al lado de un Manuel Bartlett, un espantapájaros muy eficaz para todos aquellos que buscan acercarse con dinero al sector energético.

La alergia presidencial al empresario es igualmente evidente en sus acciones fiscales. El criminal no tiene nada que temer por parte de López Obrador, pero sí el empresario que paga impuestos. La Fiscalía General de la República ya no debe despertar temor, pero sí el Servicio de Administración Tributaria. El mero anuncio (posteriormente cancelado) de que la Guardia Nacional se enfocaría a proteger a las mafias de taxis en los aeropuertos, para en cambio frenar a los trabajadores de plataformas como Uber, DiDi o Cabify, mostró claramente las prioridades gubernamentales.

Poco a poco, y demasiado tarde, le llegará a López Obrador la lección: el crimen y la inseguridad, las políticas demagógicas y estatistas, frenan la inversión. No se logra con acuerdos cupulares ni invitando a empresarios a tomarse la foto en una mañanera. El temor ante el fisco puede llevar al cumplimiento, pero también a la evasión más completa, aquella que representa la informalidad. Y sin inversión no hay crecimiento económico ni se genera empleo. Para aquellos que tienen un trabajo, se cierran las posibilidades de mejora en los ingresos.

AMLO llegará a 2024 con sus sueños en ruinas y un país en franco retroceso. Para entonces habrá tenido que invertir miles de millones de dólares en Dos Bocas, que probablemente no habrá producido un solo barril de gasolina. También entonces será evidente el fiasco de su Sistema Aeroportuario Metropolitano, con Santa Lucía a la cabeza. Y será también al final de su sexenio que el promedio de crecimiento habrá sido, fruto de su soberbia e ineptitud, cero.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.